La amiga de la amiga

La amiga de la amiga

POR MARIVELL CONTRERAS
Yo misma escribí un poema que publiqué en Mujer ante el espejo en el que establecía que «mientras la mujer más piensa/sabe, sufre».

Y esto viene a cuento porque en estos días, semanas, meses, he estado escuchando a una amiga en desespere, o sea en un amargue de esos tan fuertes que solo la traición provoca.

Ella que además de tenerme a mí, oído abierto e intención de aportar a un mejor estado, tiene otra amiga a la que consulta y con la que cruza lo que yo le digo y lo que ella misma piensa…

Evidentemente no pensamos igual y este es el móvil de este cuento-historia-de amor y desamor.

Ella le dice a mi amiga que en relación a su marido lo mejor es hacerse la ciega «ojos que no ven, corazón que no siente».

Yo le digo que una cosa es no ver nada porque su pareja es un mago escondiendo encuentros e infidelidades y otra muy distinta es, después que ella sabe, hacerse la que no sabe.

Eso si es  un trago amargo. Sonreír como si nada pasara.  Verlo entrar y salir de la casa, presumiendo siempre, que casi siempre habrá una parada en ese otro lugar, donde pasa, lo que ella presume que pasa.

Lo peor que le pasa es que cuando ella ha intentado reclamar algo, requerir alguna información la respuesta que recibe es una respuesta agraviante «estás loca», «tú si inventas¨ y no le da ninguna explicación o satisfacción por nada del mundo.

Ante eso la otra amiga le dice que eso está muy bien hecho por el marido y que el papel que ella tiene que jugar tiene que ser el de una mujer sabia.

Le pide que se ponga unas anteojeras, una cachucha y unos lentes de sol, que no mire ni para un lado ni para el otro, que se olvide del teléfono y de esos números anotados sin nombre en una tarjetita de un taxi que él no usa.

Cuando la veo así tan confiada en esas tesis que le calman por varias horas el alma, creo que su amiga tiene la razón y que es mejor vivir «tranquila» que buscarse un «lío», reclamando «disparates».

Pero ese alivio dura pocas horas, días, semanas, pues al cabo de un tiempo mi amiga vuelve a recibir las mismas señales y en lugar de hacerse la sordociega, lo que se queda es muda de dolor y la veo caminar con la dignidad caída.

Entonces, es cuando pienso que quizás yo tenga razón  o quizás quien tiene la razón es el marido que como no la quiere (ni la deja) tiene que hacer su vida y conseguir su placer por otro lado.

Y, claro entiendo a la amiga de mi amiga, que sostiene que las mujeres tienen que mantener sus maridos a como dé lugar, su familia por encima de su llanto y de su decepción, porque de eso ella sabe…

Pero, a la que no entiendo es a mi amiga.  Que tiene tanto tiempo pasando por lo mismo que lo que me da deseos de preguntarle es ¿por qué te quejas si vas a continuar así?

Pero no me atrevo a romper ese silencio de siglos que le ha hinchado los ojos y enrarecido la mirada, esa amargura tan grande que le ha robado las palabras.

Ya ella no dice las buenas, pero tampoco las malas.  Mi amiga está triste y yo estoy preocupada.