Justa preocupación

Justa preocupación

La macro y la micro economías suelen andar a veces caminos distintos en una misma sociedad, sobre todo cuando se trata de distribuir de manera equitativa las mieles logradas en la macro a costa de las amarguras de los de la micro.

Traducido a buen cristiano, es muy difícil que la gente «de abajo», que se lleva la peor parte cuando el país se ve obligado a someterse a ajustes por culpa de previos desajustes, perciba en el justo momento las bonanzas logradas por medio de las disciplinas, y que se traducen en crecimiento económico.

Las consideraciones anteriores vienen a cuento a propósito de las inquietudes expresadas por monseñor Timothy Broglio, en virtud de las carencias que todavía soporta la población, a pesar de que se dice, con euforia y altisonancia, que la economía ha crecido algo así como un 4% gracias a los sacrificios de esa misma población.

Salvo consideraciones técnicas –que siempre las tendrá a la mano el Gobierno tratándose de estos asuntos– ese crecimiento de la economía ha debido ser transferido en justas proporciones hacia un mejoramiento de la calidad de vida de mucha gente por vía de una reanimación, aunque fuere tímida, de la actividad económica.

Con un 4% de crecimiento económico pregonado como logro en la aplicación de las disciplinas del Fondo Monetario Internacional, no se explica cómo la gente sigue percibiendo que «no hay dinero» y que, en consecuencia, la economía está estancada.

–II–

En términos reales, hay una incompatibilidad muy clara entre el concepto «crecimiento económico» y la situación de estancamiento que se siente en la economía general.

Entendemos que es justa la preocupación de monseñor Broglio, entre otras cosas porque ha sido la población la que más ha sufrido, no solo por causa de los ajustes pautados por el fondo, aplicados y por aplicar, sino también porque fue la población la que sufrió la peor parte en la época de los desajustes.

Fue la población la que soportó la multiplicación de los precios de todos los bienes y servicios, muchos de los cuales continúan injustificadamente caros y sin que nadie haga lo que corresponde para que se fijen niveles justos y realistas.

Hay que adoptar políticas sociales que transfieran con mayor agilidad los logros de la macroeconomía hacia quienes viven o sobreviven en la microeconomía.

No es posible que habiendo obtenido los resultados que han sido divulgados con tanto entusiasmo, se piense todavía en ampliar la base de aplicación del Impuesto a la Transferencia de Bienes Industrializados y Servicios (ITEBIS), lo que ensanchará también la base de encarecimiento.

El Gobierno ha debido ocuparse, más allá de las palabras, de propiciar niveles de precios consecuentes con la caída de la cotización del dólar, cotización que fue siempre el argumento socorrido para abusar de los consumidores.

Definitivamente, hay que agilizar la transferencia de la bonanza que se predica hacia quienes han tenido que padecer los martirios de los desajustes por el mal manejo de la economía, y también los de los ajustes para corregirla.