Intercambio de disparos: una trampa para la Policía

Intercambio de disparos: una trampa para la Policía

“Intercambio de disparos” no es un término científico, sino que del folklore policial y periodístico, informal, que no está tipificado en ningún texto. Pero aún en la realidad material donde el supuesto intercambio tiene lugar, es un hecho confuso, un fenómeno sociológico no estructurado, con una gran diversidad de formas, actores, motivaciones y circunstancias.

La difusidad y ambigüedad del término es también de carácter técnico.  No existe formalmente como acción, plan o táctica policial.  Desde el punto de vista institucional, organizacional, es incontrolable, invaluable, prácticamente insancionable. En cuanto mandato de una autoridad es, por lo menos, profesionalmente irresponsable.

Lo peor probablemente sea su ineficacia. No hay garantía de que eliminar a ciertos delincuentes reduzca la criminalidad. A lo sumo se lograría proteger determinados sectores sociales de cierta delincuencia. La presente estructura social del país es una fábrica de todo tipo de conducta desviada, por lo cual, el actual diseño de la Policía Nacional no es apropiado (ni siquiera contando con todos los efectivos y equipos necesarios) ya que dicho diseño se corresponde con otro tipo de sociedad, en la que exista “comunidad”,  y la delincuencia sea una anormalidad, no la norma.

Por ser el “intercambio” difuso y ambiguo, hay mucho riesgo para los agentes que la realizan y para los oficiales que la ordenan, y los mismos que hoy los apoyan, cualquier día deciden: que “se han excedido” y, discreta o deshonrosamente, echarlos. Oficiales y jefes de turno conocen crónicas y películas con esa historia.

Ocurre un fenómeno peor. Los numerosos delincuentes que hay en las propias filas de la Policía y que son una de las principales amenazas que tiene la sociedad y la propia institución, se aprovechan de estas acciones y órdenes tan liberales y permisivas para reforzar sus propios patrones de delincuencia, en particular para dar tumbes, realizar sus propios asaltos, eliminar rivales o servir como sicarios a delincuentes organizados.

El tema es en extremo urgente, complejo y delicado, y no puede ser manejado como un asunto personalizado; de confianza, simpatía o apoyo a determinados comandantes. Tampoco es para que instituciones con tanta experiencia y responsabilidad moral como la Iglesia Católica, se muestren divididas en las opiniones de sus figuras más destacadas. Necesitamos de estudios serios, de posiciones responsables de partidos y entidades cívicas, que se refieran tanto a las causas como a verdaderas soluciones de la delincuencia que esta sociedad está generando en proporciones cada vez mayores.