Las tensiones por los inmigrantes ponen un cerco a la democracia de los  EEUU

Las tensiones por los inmigrantes ponen un cerco a la democracia de los  EEUU

Son las 10:30 a. m., y Silvia, una mujer de 44 de años, de Acapulco, está a punto de terminar un terrífico viaje desde un punto de inmigración en la frontera de Estados Unidos con México. Con las manos ensangrentadas y los pies llagados después de dos días en las traicioneras montañas del sur de California, ve cómo le señalan una puerta negra y oxidada que le dicen debe cruzar.

Esta vez la atraparon. Pero no pasará mucho tiempo antes de que esté de nuevo en esas tierras desoladas: su marido mexicano y su hija están en California y ella quiere reunirse con ellos. Además, ella vivió en EEUU durante los últimos 15 años. “Tengo que regresar”, dice. “Ese es mi hogar”.

Cuando México sigue persiguiendo un escurridizo acuerdo migratorio con EEUU y Washington está cada día más preocupado por la seguridad de su frontera, Silvia y otros 400,000 mexicanos que entran ilegalmente a EEUU cada año se han convertido en  el centro relaciones bilaterales tensas.

En un mensaje agudo enviado el mes pasado, Antonio Garza, el embajador norteamericano en ciudad de México, dijo que era “sorprendente que dos países con la amplitud y profundidad de nuestras relaciones puedan mirar los mismos hechos y extraer conclusiones tan diferentes. La inmigración ilegal puede ser el ejemplo más vívido es esto”.

En los próximos días las cosas pudieran empeorar: se espera que el Senado de EEUU debata el proyecto de ley llamado Sensebrenner, que propone, entre otras cosas, reforzar la seguridad a lo largo de la frontera de 3,200 kilómetros, enviar los inmigrantes ilegales a la cárcel y extender por más de 1,000 km los tramos de muros que ya están construidos.

Si el Senado aprobará la ley o no -la Cámara de Representantes ya lo aprobó en diciembre- ya ha desatado la ira de mexicanos corrientes y ha provocado consternación en los niveles más altos del gobierno. Vicente Fox, el presidente de México  dijo al FT esta semana que “construir muros no le sienta bien a una democracia como la de EEUU”.

En verdad, ya EEUU está acelerando la protección de la frontera. En la playa de Tijuana, visible desde San Diego, trabajadores norteamericanos de la construcción están clavando enormes planchas de acero en la arena.

El capataz, un hombre alto con un sombrero duro y un bigote rubio, no está totalmente convencido que la barrera aporte solución alguna. Pero al menos, le facilitará el trabajo a los miembros de la Patrulla Fronteriza de EEUU, dice. “Hay que hacer algo. Los mexicanos le están quitando el trabajo a la gente, y los salarios están bajando. Yo, por mi parte, me siento amenazado”.

La cifra de mexicanos que están viviendo ilegalmente en EEUU -cerca de 5 millones, de acuerdo con el Colegio de la Frontera Norte de México – ha vuelto a muchos norteamericanos partidarios de los criterios del capataz. Grupos civiles como el “Minuteman Project” se han creado en protesta: sus miembros peinan la frontera para impedir que los mexicanos entre. “Nuestra frontera de Arizona te llama, al Minuteman voluntario, para que la protejas”, dice una cita corriente en la página de Internet del grupo.

Sin embargo, a pesar de toda la oposición, dicen los expertos, la economía norteamericana está desesperada por mano de obra barata, y México es el lugar obvio para obtenerla.

Al mismo tiempo, el modesto crecimiento reciente de México ha resultado insuficiente para absorber al millón de personas que ingresan al mercado laboral cada año. Con perspectivas limitadas para el empleo en su país, y salarios que muy a menudo son demasiado bajos para sobrevivir, cantidades de mexicanos y centroamericanos están dispuestos a arriesgar sus vidas por tal de encontrar trabajo en el norte. Gregorio, un hondureño de 39 años, es uno de ellos. En noviembre,, dejó a su esposa e hijos en su tierra y se encaminó al norte “para tratar de buscar una vida mejor para mi familia”.

Caminó durante 25 días antes de saltar a un tren de carga. Pero el 24 sde diciembre, cuando el sol salía sobre las áridas colinas del norte de México, tropezó y resbaló debajo del vagón. “Uno hace lo más que puede, pero la vida le da a uno muchas sorpresas”, dice, mientras mira absorto a su pierna izquierda, que ahora termina en un muñón vendado, justamente debajo de la rodilla.

Pero al menos, él sobrevivió. Controles más rigurosos desde 1994, cuando el presidente Bill Clinton introdujo la llamada “Operation Gatekeeper”, de manera creciente ha elevado la tasa de muertes entre los inmigrantes. El año pasado, cerca de 400 personas murieron de hipotermia o deshidratación en los desiertos, y algunos perecieron a manos de las patrullas fronterizas de EEUU.

Recientemente, cuando hablaba de Arizona, el presidente George W. Bush ofreció alguna esperanza de avance. Mientras defendía la importancia de contar con una frontera más segura, también dijo que EEUU necesitaba “un programa de trabajadores temporales […] para que llenen los puestos de trabajos que los norteamericanos no ocupan”.

Sin embargo, Luis Kendziersky, un sacerdote brasileño que dirige la Casa del Migrante, un albergue temporal en Tijuana, cree que las propuestas del señor Bush no son suficientes. “Tiene que haber una amnistía para los que ya viven aquí”, dice.

Jorge Santibáñez, director del Colegio de la Frontera Norte, en Tijuana, está de acuerdo. Pero alega que el gobierno mexicano también tiene que abordar temas que le preocupan a EEUU, en particular, la aumento reciente en delitos relacionados con la ilegalidad y las drogas en las ciudades de la frontera mexicana.

 “Mientras que el gobierno mexicano no asuma una responsabilidad mayor, no habrá avance alguno en el tema migratorio”, alega.

VERSION AL ESPAÑOL DE IVAN PEREZ CARRION