La última quijotada del Quijote

La última quijotada del Quijote

FERNANDO I. FERRÁN
Leí la obra de Miguel de Cervantes en las rodillas de mi padre. Confieso que no entendí gran cosa, por no decir que casi nada. Recuerdo, eso sí, un diccionario forzosamente manoseado que nos acompañaba cada noche, de aventura en aventura, de página en página.  Luego de varias décadas, ya sin el auxilio paterno aunque ayudado por otro diccionario, releí con espíritu más reflexivo a Don Quijote de la Mancha. Volví a gustar y a escudriñar pasajes célebres, como el de los molinos de viento, y a entrechocar con un vocabulario tan rico como elegante su prosa y compleja su sintaxis.

Lo que retengo y aprendí de ambas lecturas es tan intangible como el oxígeno que respiro. Al igual que no es posible retener el agua en la palma de la mano, la enseñanza de vida de esa obra no cabe en la cuartilla y media en que escribo. 

No obstante esa imposibilidad, resumo señalando que con el pasar de los años la última quijotada del Quijote es lograr que lo sigan leyendo. Que lo lean, no ya portentos literarios como Miguel de Unamuno, Azorín, Ortega y Gasset, José Luis Borges, Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa, por mencionar sólo algunos en lengua española, sino ese infinito número de mortales que deambulan sobre la faz de la tierra, de manera tan anodina como Alonso Quijano.

Para ellos y para todos, ¿dónde radica el poder de atracción de la voluminosa obra del Caballero de la Triste Figura? En la imaginación. 

Desde hace ya 400 años, la obra maestra de la literatura en lengua española despierta en cada lector esa olvidada facultad humana que es la imaginación. Para ver donde no hay, oír donde no suena, intuir donde no se espera, reemplazar donde sólo existen carencias. Indispensable facultad humana esa para vivir loco por algo distinto y mejor en medio de una realidad que se agota en sí misma, mientras nos acorrala y encierra.

Esa reactivación de la imaginación se logra aún hoy día a pesar de un castellano arcaico, tan lejos de la pobreza del idioma cotidiano como del “chateo”; de su riqueza axiológica, tan extraña a la imperante ideología de la fruición constante y sonante; de su cosmovisión, equidistante de la Edad Media y de la modernidad; de sus verdades, tan diluidas como las incertidumbres que entretejen frecuentes aventuras e insólitos errores y disparates; de su visión paradigmática, tan ajena al estéril cliché de lo que se cree ser el estereotipo del alma hispana, siempre escindida en medio del idealismo soñador que se aleja de las necesidades más perentorias de la vida material y de la actitud positivista y práctica, aunque algo fatalista, del ser realista y concreto.

Llegados a este punto, que me perdonen los expertos en estética y en literatura, comenzando por las páginas que Hegel le dedicara a Miguel de Cervantes Saavedra. El elemento clásico de la novela cervantina reside en el movimiento, no dialéctico, por el cual la ilusión y el desencanto dan pleno sentido a ese momento culminante en el que intercambian papeles la vida y la muerte. Don Quijote de la Mancha vive lleno de ilusión, debido a valores morales más que al poder político y a las riquezas materiales. Llega incluso a contagiar de entusiasmo vital a ese hombre llano y lleno de sentido común que es Sancho. Y por eso éste relativiza su agotada sensatez, al abandonar el gobierno de la Ínsula, y propone retomar el camino y deshacer nuevos entuertos, al presenciar a su querido Señor sin otro Rocinante que no sea su lecho de muerte.

Desde aquella tierna edad en que mi padre me enseñó a leer, gracias a él y al Quijote, reconozco que en este mundo hay que estar un poco loco para no volverse loco y seguir viviendo, o bien un poco cuerdo para no madurar y morir. Y todo porque a cualquier edad, en cualquier época, en cualquier lugar, el Hombre de la Mancha sigue siendo el mejor si no el único antídoto de la imaginación humana contra el aburrimiento, la vulgaridad y sobre todo, la desilusión. 

ferran1@yahoo.com