La casa de Doña Chepita Pérez de la Paz

La casa de Doña Chepita Pérez de la Paz

Su nombre completo era Josefa Antonia Pérez de la Paz se la nombraba cariñosamente Chepita Pérez de la Paz. Su hijo Juan Isidro Pérez fue uno de los fundadores de La Trinitaria. Esa sociedad patriótica y revolucionaria tuvo su nacimiento el día 16 de julio de 1838. Representó ella el laboratorio donde se quintaesenció nuestra dignidad, fue la fragua donde se templó la dominicanidad y resultó el taller donde se fundió el acero con que se forjó nuestra independencia.

El día escogido para la reunión en el hogar de doña Chepita Pérez tiene una alta significación para la cristiandad, pues el 16 de julio del 1212 el rey Alfonso octavo de Castilla, al frente de los ejércitos de Castilla, Navarra y Aragón, derrotó a los árabes-almohades mandados por el caudillo Al-Nasir en Las Navas de Tolosa, acabando con el expansionismo musulmán en la ibérica península. Ese día que representó el triunfo de la Cruz sobre el Islam, pasó a ser el día en que se le rinde homenaje a la madre de Cristo, bajo la advocación de la virgen del Carmen.

Ese día de la fundación de La Trinitaria, mientras Chepita Pérez rezaba en la iglesia del Carmen frente a su casa, en su hogar se congregaron Juan Pablo Duarte, José María Serra, Pedro Alejandrino Pina, Benito González, Felipe Alfau, Juan Nepomuceno Ravelo, Jacinto de la Concha, Félix María Ruiz y Juan Isidro Pérez (el hijo de doña Chepita).

Esos nueve hombres dejaron constituida una sociedad secreta, compuesta de tres grupos de tres. Y tuvo por triple lema las sacrosantas palabras de Dios, Patria y Libertad.

La misión de cada uno de esos juramentados de la libertad era conquistar a tres nuevos miembros. Y así sucesivamente. Como se puede apreciar, entre los nueve fundadores de La Trinitaria no aparece el nombre de Francisco del Rosario Sánchez ni el de Matías Ramón Mella. Ellos se unieron después y su labor fue tan ardua, su lucha tan tesonera, que junto con Duarte forman la gloriosa trilogía de los Padres de la Patria.

Sin ánimo de opacar los manes inmortales de algunos de los fundadores de La Trinitaria, hay que decir que algunos fueron consecuentes duartistas, firmes trinitarios y eternos filorios. Otros, en cambio, en algún momento de su existencia, dudaron de la viabilidad de la hija predilecta de Juan Pablo Duarte: La República.

Veamos brevemente cómo proyectaron sus pasos en la historia los ocho que acom- ñaron a Duarte el 16 de julio de 1838 (el día de la fundación de La Trinitaria. Veamos, reiteramos, cómo se proyectaron en lo adelante los ocho compañeros de Duarte después del 27 de Febrero de 1844. Después de la noche inmortal del Baluarte.

Félix María Ruiz, en su larga vida sobresalieron sus nobles cualidades de inmaculado patriota. Al igual que Duarte murió en Venezuela.

José María Serra, trinitario auténtico, patriota sin dobleces, no estuvo de acuerdo en 1849, cuando Pedro Santana se insubordinó en el Sur contra el presidente Jiménez. Se marchó a Puerto Rico, donde ejerció el magisterio. Murió en Mayagüez en 1888. Pedro Alejandrino Pina fue un hombre de armas; cuando le tragedia de El Cer- cado él era de los compañeros de Sánchez. Falleció en San Juan de la Maguana en 1870. Juan Isidro Pérez, en su casa se fundó La Trinitaria, murió en Santo Domingo en 1868. Benito González estuvo en la Puerta del Conde la noche del 27 de febrero; nunca militó en la política. Felipe Alfau y Bustamante, el novio de Rosa Duarte. Después fue un redomado santanista y un afiebrado anexionista. España lo premió haciéndolo Mariscal de Campo. Juan Nepomuceno Ravelo lamentablemente se hizo anexionista y en 1865 se fue para Cuba con los españoles. Jacinto de la Concha se desencantó de la lucha; se convirtió en baecista de tomo y lomo. En la batalla de Santiago, en septiembre de 1863, parapetado tras los  muros de la Fortaleza de San Luis, codo con codo se encontraba al lado del bestial brigadier Buceta. Después de la derrota de los españoles, con ellos hacia Puerto Plata se marchó Jacinto de la Concha.

En la capital dominicana tiene su calle, la cual tiempo atrás fue muy festiva. Hasta aquí llegamos, porque al buen callar lo llaman: SANCHO.