Lecciones de una catástrofe

Lecciones de una catástrofe

POR QUENTIN PEEL
Aún por estos días, el año pasado, cientos de millones de espectadores de televisión en todo el mundo estaban absortos ante las pantallas de sus equipos ante las escenas de horror y fascinación, mientras se desarrollaba el desastre humanitario causado por un enorme terremoto submarino frente a Sumatra.

Al principio, se revelaba en terríficos imágenes de video captados por turistas el tsunami que golpeaba las playas de los balnearios de Tailandia y Sri Lanka. Historias paralizantes de los familiares de otros que fueron arrancados de sus brazos por las olas se contaban una y otra vez. Sin embargo, poco a poco se hacía aparente que la escala plena del sufrimiento era mucho mayor. La peor afectada fue la provincia indonesia de Aceh, donde los pobres no tienen ni cámaras de vídeo ni teléfonos móviles. Islas enteras del Océano Índico fueron inundadas y devastados los puertos pesqueros y aldeas del sur de la India, Sri Lanka y Tailandia. Solo en Aceh se reportaron más de 160,000 personas muertas o desaparecidas, y en toda la región unos 2,5 millones perdieron sus hogares o medios de subsistencia.

Pero el tsunami fue solo el primero de un año terrible: siguieron la «limpieza étnica» en la provincia sudanesa de Darfur, la sequía y las plagas de langosta en Níger, los huracanes en el Caribe y el Golfo de México, que culminaron con la devastación de Nueva Orléans y la costa del golfo en agosto, y finalmente, el terrible terremoto que sacudió Paquistán y Cachemira en octubre, con un saldo de 80.000 muertos y más de 3 millones de damnificados.

De acuerdo con James Morris, director ejecutivo del Programa Alimentario de la ONU, fue el año más apremiante para la comunidad de ayuda humanitaria desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. También generó la respuesta humanitaria más extraordinaria, con unos US$13 millardos recaudados pública y privadamente para ayudar a las víctimas, solo del maremoto.

No hay duda sobre el apasionado deseo de os países ricos del mundo por ayudar a los afectados por catástrofes naturales y la pobreza abyecta. En julio, los conciertos Live 8 para recaudar dinero para África atrajeron una audiencia televisiva estimada entre dos y cinco millardos.

Pero el desafío está en gastar esas contribuciones bien y sabiamente. Las agencias de ayuda, públicas y privadas, están en peligro de ser superadas por la demanda de su capacidad de cumplir con ayuda calificada, no el simple alivio de una crisis, sino el respaldo sostenido para revivir las comunidades destruidas.

Un problema es el flujo errático de los fondos. Los US$13 millardos recaudados para la ayuda por el tsunami es mucho más de lo que se puede gastar rápida y sensatamente en los más afectados. Sin embargo, los llamados de ayuda para las víctimas del terremoto en Pakistán, o para combatir la hambruna en África, siguen muy por debajo de sus objetivos. El pedido de la FAO de US$100 millones para darle ayuda a las operaciones en Paquistán se financió solo en un tercio y a sus operaciones para alimentar solo a 10 millones de hambrientos en el sur de África le falta US$100 millones de los US$317 que se necesitaban en abril.

Es cierto que se ha logrado mucho en los países afectados por el maremoto. Oxfam reporta que el proceso de recuperación marcha bien. Un 60% de las personas que perdieron sus empleos ya se están ganando la vida. Más de 80% de los botes de pesca que fueron destruidos en Sri Lanka se repararon o sustituyeron, además de casi 70% de los botes en Aceh. Miles de hectáreas de tierra se han desalinizado y se han replantado nuevas cosechas.

El problema es que la mayor atención de los medios se concentró en el aniversario del maremoto, pero los problemas son mucho más agudos en Paquistán. Con temperaturas que bajan a -10ºC en las aldeas devastadas de las montañas, el comisario para refugiados de la ONU -la principal agencia coordinadora para los campos «espontáneos» y oficiales con más de 180,000 refugiados, hizo un nuevo llamado para que se suministren más tiendas de campaña, sábanas y cobertores.

Hay un temor constante de que se produzcan incendios y enfermedades infecciosas en los campos. La Organización Mundial de la Salud dice que ha recaudado solo poco más de la mitad de los US$27 millones necesarios para asistir alas personas para que sobrevivan al invierno: los recursos se agotarán en enero. En la zona del terremoto, unas 13,000 mujeres parirán cada mes, pero no hay suficientes trabajadores de la salud para atender a las 2,000 madres y 1,500 niños que necesitan tratamiento urgente después del nacimiento.

La coincidencia de tantos desastres en un año ha llamado la atención sobre la necesidad urgente de coordinación y liderazgo para las agencias de la ONU en cualquiera de esos ejercicios. Hasta la administración de Estados Unidos, que deliberadamente subestimó a la ONU después del tsunami, parece haber aprendido la lección. Antes de Navidad, se aprobó en Nueva York un fondo de emergencia de US$500 millones para permitirle a las agencias de la ONU que intervenga sin esperar por los llamados urgentes de recaudación de fondo, cuando amenaza una crisis. Esto se va a sentir. «No es civilizado tener un sistema mediante el cual se pasa el sombrero cada vez que se producen muertes masivas y hay amenaza de sufrimiento», dijo Jan Egeland, director de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU. También es ineficaz e inhumano si este sistema se demora por sí.

Persisten las tensiones entre EEUU y la ONU, particularmente sobre los cargos de corrupción expuestos en el informe de Paul Volcker sobre el programa de petróleo por alimentos de Irak. Sin embargo, el caso que plagó el propio esfuerzo de ayuda de Washington para Nueva Orléans y la costa del Golfo después de «Katrina» ha moderado las críticas y expuesto cuán difícil es coordinar la ayuda después de un desastre natural, aún en el estado de una superpotencia. Es mucho más complicado para una plétora de agencias internacionales y organizaciones no gubernamentales tratar de trabajar con los gobiernos locales y nacionales en países como Paquistán o Indonesia.

Lo que los desastres de 2005 deben haberle enseñado a todos los gobiernos y agencias implicados es un poco de humildad. Los trabajadores humanitarios en el terreno saben que tienen que tomar atajos para hacer que las cosas marchen. Tienen que ponerle atención a los puntos sensibles locales y no tratar de imponer el orden neocolonial en el caos que los rodea. La recompensa será ver cómo las cosas vuelven a lo normal.

Pero entonces, por supuesto, las luces de los medios internacionales se habrán desplazado hacia otras áreas de desastre. Todos formamos parte del problema.

Version: Ivan Perez Carrion