La historia oral

La historia oral

R. A. FONT BERNARD
Recientemente nos mostró el doctor Luis Rafael Martínez, ya retirado de su ejercicio profesional, una fotografía en la que figuramos ambos trajeados con el “smoking tropical”, de moda en los años cincuenta del pasado siglo, escoltando a la señorita Luz María Pineda, seleccionada para darle la bienvenida a Trujillo cuando éste llegase al Club de la Juventud, en el que sería agasajado con motivo de su fecha natalicia. Al dorso de la fotografía, una fecha significativa: 24-10-49.

Y conforme lo recordamos ahora, ahí estuvo El, puntual a las nueve de la noche, acompañado por los señores Virgilio Alvarez Pina y Manuel De Moya Alonso, todos trajeados con el smoking tropical. Besó teatralmente las mejillas de la señorita Pineda y le tendió la mano derecha, con un cumplido, a sus acompañantes.

Ya instalado en la mesa de honor, en la que le acompañaba la señorita Pineda, escuchó con aparente interés, el discurso protocolar leído por el doctor José Angel Saviñón. Y luego del discurso, de manera inesperada el infaltable declamador:

“Quién más que tú, capitán de los vientos,

sobre el corcel del mito dominas horizontes.

Quién más que tú, jerarca de la fama,

escultor de la historia

puede ganar batallas

entre auroras de águilas

en la hazaña sin tiempo, fatigando la gloria”

De inmediato, fue el interludio musical, a cargo de la Orquesta “Benefactor” del maestro Papatín Ovalle, con su cantante Tavito Vásquez: “Abril en Portugal”, “Candilejas” y el merengue “Compadre Pedro Juan”: El, danzando ostentosamente con la señorita Pineda, y entorno a ellos, con precautoria distancia, los demás, como si se tratase de una constelación de pequeños satélites, activados por el magnetismo del sol.

Pasada la medianoche, el señor De Moya tomó el micrófono para expresar el agradecimiento del Generalísmo por el homenaje que le tributaba la juventud, y a la vez, para solicitar permiso para que él pudiese ausentarse en vista de que, como dijo “en las primeras horas de la mañana siguiente, debía estar, como era lo habitual en su despacho, del Palacio Nacional, trabajando infatigablemente a favor de la grandeza de la Nación”. El, a su vez, levantó su copa para brindar “por la juventud que ama su patria, por la juventud que  estudia y trabaja, y por la juventud que rechaza las influencias tendenciosas, del comunismo perturbador de la paz universal”.

El mes siguiente se celebró el Primer Congreso Internacional de la Juventud, con la participación de delegaciones de todos los países latinoamericanos, con la sola excepción de Cuba y Haití. En ese evento se adoptaron varias resoluciones, entre ellas, la titulada “Carta de Ciudad Trujillo”, mediante la cual se le otorgó “un voto de reconocimiento al Generalísimo y doctor Rafael L. Trujillo Molina por el liderazgo asumido, a nivel continental, contra la penetración del comunismo en la América Latina”.

Al cierre del Congreso los delegados fueron agasajados en las posesiones rurales de Trujillo en San Cristóbal, y allí, al despedir a los delegados éste repitió el brindis del agasajo del 24 de octubre, en el Club de la Juventud. A cada delegado se le obsequió una pluma estilográfica enchapada con oro, con la inscripción: “El Generalísimo Rafael L. Trujillo”, a los representantes de la juventud anticomunista de la América Latina.

Mucho años después, ya abatida la dictadura, y desarticulado el aparato propagandístico del Partido Dominicano, nosotros reflexionamos en el sentido de que se nos había utilizado políticamente para atenuar en lo posible la conmoción causada por el desembarco de los expedicionarios del 19 de junio anterior, exterminados en la bahía de Luperón.

Tres años antes, con la celebración del Primer Congreso Obrero Nacional, en el que participaron delegados de varios países extranjeros, entre ellos representantes del Partido Comunista Cubano, se había utilizado el mismo procedimiento, con la variante de que, tras el retiro de esos delegados, varios representantes de la izquierda dominicana, algunos de ellos residentes en Cuba, venidos al país con la garantía de la Confederación de Trabajadores Cubanos, de filiación comunista, fueron asesinados, entre éstos, los combativos Raúl Cabrera, Alberto Larancuent y Freddy Valdez. Un año después fue desaparecido en La Habana, el máximo dirigente Mauricio Báez.

La restauración de la democracia en el país se produjo aproximadamente quince años después, cuando el dictador prematuramente envejecido, y posiblemente agobiado por el peso de un absolutismo que se prolongaba, en disputa con el tiempo, cayó abatido en un charco de sangre, como lo dijo el poeta, “al compás de un minuto y dos onzas de plomo”. Transcurrido ya más de cuarenta años de la hazaña del 30 de Mayo, Trujillo continua siendo el más notable protagonista del siglo XX dominicano. Y su bibliografía sobrepasa en mucho la de los propios Padres de la Patria. Para unos, fue el típico tirano decimonónico, par con el venezolano general Juan Vicente Gómez, con el argentino Juan Manuel de Rosas, y el ecuatoriano García Moreno. Para otros, es un enigma. Su biografía definitiva aún no se ha escrito, porque perduran muchas deudas no saldadas, y porque son muchos los papeles y secretos que se mantienen resguardados bajo doble llaves.

A la caída de la dictadura no hubo en el país un tribunal de Nuremberg semejante al de la II Guerra Mundial, porque entre los que sucedieron a la dictadura habían muchas complicidades, y por lo que parece la generalizada corrupción agotó el plazo para las acusaciones. De aquella etapa de oscurantismo político aun sobreviven no solo autores materiales, sino además intelectuales. Fue aquella una etapa de podredumbre moral en la que a nadie le pareció irreverente que se propusiese la modificación de la letra del Himno Nacional para agregarle el nombre del dictador, o que se indicase ese nombre, no solo para la ciudad de Santo Domingo, sino además para todo el país. Algo no concebible en ninguna de las tiranías latinoamericanas. La llamada Era de Trujillo es el retrato moral, a veces borroso, de nuestro histórico pasado. Y Trujillo, perversamente intuitivo, fue el viejo León de la Barbarie. Ya no será posible darle nombre y rostro a ese pasado.