Las raíces de nuestros problemas

Las raíces de nuestros problemas

Entre 1961 y 1964 escribió el empresario conservador liberal José Ramón Hernández cuatro artículos proféticos que hicieron historia en el periodismo dominicano y  la naciente disciplina de la sociología política.

El autor fue diplomático, miembro de la Junta Monetaria y uno de los fundadores de Neveras Dominicanas, cuyo producto, Nedoca, recuerda como excelente la mayoría de los dominicanos.

Los artículos comenzaban con la advertencia en singular “Téngase miedo…” o en plural “Ténganse miedo…” y a continuación el vocativo a quien o a quienes estaba dirigida. De tal título he recuperado el primer sintagma, por ajustarse al contenido de mi escrito, que rinde homenaje al extraño profeta que predijo, antes de que ocurrieran los hechos, el desenlace fatal que tuvieron las acciones políticas de aquellos sujetos para la naciente democracia dominicana.

El pueblo hebreo tuvo, consignado en la Biblia está, sus profetas mayores y menores. Su rasgo distintivo era, como lo observó Juan Bosch, corregir los desaciertos de los políticos y los poderosos que llevaban al país al despeñadero. El profeta se distingue del vidente o adivino: El primero es el oído, la crítica y la conciencia de su pueblo; el segundo es la simple visión incapaz de vivir el abismo de lo que sucederá antes de que acontezca. Henri Meschonnic aseguró que el Apocalipsis de San Juan, y todo el Nuevo Testamento, es visión, no así el Viejo Testamento, que es oído-ritmo, ni prosa ni verso (ta’min).

El primer artículo de Hernández, publicado en “La Información”, de Santiago, el 7 de diciembre de 1961 con el título de “¡Téngase miedo, Señor General!”, advertía al hombre que contribuyó con su acción y la de sus compañeros militares a echar del país aquel 19 de noviembre a los remanentes del trujillismo. Pero la soberbia y la ambición del general Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría, nombrado jefe de las Fuerzas Armadas, le cegaron y quiso calzarse las botas del Generalísimo. Se alió con Balaguer y ayudó a deponer el Consejo de Estado presidido por Bonnelly. Balaguer se asiló en la Nunciatura.

Hernández le advirtió: “Todo hombre tiene en sí la semilla de su propia perdición.” (“Desfile de coetáneos”. SD: Corripio, 1989, p. 192). Le dijo más: “¡Cuide sus laureles recién ganados, porque la Gloria es tornadiza y esquiva.” (p. 193).

Se adelantó a lo que vendría con Juan Bosch, vencedor en las elecciones del 20 de diciembre de 1962: “En la nueva Constitución que se proyecta, teniendo en cuenta nuestra viciada y tradicional manía de hacer tiranos, hay que consignar la no reelección.” (Ibíd.).

Ya sabemos lo que le sucedió a Rodríguez Echavarría. Consignado está en los libros de historia: al igual que Balaguer, se exilió y regresó décadas después, derrotado, desprestigiado y olvidado, como el boxeador noqueado que fue Estrella Ureña.

A seis días de la juramentación de Bosch, Hernández escribió en “El Caribe” del 21 de febrero de 1963, su segundo artículo titulado “¡Téngase miedo, Señor Presidente!”, dirigido al aparentemente poderoso primer presidente elegido democráticamente con el 59.53 por ciento de los votos en los comicios del 20 de diciembre de 1962.

¿Qué oyó Hernández en medio de la algarabía del triunfo y antes de la juramentación de Bosch? Una formidable conspiración de los perdedores encabezada por el Consejo Nacional de Hombres de Empresas. Estos lanzarían su estrategia en tres puntos: ataque frontal a la Constitución, ataque frontal al gobierno acusado de comunista y ataque frontal al gobierno por los artículos sobre la educación laica, la igualdad de hijos naturales y legítimos, con lo cual “legitima el amor libre” (p. 197).

La dialéctica del empresario liberal le dice a Bosch que no votó por él, pero le respeta, sobre todo al haber despejado, en la polémica con el padre Láutico García, la acusación de comunista: “en tu campaña, no vertiste una gota de hiel.” (p. 195) y “tras la última duda de tu pensar político de ayer, hábilmente aclarada, vino el triunfo mayoritario de tu partido” (p. 196).

Hernández enumera las objeciones de los sectores sociales que se oponen al nuevo proyecto de Constitución y termina con estas palabras luego de la llegada de Bosch de su periplo por Washington, Londres y París: “cuando descendiste de las nubes, de vuelta al hogar, todo el pueblo estaba hambriento de tu palabra de sosiego y paz. Todos los sectores de la población esperaban el alivio de tu voz de padre porque habías dicho que serías el Presidente de todos los dominicanos, y para todos, y que gobernarías con todos los dominicanos. Al hablar, ya ceñido el mando del poder, pensamos que tendrías la dórica sobriedad de una columna, y que lo harías como Martí, conservando los pies en la tierra, aunque tu frente se perdiera en las estrellas…” (p. 197)

Viene la advertencia, mucho antes de que ocurriera el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963, harto estudiado y admitido por el propio Bosch: su caída ya había sido decretada por los Estados Unidos, pero en la visión reformista del autor de “La Mañosa” ese fatalismo es metafísico, porque si hubiera gobernado con todos y para todos, como decía Martí, ese conjunto formidable de opositores unidos en el frente oligárquico recompuesto por los norteamericanos, no hubiera podido sacar la cabeza. Bosch jugó al revolucionario sin serlo, pues en esa etapa de su vida era demócrata representativo, como Betancourt, Figueres, Muñoz Marín.

Al llegar Bosch al país, Hernández le advierte y profetiza: “Pero esta vez, no eras el mismo. Destilaste hiel y acíbar. Tu verbo fustigó como las plagas, como el apocalipsis. A veces creo que no nacerá más yerba, donde arrasó el caballo desbocado de su elocuencia. ¡Téngase miedo, señor Presidente! Porque así no  hablan los buenos gobernantes, los hombres sabios.” (Ibíd.)

¿Por qué entró en pánico la oposición y con ella Hernández?: “En fin lo repudian muchos espíritus revolucionarios y liberales, porque él, ya [la] Constitución festinada en 72 horas, aplanaría todo asomo de albedrío e individualidad, y se prestaría a alentar sueños de predominio de partido sugiriendo esa terrible dictadura de clase.” (Ibíd.).

El verbo de Hernández prosigue sus advertencias a Bosch porque oye el torbellino que se está formando en torno a los grupos empresariales, militares, profesionales, estudiantiles y sindicales: “Aún no has llegado al poder, y ya parece haberte despojado de tu alba vestidura de patricio… No nos defraudes, porque aún te creemos como esas moles de los Andes: nieve en la cumbre, pero tibio el corazón de hermano.” (P. 198).

Hernández predice el curso de los acontecimientos si Bosch persiste en sus“errores”, pese a las objeciones y reparos hechos: “¡Téngase miedo, señor Presidente! Los enemigos de los grandes hombres, son sus resabios, sus pasiones y sus aduladores (…) Este pueblo te pide que sigas el recto camino de la justicia, de una Constitución pensada y ponderada con toda calma: porque si es verdad que él desprecia los cuartelazos y los atentados, también es cierto, que prefiere mil veces su libertad y su hambre, a la voz altanera de un amo, y a la dura ración del esclavo.” (Ibíd.).

En la próxima entrega veremos las últimas dos profecías cumplidas: Al Triunvirato y a Unachosín.