La prevalencia del desorden

La prevalencia del desorden

POR JOTTIN CURY HIJO
Importantes personalidades han levantado con justificada razón su voz para protestar por la maniobra de un funcionario del actual gobierno, quien en combinación con un senador de su partido, ha propiciado la renuncia de este último para ocupar su curul y así evadir eventuales persecuciones judiciales.

Se teme que este ardid se propague como epidemia entre otros funcionarios del PPH, toda vez que uno de ellos ha confesado públicamente que compañeros de su partido le han ofrecido sus posiciones congresuales, como si acaso las mismas pudiesen ser colocadas en un mercado donde impera la ley de la oferta y la demanda.

Esta clase de estratagemas constituye una burla que desacredita no solamente a quienes se prestan para ejecutarla, sino también a las instituciones y al propio sistema democrático. Refugiarse en el Congreso para buscar impunidad equivale a una especie de confesión de culpabilidad, refleja un temor profundo de enfrentar las consecuencias de sus actos. La finalidad del ardid no consiste, como piensan algunos, en evitar procesos penales ante los tribunales nacionales, ya que la Constitución lo único que hace es conferirle jurisdicción privilegiada a los legisladores. Todo parece indicar que el objetivo es evadir posibles  requerimientos foráneos donde el amiguismo, la corrupción y las influencias políticas no surten ningún efecto.

El caso del diputado Ramos García, acusado por las autoridades de traficar con chinos desde el vecino país, al igual que muchos otros, demuestran la debilidad de la justicia dominicana, incapaz de exhibir ejemplares sentencias condenatorias en materia de corrupción y narcotráfico. Y esa es precisamente la razón por la cual la Embajada Norteamericana ha estado formulando serias objeciones al Poder Judicial en el transcurso de los últimos días. Urge aplicar rigurosamente las leyes, para evitar el colapso definitivo de la sociedad dominicana, en lugar de importar otras de difícil aplicación por divorciarse de nuestra cultura jurídica.

Conviene que, mediante un esfuerzo serio,  se opere una amplia y seria reforma constitucional, artículo por artículo, que comprenda, por supuesto, el relativo a la terna que presentan los partidos cuando se producen vacantes. La experiencia que estamos viviendo sobre la cesión de cargos legislativos, la cual ha encrespado los ánimos de la gran mayoría de nuestra población, nos obliga a modificar el mecanismo de sustitución de los legisladores o, por lo menos, impedir que los miembros de la terna propuesta por la organización a la cual pertenece el renunciante sean funcionarios del gobierno de turno.

No faltan muestras igualmente preocupantes de legisladores que han renunciado para ocupar cargos en la administración pública, recurriendo a oscuras negociaciones que vulneran la voluntad de los electores, para luego, cuando cesen en sus gestiones administrativas, volver a cobijarse  bajo el manto protector de la inmunidad parlamentaria. Desafortunadamente quien primero promovió esta clase de acuerdos fue el Dr. Peña Gómez cuando, poco antes de morir, para resolver problemas internos de su partido, recurrió a la tesis de que los aspirantes con mayor votación que optaban a  cargos congresuales y municipales debían distribuirse cada dos años el período constitucional que debe corresponderle únicamente al que resulte agraciado con el favor popular.

Todavía está fresco en la memoria colectiva el conflicto que se produjo cuando la esposa del extinto líder, quien fue vice síndico durante la gestión de Johnny Ventura, le exigió al término de los dos primeros años que renunciara al cargo de conformidad con el convenio suscrito entre ambos. Dicho acuerdo nunca se materializó debido a que el conocido merenguero lo desconoció, ignorando la fórmula salomónica que se había ingeniado el líder de su organización para atemperar las desenfrenadas apetencias de sus acólitos. ¿Fue correcta su actuación de aquel entonces? Todo dependerá del ángulo con el que se enfoque. Lo que sí está claro es que cuando los problemas internos de las agrupaciones partidarias se entronizan en las instituciones, el caos se esparce por todo el cuerpo social hasta destruirlo,  al igual que un cáncer que hace metástasis. Y eso es precisamente lo que estamos resistiendo.