La construcción del faro

La construcción del faro

PEDRO GIL ITURBIDES
El mausoleo conocido como Faro a Colón se ha tomado como excusa. Debido a ello intentaré exponer una historia relacionada con su construcción.

Transcurrían los años finales del decenio de 1980 cuando comenzaron unos misteriosos desalojos en La Francia y Maquiteria. Moradores del sector, como los padres del Ing. José Israel Pérez Mañaná, me informaron que Joaquín Balaguer construiría edificios multifamiliares. Pero estos viven en Calero, y tal vez no habían captado, en esos instantes, cuanto se proyectaba.

Fue el Ing. Demetrio Castillo Cuevas, residente en el lindero entre Calero y Maquiteria, quien me susurró la posibilidad de que se reiniciaban las obras del Faro.

-Una comisión del Partido de la Liberación Dominicana viene a hablar contigo, de parte de don Juan. Es sobre la construcción del Faro a Colón.

Parece que don Juan quiere enviarle un mensaje al Presidente Balaguer. ¿Sabes algo de eso?

Le confesé a Chai que me estaba desayunando con cuanto me decía. “La mamá de Lero, le dije, me habló de una verja de zinc que han puesto en un amplio perímetro de Maquiteria adentro. Pero tanto ella como don José Israel tienen la creencia de que Balaguer ampliará hacia esa zona el programa de multifamiliares trunco en 1978”. Chai me informaba con el propósito de que me preparase ante la visita de la comisión. Lo cierto, sin embargo, es que no tenía forma de “prepararme”, pues carecía de noticias de buena fuente respecto de aquellos trabajos.

Al recibir a los comisionados me limité a escucharlos. Les prometí que transmitiría la preocupación de don Juan al Presidente Balaguer. Pero me aventuré a especular que en el sector se levantaría un complejo habitacional. Y con la candidez de quien vive plácidamente en la Luna, les dije que “eso dicen los moradores, y ellos pueden saberlo mejor que nadie”.

Mas los moradores no sabían qué se erigía tras aquel seto de zinc celosamente guardado.

Conforme la promesa que hiciese, me presenté ante el Presidente Balaguer para exponer la preocupación del Presidente Juan Bosch. Trasladé uno a uno, sin alteración, los argumentos expuestos. Balaguer escuchó impertérrito.

Pero apenas mencioné el vocablo “faro”, el Presidente se irguió, pegó en el escritorio y me dijo:

-¡Esa obra no la proyecté yo, y me extraña que usted aceptase

tranquilamente ser emisario de ese recado! ¡El Faro a Colón fue concebido por el historiador Antonio Del Monte y Tejada en 1860, y la quinta conferencia Panamericana de 1923, reunida en Santiago de Chile determinó su construcción!

Luego hizo un recuento de las conferencias intercontinentales que instaron a cooperar con el proyecto. Nos habló de la convocatoria mundial al concurso de diseño del cenotafio, ganado por el arquitecto inglés Joseph L. Gleave.

Recordó que ese concurso fue organizado por la Unión Panamericana y financiado por varias naciones, entre las que no estaba República Dominicana. También recordó que el jurado que examinó los cerca de setecientos diseños presentados fue internacional, y no hubo un arquitecto dominicano entre ellos.

-Pero lo que es peor, comentó, ¡el Gobierno Dominicano recibió dineros para el fondo de su construcción, y se dispuso indebidamente, para naderías politiqueras, de tales recursos, sin permiso de las naciones donantes!

Su voz sonaba fuerte y estentórea mientras me daba aquellas explicaciones. Vibró aún más fuerte, sin embargo, cuando, puesto de pie, gesticulando como si en aquellas palabras le fuese la vida, me dijo:

-¡Estoy salvando al país de una vergüenza! ¡Es preciso estar sentado aquí, recibiendo las cartas credenciales de Embajadores acreditados ante el Gobierno Dominicano que preguntan qué destino se dio a esos recursos!

¡Dígales eso, porque fueron malas administraciones, administraciones deshonestas, las que dilapidaron esos fondos! ¡Dígale a Juan que cuestione a esos gobiernos, no a mí por haber encarado una situación que nos cubre de vergüenza!

Decidí ofrecer una respuesta diplomática a los comisionados. Y la ofrecí a sabiendas de que metro a metro, las expresiones pronunciadas ese día eran irrepetibles. Como son irrepetibles por estos tiempos, pues respecto de ninguna otra obra puede argüirse que se erige para salvarnos del ludibrio en  que nos hicieron caer regímenes que dispusieron de fondos donados por gobiernos y pueblos amigos. Ninguna otra obra tiene la misma justificación moral.