La  Sinfónica en el recuerdo y el sentimiento

La  Sinfónica en el recuerdo y el sentimiento

Corrían suavemente los primeros años cuarenta. La dictadura de Trujillo discurría con la naturalidad de la brisa tropical. Cuando firmó mi nombramiento como Violín Segundo de la Sinfónica el 24 de julio de 1944, con el No. 6778, aún no cumplía yo los trece años y era un niño absorto que miraba al mundo con extrañeza. Había iniciado estudios de violín tres años antes con el refugiado judío Willy Kleinberg y ante su salida del país, me acogió Ernesto Leroux, sorprendido de que aquel judío alemán no me había enseñado a leer música sino letras y números que me permitían tocar piecesitas –al parecer, bastante bien.

   Leroux me enseñó a leer música y poco después se empeñó en que yo debía ingresar en la Sinfónica. Mi padre se opuso tajantemente, pero Leroux insistió hasta que logró mi nombramiento en el ’44. Hecho consumado.

   Como era de esperarse, me sentaron en el último atril, pero Casal Chapí, primer Director de la Sinfónica, me fue adelantando, de semana en semana, hasta que me ubicaron como Principal de la Sección de Segundos. Ya se ensayaba en un gran espacio situado en la calle El Conde (donde luego se instalaría la Galería Auffant). Luego se logró una sede en el segundo nivel de la casona (que decían de Lilís) en la calle Luperón esquina Duarte. Allí tuve que enfrentarme nada menos que con las complejidades rítmicas de “El sombrero de tres picos” de Manuel de Falla, que tiene contínuos cambios de compases y el director se las pasa saltando entre marcar “a tres”, “a cuatro”, “a dos” o “a uno”. Yo, que tenía un precario conocimiento de solfeo, debía guiar la Sección de Segundos. Estaba aterrado. Indudablente, Dios me ayudó descomunalmente, porque… tan airoso salí, que me pasaron  al segundo atril de los Primeros Violines.

   Terminé siendo Concertino por muchos años, y finalmente Director Titular, posición de la cual renuncié cuatro años después – contra la voluntad del Presidente Jorge Blanco-, convencido yo de que la Sinfónica requería de las energías múltiples de un Carlos Piantini, que además de ser un gran director musical, poseía las condiciones para darle a la Sinfónica sangre nueva y recursos del sector externo. Entonces nació la salvadora protección de la agrupación “Sinfonía”.

   La Sinfónica ha sido parte esencial de mi vida. Curiosamente lo descubrí en París una tarde de domingo en la Embajada Dominicana, silenciosa y solitaria.       Encontré unos álbumes de recortes de prensa y fotos que habían        llegado con nuestro equipaje. En todas partes estaba yo con la Sinfónica. Como un niño rubio, de expresión perpleja, como un adolescente solista de numerosos Conciertos, como un adulto empeñado en “dar la talla”.

   También encontré una carta reciente de un amigo, donde me decía que mis “tiempos con la Sinfónica” habían terminado, que mis caminos estaban en la Diplomacia y en la literatura. Pero no fue así.

A  70 años de establecida como Nacional, la Sinfónica se merece “su casa”, su sede. Querría encontrar un orgullo por ella, como aquel que encontré en Cleveland, Ohio, cuando al abordar un taxi hacia la sede de la Sinfónica -el Severance Hall-, el automóvil tenía un “sticker” o pegatina que decía: “Cleveland, Home of the Cleveland Orchestra”.

No se merece menos.