La profesión de viajar

La profesión de viajar

DIÓGENES VALDEZ
José Saramago, primer Nóbel en lengua portuguesa, de la noche a la mañana se convirtió en nuestro país en toda una celebridad. Y en realidad lo era, aunque no eran muchas las personas que habían leído sus obras. Después de unas charlas magistrales en las que su intelecto casi enciclopédico se puso de manifiesto, sus lectores son más numerosos y de seguro que irán en aumento con cada obra publicada.

Algo de su propio existir parece haber quedado impreso en cada página de este maestro del buen escribir y del buen decir, según lo puso de manifiesto en cada intervención delante del público. Saramago supo aprovechar “su viaje” a estas tierras americanas; porque él, como ser humano de excepción, es de los que saben viajar.

En su excelente libro “Viaje a Portugal”, una especie de Odisea dentro de su país natal, este autor no sólo nos revela las tipicidades de ese Portugal que parece que se niega a insertarse en los vericuetos de la modernidad, sino que aprovecha la ocasión para compartir experiencias, proporcionándoles a sus lectores pequeñas acertadas lecciones, que éstos asimilan sin apenas darse cuenta.

En alguna parte leí, “que no hay nadie más aburrido que un escritor, cuando quiere ser didáctico”; creo que estas palabras son del siempre irreverente Giovanni Papini, pero si estoy seguro que fue Heinrich Böll quien pronunció un pensamiento similar, cuando dijo que “nadie es más aburrido que un maestro”.

Saramago enseña sin proponérselo, sin querer ser didáctico, por tanto sus conversaciones son sumamente divertidas. Una de esas enseñanzas que nos deja la lectura de “Viaje a Portugal” está cuando el autor dice “que la felicidad, sépalo el lector, tiene muchos rostros. Viajar es, probablemente, uno de ellos”.

Saramago entra en contradicción con Azorín, en cuanto a la felicidad que proporciona el viajar.

“Regresar” es volver a un lugar donde se ha estado antes, e implica un acto de viajar. Azorín nos recomienda no volver “a aquellos lugares en donde alguna vez fuiste feliz”. Las razones del gran escritor español parecen ser muy personales y parecen que se quedan en el misterio. Tal vez lo dice porque aquella “felicidad” resulta irrepetible. Mientras tanto, retornemos a Saramago y veamos lo que nos dice en el hermoso capítulo “El sermón de los peces”.

“…debiera instituirse la profesión de viajero para gente de mucha vocación, que mucho se engaña quien piense que sería trabajo de pequeña responsabilidad, cada kilómetro no vale menos de un año de vida. Luchando con estas filosofías, acaba el viajero por quedarse dormido, y cuando despierta, ahí está la piedra amarilla, es el destino de las piedras, siempre en el mismo sitio, salvo si llega el pintor y la lleva en el corazón”.

Hermosa reflexión y cuánta verdad y mayor poesía encierran dichas palabras, porque es una poesía construida con la nostalgia de quien ha viajado mucho y de quien tiene muchas ausencias dentro de su pecho. Yo conozco de estas ausencias sin necesidad de haber viajado mucho, y sé de ese deseo enorme de querer volver a aquellos lugares en donde alguno hemos conocido la felicidad. Ahora comprendo por qué el retorno a aquellos lugares sagrados que conserva la memoria, no ha sido posible. La respuesta la tiene otro hombre de mente preclara; un escritor inmenso: Herman Hesse.

Hubo un lugar en donde una vez fui feliz; repito hasta el cansancio estas palabras, para mí casi sacramentales. Hesse sin embargo me sacude la modorra que produce el ensueño de un viaje imaginario hacia aquellas regiones. Sus palabras resuenan en mis oídos y producen un gran estrueno, porque él me aconseja, que si fui feliz en algún lugar y en algún momento de mi vida, no es necesario retornar a aquel espacio geográfico para recuperar esa felicidad trascendida, porque como dice él en su pequeña joya literaria, Hermann Lauscher: “una felicidad es bastante, dos son demasiado” (…).