La voz que viaja en cada lector

La voz que viaja en cada lector

El libro de poemas Torbellino de la voz, de Cabral de la Torre, construye un mito que se remonta a miles de años: la voz es un viaje desde el interior del cuerpo humano del yo que se enuncia en el poema hasta el oído, los ojos y la boca del lector, poco importa que este se encuentre en el polo opuesto del lugar del sujeto que escribió la obra.
El poeta ha inventado la voz como personaje principal de su libro y ha inscrito la oralidad como la marca distintiva de su escritura. La obra entera es la épica de la voz humana que acompaña al ser humano desde su aparición en la tierra. Cada poema, comenzando por el primero, es una predicación semántica de la voz arcaica vuelta escritura en el presente de Cabral de la Torre. Los acontecimientos humanos acompañan esa voz como violencia, es decir, como turbión o torbellino histórico a través del cual esta se asegura un espacio en la historia como origen del lenguaje.
Y de oralidad antes del surgimiento de la escritura, la voz es acción y memoria a través de su conversación en personaje poético cuando se inventa la escritura. Mito y tema de las cosmogonías más antiguas: desde el lejano Oriente al Mediterráneo egipcio, hebreo y griego, es decir, desde Tot, Dios y Hermes.
Pero la genealogía de la voz en el libro de Cabral de la Torre empalma más bien, en mi opinión humilde, con la tradición hebrea, aunque las otras culturas están presentes, pero de manera subsidiaria. Los poemas de las páginas 26 y 27 lo atestiguan. El poeta predica la voz, sustantivo ausente: «La misma que cegó a Moisés/en la cálida aventura del desierto./Portentoso rayo/ que detuvo la mano de Abrahán/desde lo alto.//Y otra vez la voz predicaba: «Lamento de hebreos/que en el Muro/pide sagrada protección./Patria mundana/que persigue/aquel vellocino encantado.//Noten la mitología subsidiaria de lo griego en «vellocino» y de lo egipcio en «aventura del desierto» o en p.32, más claramente». Invitó el brioso ímpetu de Napoleón/en sueño de tauro conquistador/posó la vista en las pirámides/bajo el influjo de faraones dormidos».
Las mitologías de las biografía o leyenda de la voz en el texto de Cabral de la Torre pasan de este Medio Oriente mediterráneo a otra porción más cercana al Extremo Oriente. En la transición aposentada en la mítica Babilonia, hoy Irak: «La otra voz/erigió crujientes jardines colgantes/en balanceada conjunción/ de aroma y verdor». Esta voz del poeta santiaguense no cesa de viajar. El personaje trotamundo a la búsqueda del origen de sí misma, lo cual es decir, del lenguaje convertido en oralidad-escritura. La palabra voz está siempre en constante acción y ahora pasa al Extremo Oriente: «Dictamen del Mandarín/que inspiró la Gran Muralla/lomo de piedras curvilíneas/ingeniosa invención guardiana». (p.33).
De la China la palabra cabraliana, es decir, la voz como personaje, viaja a América con Cristóbal Colón (p.34), rescribe el mito del Santo Cerro (p.35) y obliga a Cortés a partir hacia Tierra Firme (p.36), pero antes descronologiza la historia con la épica de abril de 1965 (pp.37-38) y luego funda la república en 1844 (p.40) con la herencia africana: «No es terso cuero/desflorado a golpes/que ruge en los atabales/en las negras noches del convite/dientes de marfil/mordiendo luna llena/pechos sudorosos». (p.41).
El personaje cabraliano escribe la historia dominicana, pero poéticamente. Es decir, la voz repasa los rincones oscuros del discurso de los historiadores y los corrige. Viene y va a Haití, como avión supersónico vuela a la India y nos trae una síntesis de aquella cultura-civilización con el agua bendita del Ganges a través de la filosofía de Kishnamurti (p.79). Nos suelta la voz entonces en el mundo hebreo en tiempos de Jesús y el Sanedrín en un viaje de regreso del Oriente Extremo (p.46). El poeta Cabral de la Torre se da a la construcción de la civilización sincrética que aunó la cultura griega y la hebrea hasta formar la argamasa de lo que es hoy el Occidente: más de 2 mil años de cristianismo, vencedor de todas las batallas en virtud de una frase que hizo temblar los cimientos de los imperios infieles: Todos los seres humanos son iguales ante Dios. Dios egipcio, monoteísta, creación de Amenofis IV, cuyo derrocamiento por los grandes sacerdotes no hizo más que posponer lo que Moisés fundó después.
Es en esa parada jesuítica que voz, personaje cabraliano, se reconcentra para autodefinirse como «clemencia viajera» (p.52) o negarse como «escondida sombra de tu miedo» (p.54). Más bien se ofrece la voz como «sempiterno mensajero/con alforjas de paz» (p.53).
Todo lo que sigue en el libro es una reflexión acerca de la voz escrita en poemas que tienen la brevedad como estructura maestra. La voz es, finalmente, la metáfora de la poesía y Cabral de la Torre le otorga la taumaturgia de ser un sujeto salvador de la subjetividad y las causas perdidas de este mundo.
Con la publicación de Torbellino de la voz el país cuenta con un poeta moderno que ha sabido asumir la junción de Oriente y Occidente acerca del lenguaje y la poesía sin convertirse en historiador.