Las feministas del sistema (2 de 2)

Las feministas del sistema (2 de 2)

YLONKA NACIDIT-PERDOMO
Las feministas del sistema hablan, entre otras cosas de «participación», de «no violencia contra la mujer», de «no discriminación», de «solidaridad»… cuando en la práctica habitual, consetudinariamente, cometen el delito de ser ellas las más violentas mujeres del mundo y las que se erigen en camarillas para discriminar no solo a los hombres-varones, sino también a las mujeres.

De manera selectiva, estas feministas del sistema son cómplices de la discriminación por género y de la discriminación por clase. Existen como hienas adheridas al status quo del poder. Son obedientes al contrato social coercitivo de Rousseau, e institucionalizan la corriente única de su punto de vista para inducir la toma de decisiones –que tanto anhelan– en los aparatos ideológicos del Estado llamados a «proteger» los derechos humanos de las mujeres.

Entonces nos preguntamos: ¿puede haber equilibrio, armonía en la lucha por el respecto a la dignidad de la persona y a la condición humana para abolir lo socialmente marginal cuando las feministas del sistema son asalariadas de las estructuras del Estado capitalista, y se convierten ad hoc en centralizadoras, y en protagonistas y actrices principales de la opresión, de la discriminación por motivos ideológicos, de pensamiento, propiciando desde las instancias del Estado la coerción y el libre ejercicio de opinión?

Causa lástima que las dirigentes del liderazgo femenino del 70 tengan que observar su legado en pleno y decadente proceso de descomposición en el 2005, corroído por la bastardía, y lo vil de ellas, las feministas del sistema, las que saben usar instrumentos eficaces para hostigar soterradamente a las compañeras que hacen uso legítimo del derecho al disenso. Algunas de las ongs de mujeres -lamentablemente- incorporadas al feminismo del sistema son un caldero para mantener la impunidad, entre ellas, y la indiferencia a las violaciones, atropellos y discriminación que desde el Estado se comenten y se articulan contra las mujeres, que dicen defender y representan. El silencio es su mayor complicidad.

¿Qué dimensión de género es esa que no escucha a sus iguales, a las otras? Es que, acaso, se han convertido en testaferras de ciertas élites de la sociedad, y se desempeñan además con golpes bajos? No obstante, nos preguntamos: llegará el momento en el cual las masas de mujeres se irán contra ellas? Ellas, las que sufren la discriminación y violencia real de la pobreza, acaso, serán las marginales la que harán la revolución esperada desde los gremios, desde las asociaciones de amas de casas, desde las organizaciones de mujeres trabajadoras, desde las enramadas del campo, desde las montañas… las pobres urbanas y las pobres rurales, las que cantan al recoger las cosechas, las que labran la tierra y crean con sus manos artesanías y tejen esperanzas… Ellas, al parecer, son las llamadas en el presente a hacer la gran comuna para derrumbar el oportunismo, la cohabitación y el cohecho de esas mujeres fugaces de la historia: las feministas del sistema.

Yo sé, estoy convencida, que la insurgencia de las mujeres llegará, aunque se haya demorado, para detener las desigualdades que reproducen las feministas del sistema sumadas al clientelismo partidista, beneficiarias reales de una nómina caprichosa de asesorías y consultorías, en coqueteo constante con la clase política, ya que siempre sus ongs son la contraparte cínica del maquillaje con el cual se hacen cómplices de la inercia gubernamental que afecta la verdadera construcción de la identidad femenina allende de un tremendismo pragmático.

Entonces nos preguntamos: ¿qué es el tremendismo pragmático de las feministas del sistema sino la obediencia debida a las «guruses» -llamadas así por ellas mismas- o matronas que viven de las utilidades obtenidas con su «fase» de revolucionaria, y como «lobbyistas» o mensajeras de una burocracia parasitaria que se arrodilla ante el gobierno de turno como consejeras «ideológicas»? ¿Cuál es su sentido de pertenencia y solidaridad con y para la comunidad de mujeres, si ya sabemos que sus poderes de serpientes encantadoras se mezclan con las deslealtades?

El movimiento de mujeres dominicano actualmente carece de legitimidad, es una masa amorfa, un espacio que se señala como inútil, con jefaturas vampiresas, con consignas llenas de retórica banal, que reciclan siempre la cultura de «falta de tiempo» para debatir el pantano en el cual se encuentran, y en el cual han sumido las luchas de las mujeres del 60 y del 70 y principios de los años 80. Entonces nos preguntamos: ¿existe un poder femenino?