La elección del narrador dentro de un cuento

La elección del narrador dentro de un cuento

DIÓGENES VALDEZ
Visto el tema anterior, resulta necesario elaborar algunas ideas que se quedaron en el tintero y uno de ellos tiene que ver con la elección de la persona o voz (no necesariamente un personaje), que encargará de contarnos la historia que conforma nuestro cuento.

Teóricamente todas las personas gramaticales podrían asumir la responsabilidad de narrar un cuento, aunque la práctica (salvo algunas escasas excepciones) desmiente tal aseveración.

Cualquier persona del singular que se elija, no presentará ninguna dificultad mayor, si el narrador tiene la destreza y los conocimientos teóricos imprescindibles. Y debería ser lo mismo para las personas plurales, es decir, narrar desde el “nosotros, vosotros” y el “ellos”, sin embargo, no es así.

Lo primero es tratar de establecer, qué, o a quién debemos considerar un narrador. La definición es simple. Narrador es aquella voz, o persona que narra una historia. Este podría ser uno de los personajes, y entonces hablará en primera persona del singular, o una voz anónima o entelequia que podría narrar desde la segunda o tercera del singular.

El narrar con una voz plural, al parecer fue una constante preocupación del narrador argentino Julio Cortázar. Primeramente, su magnífico cuento Las babas del diablo, se inicia de la siguiente manera:

Si se pudiera decir, yo vieron salir la luna, o nos duele el fondo de los ojos…

Obviamente, Cortázar dice bien cuando señala que, “si se pudiera decir, porque no se puede. El intenta, sin éxito, traspasar la responsabilidad de narrar del “yo”, al “ellos”, y al “nosotros”. Se nota de entrada que existe un “yo” que narra y que confiesa la imposibilidad de hacerlo en una forma plural.

En “Queremos tanto a Glenda”, el último gran esfuerzo narrativo de Cortázar, en el cuento que le da título al libro, este autor narra desde fuera del texto, en forma omnisciente, una historia en la que la mayoría de los lectores llegan a pensar que de quien se está hablando es de la actriz Glenda Jackson.

Este narrador-Dios se lanza a contar una historia de cine, intentando desplazar su voz hacia un nosotros que nunca termina por convencer que es auténtico. Lo mismo sucede con Historia con migalas, otro texto de la misma colección.

Narrar desde una voz colectiva, a manera de coro (o de poesía coreada), hace que luzca torpe el fluir de la narración, porque desde el interior de aquella colectividad sobresale una voz solista que anula de todas las otras voces del entorno. Sin embargo, es la voz de un “yo” que no es posible identificar, entonces, ¿por qué intentar decir entre murmullos, lo que se puede gritar en voz alta. Tiene razón el Premio Nóbel chino Gao Xingjian, cuando en sus narraciones rechaza el “nosotros” como voz narrativa, por ser un abuso  del lenguaje que desvía al hombre de su camino, y porque diluye, la responsabilidad de lo narrado. Por otro lado, el “nosotros” no es más que la suma indeterminada de muchos “yo”.

Los anteriores consideraciones con válidas para las otras voces plurales (vosotros-ellos). A todas luce conveniente narrar a través de las personas del singular (yo, tú, él).