Incertidumbre y duda

Incertidumbre y duda

DARÍO MELÉNDEZ
La nación dominicana, como sociedad de personas congregadas para convivir, luce desorientada, carente de una ética definida. La población, sin voluntad propia, vive pendiente de lo que el gobierno haga y disponga con el dinero que administra, a través del Presupuesto Nacional y otras fuentes, conforme a una teoría económica que se presenta impertinente, inoportuna, inoperante y altamente costosa, mientras reviste capital importancia para la Nación en su conjunto, cuyo gobierno depende de prestamistas internacionales.

La política, arraigada en toda la geografía nacional, a la que mantiene saturada de innecesarias instituciones y oficinas gubernamentales, se ufana en planificar programas de corte socio-populista, para mantener una población parásita e improductiva; planes que devienen en diatribas y denigrantes controversias, contra quienes entienden que actúan conforme a altruistas designios gubernamentales, en beneficio de la colectividad. Los programas políticos resultan contrarios a las leyes vigentes, sus administradores son llamados a responder ante la justicia, por hechos que entienden realizan de buena fe y con anuencia nacional. En estrados, los jueces enfrentan la situación de hechos consumados, conforme dispone el gobierno central y la política imperante requiere; sale a relucir entonces, la inseguridad y la duda, el ejercicio acostumbrado de la política es presentado como una acción delictuosa y dañina. La conducta individual, la cual debe constituir norma de convivencia nacional, se presenta contraria a las leyes vigentes y el desconcierto se apodera de la sociedad que pide una explicación sin tener medio alguno de obtenerla. Un juez interpreta la ley de una manera y otro juez hace lo contrario. ¿Cuál es la norma?.

La norma la dictan las circunstancias, “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.

El ciudadano común vive y actúa al tun tun, conforme las circunstancias le indiquen, nunca sabe si cumple sus deberes ni cuando le asisten sus derechos; en justicia “más vale un mal arreglo que un buen pleito”, así de simple y no nos da ni pizca de vergüenza.

El ejercicio de la política, que se presume digno y noble, constituye un ardid, un truco para ganar relevancia social y obtener dinero fácil, induciendo al dominicano ser fullero, pícaro redomado, al que en otras sociedades señalan como escoria humana.

“Hey, dominican, come here! I am no dominican, I am portorican! Bah, same shit”.

El dominicano vive inseguro, dudoso, tímido y sin decisión, porque las normas de convivencias son elásticas, arregladas según se presentan las circunstancias; el ciudadano, descorazonado de su patria, decide emigrar, porque el lar nativo no le ofrece nada más que dudas, inseguridad e impuestos que se dilapidan al ritmo de los conquistadores del erario, con instrucciones precisas que le imparten los prestamistas internacionales, dueños ya del país, enajenado por paladines de la demagogia que adrede elegimos para que nos gobiernen.

Cuando se presenta un cambio de gobierno -el consabido “quítate para ponerme yo”- la incertidumbre abruma la familia dominicana que mayormente depende del Estado, presagia el traslado de la miseria de un hogar a otro y la desconfianza en la patria se acrecienta.

Es lastimoso ver personas laboriosas y serias, obligadas a incursionar en actividades políticas o negociar drogas, a sabiendas que en ellas sólo se respira astucia, treta, artería y trampa, envueltas en fondos espurios que se recolectan con argucia y maña. Es lo que hay, lo que la patria ofrece y, son lentejas.

Un espectáculo desolador presenta el comercio de las drogas, con su rico intercambio auspiciado por los consumidores norteños, comercio que aviesamente mantiene Estados Unidos en el mundo con su libre consumo, mientras persigue la oferta en todo el ambiente bajo su control. Al ciudadano norteamericano no se le puede perseguir por uso, consumo o expendio de estupefacientes, como no se pueden perseguir los soldados norteamericanos por crímenes que cometan en otros países; (simple ley del más fuerte), allá -en Estados Unidos- se producen y comercializan drogas de todo tipo y no hay leyes que sancionen ese comercio.

Aquí y en muchos países -con excepción de algunos donde la mano imperial no domina- existen leyes draconianas y encuentran lacayos que las aplican a sus compatriotas, como si esa actitud no presagiara una condena moral en el futuro, contra quienes se prestan a perseguir injustamente a sus semejantes. Lo mismo ocurrió con el alcohol en el siglo pasado.

Vivimos en permanente desorientación y duda, nuestro sistema es falso e inseguro. Lo peor es que somos conformistas, aceptamos estoicamente la situación imperante y parece no importarnos como vivimos. La moral y el civismo ruedan por el suelo.

Las protestas sólo se encaminan hacia la búsqueda de ventajas oficiales.