Justicia por propias manos

Justicia por propias manos

LEILA ROLDÁN
Según El Caribe del 1 de febrero pasado, el Instituto de Patología Forense realizó en los últimos cuatro meses 581 autopsias, de ellas, 382, un 65% fueron homicidios, según informes oficiales. Las experticias de enero superaron a los de cada uno de los cuatro meses anteriores. En ese mes, según El Nacional del día 10, en San Francisco de Macorís fueron ejecutadas dos personas en menos de 48 horas, por desconocidos que cubrían sus rostros con máscaras.

El mismo periódico reseñó, el 9 de diciembre pasado, la muerte violenta de por lo menos 25 personas, la mayoría por su participación en actividades delictivas, lo cual fue respaldado por «personas que dicen sentirse frustradas por las decisiones judiciales, ya que la mayoría de los delincuentes reconocidos en los barrios cuando son apresados apenas permanecen horas detenidos».

En la citada edición se recogen declaraciones del Jefe de la Policía en el sentido de que «en más de una ocasión agentes han impedido el linchamiento, de parte de la población, de delincuentes. La última de esas acciones se produjo el pasado domingo en Los Jardines, cuando sus moradores detuvieron y golpearon a tres jóvenes, incluyendo una mujer, sorprendidos cuando robaban una yipeta en un centro comercial de la avenida Winston Churchill.»

El 30 de noviembre de 2004, el Diario Libre publicó que «la incitación a la venganza privada está despertando preocupaciones en el ámbito judicial. Ahora resulta que en el Palacio de Justicia de Ciudad Nueva fue puesto a circular un panfleto llamando a la gente a aplicar justicia por sus propias manos. El argumento de supuesta debilidad del Código Procesal Penal contra la delincuencia es el norte de quienes promueven el método medieval. El pasquín incita a la población a quemar, fusilar y decapitar a los delincuentes, porque están protegidos por el Código». Ya en ese sentido se había expresado el editorial del Listín Diario del 8 de noviembre, al señalar que «se han presentado casos de gentes, especialmente vecinos de un sector, que linchan a delincuentes que han atrapado robando o abusando de menores. Es decir, que se están dando casos de justicia por las propias manos del público, como relató el cardenal López que ocurrió en una barriada pobre de la capital con tres sospechosos de ser delincuentes.  Un cuarto sospechoso, llevado a un cuartel policial, tuvo que salir fuertemente escoltado hacia otro lugar porque la multitud lo pedía para lincharlo».

Según puede constatarse a través de éstas y otras reseñas periodísticas, los casos de justicia por propias manos, que no eran pocos antes de las modificaciones legislativas al proceso penal dominicano, se multiplicaron en los últimos meses. La precaria convivencia y armonía que como sociedad tratábamos de mantener mediante un pacto social que concedía únicamente a los poderes públicos la facultad de perseguir e imponer sanciones, parece desmoronarse. Los hechos de justicia por propias manos crecen sin freno y desparraman por todas las áreas de la convivencia social. 

Al llamarnos la atención sobre esta nueva situación, debemos cuestionarnos sobre el papel que en ello juegan los cambios legislativos en el ámbito procesal penal. ¿Será que reducir legislativamente las atribuciones represivas de la policía y la gran flexibilidad otorgada a las libertades de los acusados en el nuevo sistema penal nos está llevando a un estado de violencia ciudadana más desarrollado? ¿Será que, perdido el miedo al castigo, cuya simple posibilidad constituía un elemento organizacional, deviene casi en imposible el control de la naturaleza violenta de los seres humanos?

No hay espacio aquí para analizar la cuestión sicológica, sociológica o filosóficamente. Sólo el espacio para invitar a nuestros legisladores a un mayor análisis y la reflexión sobre lo aprobado y sobre lo pendiente de aprobar en materia penal, y algo de espacio, tal vez, para citar al investigador español Andrés García Gómez: «si seguimos con las tesis de Rousseau y los dulces y engolados enfoques líricos y éticos de nuestra esencia individual y colectiva, invocando al amor, la bondad, la comprensión mutua y la solidaridad hacia los más débiles, mucho dudo de que la violencia pueda ser reducida con tales melindres.»