La plutocracia

La plutocracia

BONAPARTE GAUTREAUX PIÑEYRO
Quien invierte en una empresa lo hace con el propósito de ganar dinero. El dinero no es malo ni es bueno, lo que es correcto o incorrecto, legal o ilegal, moral o inmoral es la forma en que se obtiene el dinero.

Es bueno que quien invierte dinero en una empresa pueda multiplicarlo mediante el trabajo tesonero, la inteligencia aplicada a los negocios y lograr defenderse de la envidia y la inquina.

La preocupación de hoy, y de siempre, es ¿cuánto le cuesta al país que alguna gente supuestamente le sirva desde un puesto electivo?

El presidente John F. Kennedy dijo en su toma de posesión, en 1960: «joven, no preguntes qué puede hacer tú Patria por ti, pregunta qué puedes hacer tú por tu Patria» la frase tiene cada día más vigencia en todo el mundo.

Ante la falta de sentido moral que arropa el mundo, ante la permanente violación a la escala de buenos valores, hay que estar cada vez más vigilantes para, por lo menos, conocer el enemigo y saber cómo y dónde combatirlo.

Me refiero a la campaña electoral y su costo en dinero.

Una tarde de noviembre pasado un joven precandidato a Diputado, aspirante a representar al Partido de la Liberación Dominicana en el Congreso Nacional, dijo que había gastado seis millones de pesos y aún no había pasado la convención. El joven renunció a su precandidatura, días después.

Explicó que tenía negocios y que su familia tiene bienes de fortuna que le permiten invertir una suma como la que informó y mucho más.

Entonces gente como yo, que me he ganado los pesos uno por uno pregunta: ¿es que la política sólo podrá ejercerla quien tenga millones de pesos para comprar una curul de legislador, una regiduría o una sindicatura? Y surge otra pregunta: ¿a qué intereses servirá para buscar recuperar su inversión y ganar dinero?

¿A eso es lo que hemos llegado?

¿Permitiremos que la política se convierta en el ejercicio exclusivo, único y excluyente de quienes tienen más dinero para gastar en sus propias candidaturas, o en comprar posiciones públicas a través de la inversión en personas que van a los puestos públicos a servirle a los ricos, en desmedro del interés general?

De esa manera, el poder se desplaza de la voluntad de la mayoría a la voluntad de unos pocos y en vez de una democracia vivimos la imposición de una plutocracia.

¡Peligroso eso!

El despliegue, la inversión, el malgasto de recursos privados  y públicos por parte de todos los candidatos a puestos electivos, es una demostración de que no andamos por buen camino.

Todo aquel que invierte tiempo, talento, trabajo físico o intelectual, relaciones, bienes, lo hace con el propósito de obtener beneficios y mientras más grandes sean mejor se siente el inversionista.

¿Cómo recupera la inversión un legislador que gasta más dinero en la precampaña y en la campaña que el que ganará de sueldos, viáticos y otros ingresos legales en los cuatro años de ejercicio de la función pública?

En la feria de los millones que corre durante la zafra de las elecciones, la borrachera electoral ciega a la mayoría que se limita a ver el títere y a seguir sus acciones y palabras, pero no ve al titiritero, en ocasiones hasta desconoce que existe, porque maneja los hilos con una sutileza tal que asombra.

Mientras no se aplique en serio el distrito electoral continuaremos al servicio de la plutocracia que gobierna con la razón, con la fuerza, con dinero o arrebatando como Jalisco.

¿Hasta cuándo lo vamos a permitir?

El descrédito de la democracia viene, también, cuando el pueblo pierde confianza en candidatos que necesitan tanto dinero para su postulación  y nadie sabe de dónde salen los recursos.

¡Ojo con eso!