La petición de paz y el descrédito de la razón

La petición de paz y el descrédito de la razón

Termina, o mejor, agoniza tras innumerables agonías, el 2003. En la misa de Navidad en Roma, ante una multitud de miles de fieles apiñados en la gran plaza de San Pedro, el papa Juan Pablo II, en un esfuerzo descomunal, tremendo, ciclópeo -dado el estado de su salud- pidió a Jesucristo que salve al mundo de la guerra, que nos traiga la paz.

Referirse a la guerra es referirse a la violencia, al abuso y al crimen en todas sus gradaciones, desde el ejercicio de un terrorismo como el que estalla entre judíos y árabes, o el que desata imposición «democrática y civilizada» en Irak, o el de Bin Laden y sus seguidores, hasta la violencia de la guerra sumergida, de la violencia y el abuso contra los más pobres y débiles, que azota con saña al tercer mundo.

La insensibilidad social no es algo nuevo, pero su tradicional anemia ha caído en una etapa extenuada. Como en otros lugares, aquí estamos viviendo la función vigorosa de la irracionalidad. Estamos presenciando, cada vez con menor asombro indignado, un dramático proceso de consuetudinariedad de lo ilógico, de lo absurdo, de la locura actuante.

Si bien en los últimos años del siglo dieciocho Thomas Paine escribió su obra «La Edad de la Razón», hoy alguien, tan envuelto en los movimientos de la humanidad como este inglés que también escribió «Sentido Común», en defensa de la independencia norteamericana y «Derechos del Hombre» en favor de la revolución francesa, alguien así debería ahora escribir un monumental libro sobre esta «Edad de la Sinrazón».

Tendría que tratarse de alguien muy importante, que pueda hacer oír su voz sobre la vocinglería mayormente mentirosa y vendida de la «multimedia».

Nos movemos dentro de circunstancias empujadas por las ambiciones individuales, que han aniquilado el pudor. Así vemos que personas eternamente conocidas en un marco de grandes limitaciones económica, al paso de apenas tres años y medio de gobierno del Presidente Mejía, viven en un Pent-house de millonarios y se pasean en una yipeta Land Rover, un Mercedes 500 y un Jaguar, todos de últimos modelo.

En varios momentos de nuestra reciente historia hemos SENTIDO (que es más que PENSADO) estar al borde de un desastre nacional. El temor crece. Yo pienso que lo que detiene un estallido social es la incredulidad en la honradez que el pueblo tiene hacia quienes, necesariamente, liderearían un poderoso movimiento político. ¡Tantas veces ha sido el pueblo engañado!

¡Tantas veces los otrora fogosos líderes, que movilizan grupos idealistas, abandonan sus ideas a cambio de riqueza y poder! Y el idealismo aparece como una ingenuidad absurda y de imposible logro.

A principios del siglo diecinueve Robert Owen, el reformador social Inglés, afirmaba que «las edades pasadas sólo representaban la historia de la irracionalidad humana, y sólo ahora estamos avanzando hacia la aurora de la razón y hacia un período de que la mente del hombre nacerá de nuevo».

Pero, dos siglos después del tiempo de Owen, no hemos avanzado nada.

Creo que el nacimiento del «hombre nuevo» sólo puede producirse, como explicara Jesucristo, por una transformación voluntaria en el ya nacido.

En cuanto a estas guerras y agonías, recordemos el saludo de Jesús: «La paz sea con ustedes» que la Iglesia latinizó en «Pax vobiscum», pero que no ha logrado que prenda esta paz, como un arbusto maravilloso, produciendo flores de armonía, conmiseración y amor.