Identificación exacta: las señales y los pelos

Identificación exacta: las señales y los pelos

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
En el fascinante asunto de los «estados fallidos» lo más importante no es la intervención extranjera. Las intervenciones son determinantes en ciertos momentos, durante algún tiempo, en algunos casos, pero no en cualquier tiempo, ni todo el tiempo, ni en todos los casos. No sería justo echar la culpa de nuestros problemas sobre otros pueblos, sobre otras naciones, a fin de sentirnos libres de pecado, exonerados de la porción de responsabilidad que nos toca.

Muchos hijos acusan a los padres de cuantos padecimientos y fracasos sufren en el curso de sus vidas: que no fueron educados debidamente; que el ejemplo de los progenitores no fue edificante; que no se alimentaron bien a causa de la pobreza del padre o de la madre; que heredaron tendencias a esta o aquella enfermedad. Cada una de estas cosas dicen los hijos a modo de justificación. Pero la mayor parte de ellas son meras lamentaciones, pretextos con endebles fundamentos, si acaso tienen alguno.

Con frecuencia se oye la exclamación: «La culpa de todo la tiene España por habernos colonizados con las peores gentes: desharrapados sin educación, presidiarios indultados, obreros sin calificación». El chileno Francisco Bilbao dijo en el siglo XIX que el progreso en nuestros pueblos consistía en desespañolizarse. De ahí nos viene la idea de querer afrancesarnos, de norteamericanizarnos, o de regresar a «las raíces autenticas», indígenas o africanas. Estas actitudes las he calificado ya como «andrajos intelectuales» en mi viejísimo libro de ensayos La feria de las ideas. Ortega y Gasset sostenía que los colonizadores mismos, no importa cual fuera su condición social u oficio, experimentaban un descenso o reducción de su humanidad al vivir en sociedades diferentes a las de origen. Creía Ortega que los colonizadores se volvían petulantes y transmitían esa petulancia a sus descendientes criollos. Estaba convencido de que la petulancia aparece en todas las colonias «cualesquiera que fuesen los pueblos originarios y las civilizaciones matrices». Y concluía de este modo: «El colonial es, pues, siempre en este estricto sentido, un retroceso del hombre hacia un relativo primitivismo en lo que afecta al fondo de su ser, pero conservando el utillaje material y, a veces social de gran modernidad». Quiere esto decir que siguen pareciendo por fuera lo que ya no son por dentro.

Los europeos asumen a menudo un papel paternalista que, en el fondo, es otra manera de tutoría colonial. James Maharg –un inglés, profesor en la Universidad de Michigan– ha escrito un interesante ensayo acerca de las opiniones de Ortega sobre América y los americanos. (Publicado en enero de 1973 por la Revista de Occidente). Pero nada puede disminuir el hecho de que los pueblos de América que se independizaron políticamente de España no han podido organizar con eficacia los servicios colectivos, ni desarrollar la economía, ni estabilizar un sistema político, ni integrar en un orden jurídico a todos los grupos de la población. En la edición del periódico Hoy del pasado 29 de junio apareció la «escandalosa» lista de veinte países con «estados fallidos». Entre las varias notas que definen o caracterizan a los estados que no funcionan bien, están los siguientes: que el gobierno haya «perdido el control sobre su territorio»; que no tenga «el monopolio legítimo del uso de la fuerza»; que carezca de «autoridad para tomar decisiones colectivas»; o de la «capacidad para prestar servicios públicos».

El Estado dominicano actual no tiene el completo control sobre su territorio, ya que es visible en las calles de las ciudades el enorme volumen de la inmigración haitiana ilegal; tampoco tiene el «monopolio legítimo del uso de la fuerza», puesto que existen grupos armados con capacidad para matar, robar dinero, despojar de tierras a ocupantes o propietarios, sin que sea posible contenerlos. Los servicios públicos son prestados precariamente en la RD; sin embargo, hay todavía autoridad para tomar decisiones colectivas, aunque cuestionada y entorpecida de diversas maneras. El documento comentado señala, además, que en algunos de los países clasificados o encasillados «la población depende totalmente del mercado negro, no paga impuestos o está inmersa en una gran desobediencia civil». En lo que concierne a estas ultimas cuestiones neurálgicas es pertinente hacer un «examen de conciencia». ¿Hasta que punto el Estado dominicano cumple con los «requisitos» o calificaciones negativas para ser declarado un «Estado fallido»?

Es necesario, pues, retrotraernos a las «vetustas» nociones de pueblo, Estado y nación que enarbolaban los antiguos intelectuales: pueblo es un grupo humano que habita un territorio, con unas costumbres comunes…, etc.; Nación es un proyecto colectivo de vida común, un sentimiento de pertenencia a un conjunto humano más amplio, que desea prolongar su presencia en la historia…, etc.; el Estado es un aparato de coerción, de violencia o mando, cuya misión es realizar o llevar a termino un proyecto nacional. Lo que justifica y da sentido a la acción coercitiva del estado es que sea un «tractor» que empuje la ejecución del programa que desea la mayoría. El Estado dominicano ha sido, en muchos períodos de su historia, violencia sin objetivos nacionales, esto es, tiranía. Un cañón cargado sin un blanco sobre el cual disparar. En lugar de trabajar para la sociedad opera contra la sociedad. Lo mas parecido a un estado «estructuralmente fallido» es un estado que maltrata a una comunidad profundamente frustrada…y la priva del instrumento y de la energía para modificar su destino.

henriquezcaolo@hotmail.com