La revolución a que podemos aspirar

La revolución a que podemos aspirar

Las generaciones van pasando y el país a la espera de su revolución. Ya no para la eliminación de  monopolios y los latifundios; para la nacionalización de las empresas, ni para la creación de una sociedad igualitaria. No para implantar un sistema donde impere la  justicia social fundamentada en la autogestión y el cooperativismo. Tampoco para propiciar cambios de estructuras, ni para proclamar la liberación nacional. Hoy mucha gente se conformaría con una revolución mucho más simple.

Tan sencilla como la revolución del respeto a las leyes y la  devolución de la credibilidad a las instituciones. Que pueda  revivir el entusiasmo esperanzador como  la mística pérdida a sectores conscientes,  que ante el secuestro de la sociedad por parte de los grupos de poder, han entrado en un letargo inconforme  de adaptación. El país requiere de esa simple, pero gran revolución. No para readquirir los bienes del Estado que han sido enajenados o  retornar los dineros que  han sido robados.

Ni siquiera para dejar sin efecto ciertos contratos cuestionables. Sino sencillamente para eliminar los  reglamentos y disposiciones que violenten los más elementales principios de justicia y equidad. Que sea capaz de hacer cumplir las leyes a todos; le ponga fin a la corrupción y los privilegios y evite los conflictos de intereses en todas las esferas.

Que elimine las botellas y le ponga fin al clientelismo político;  rescate la moral pública y lo propicie para al sector privado; transparente todas las acciones y no dependa del criterio de la cúpula dominante. Borre la idea de que los funcionarios públicos son seres superiores y elimine sus privilegios irritantes frente a un pueblo cuya mayoría no puede cubrir los compromisos económicos más elementales. Un sistema que  obligue  rendirle cuentas al país por cada centavo que se gaste,  cada momento, no al año con  discursos maquillados. Una revolución tan solo para que la gente pueda  creer en el sistema.

Esa es la simple y sencilla revolución a que muchos aspiramos. Y fíjense qué ironía; aspirar algo a lo que el sistema está obligado. A lo que tiene derecho el pueblo, pero lamentablemente todo se ha revertido. Con la confabulación de los mismos políticos, los sectores de poder no solo los han puesto a ellos de rodillas, sino a una gran parte de  los  poderes del Estado, arrastrando la mayoría de las instituciones con que cuenta la sociedad. Pero el mundo está recibiendo una convulsión que sin lugar a dudas en corto o largo plazo echarán por la borda los esquemas liberales que causaron el desastre que hoy vivimos. Los mismos que solo permiten el desarrollo de determinados sectores privilegiados e indudablemente  provocará nuevos modelos.

Mientras tanto, aquí muchos se conformarían con una  revolución en la que simplemente se cumpla con lo que establecen las leyes; se limiten los poderes de unos cuantos; se racionalice el uso del dinero; se elimine por siempre la reelección y se respete a la sociedad.