La violencia, el problema fundamental

La violencia, el problema fundamental

POR DENISE PAIEWONSKY
La guerra ha sido una constante histórica de los últimos 7,000 años y ninguna actividad humana (con la posible excepción de la caza) se asocia tan fuertemente con la masculinidad.

Al trabajar la violencia de género (maltrato a la pareja, violación, incesto, acoso sexual, etc.), el primer nivel de análisis consiste en vincular sus causas a la construcción social de la masculinidad. Es obvio que los atributos que definen los roles masculinos propician los comportamientos violentos de diferentes formas, al asociar la hombría con la fuerza, la agresividad, la dominación, la superioridad y el control, al tiempo de excluir la empatía, la emotividad, el cuidado, la sensibilidad, la conciliación y otros rasgos supuestamente ‘femeninos’.

Pero esta escisión arbitraria de los atributos humanos en categorías ficticias de masculinidad y feminidad no sólo conduce a la violencia masculina contra las mujeres, sino que ofrece pistas importantes para entender nuestro problema civilizatorio fundamental: la violencia generalizada que se manifiesta en todos los ámbitos de la vida, de manera abierta o soterrada, utilizando medios brutales o sutiles, y que afecta a todos los seres humanos, a los animales y a la naturaleza.

En el mundo actual, desgarrado por conflictos sangrientos en tantos puntos del planeta, los llamados a la paz coexisten con la glorificación constante de la guerra, como nos muestran los libros de historia, el cine y la literatura, los juguetes y los juegos de los niños. En nuestro imaginario cultural la guerra sigue siendo el escenario por excelencia del heroísmo, la valentía, el patriotismo; el lugar donde los hombres ponen a prueba su fibra viril. Los niños aprenden a ser hombres (es decir, a ser diferentes de las mujeres) jugando a la confrontación armada, ya sea con espadas, pistolas y arcos y flechas o con naves espaciales, videojuegos y rayos láser. 

La violencia armada es el eje central de la llamada ‘industria del entretenimiento’: sin ella no habrían películas ‘de acción’, de guerra, de crímen, de vaqueros, de ciencia ficción o de horror (recordemos que los géneros fílmicos que no incluyen violencia, como los dramas sicológicos y las comedias románticas, son considerados géneros ‘femeninos’). Sin violencia no habrían series policíacas en la TV, ni ‘thrillers’ literarios ni videojuegos, ni muñequitos de Tom y Jerry o de Las Chicas Superporderosas.   Sin ella no habría boxeo, lucha libre, fútbol americano, ni carreras de autos y motos donde los espectadores esperan ávidos el próximo accidente. No habría peleas de gallos ni de perros, ni corridas de toros, ni torneos de pesca, y los hombres ‘civilizados’ tendrían que abandonar la caza como hobby.

 Sin violencia no habrían gestas patrias que conmemorar, ni Dios en quien creer (¿qué sería de nuestra religión sin el Antiguo Testamento, sin las imágenes sangrientas de la crucifixión y los padecimientos de los santos mártires, sin la promesa del infierno y del Apocalípsis?). Sin violencia no sabríamos cómo criar a nuestros hijos, ni lograr que nuestros animales domésticos y bestias de carga nos obedezcan. Sin violencia no habría pornografía ‘dura’, y el vocabulario del amor y el sexo tendría que abandonar las constantes referencias a la lucha y la caza: ya el pene no sería pistola (ni ninguna de sus otras apelaciones bélicas); los hombres no ‘conquistarían’ a sus enamoradas, ni las ‘poseerían’ en la cama.

En fin, que la violencia es una constante en nuestras vidas, aunque solemos repudiarla solo en sus manifestaciones ‘ilegítimas’ (el terrorismo, la violencia delincuencial, ciertos tipos de asesinato), y a justificarla en sus manifestaciones ‘legítimas’ (la acción policial, el castigo a los hijos, el gesto agresivo al conductor que se nos cruza).

La apología cultural de la violencia alcanza límites perversos en los tratados teológicos que justifican la guerra ‘justa’ y la pena de muerte, y en los tomos jurídicos que eximen de culpa al hombre celoso que comete ‘homicidio pasional’.