Identidad se desintegra (2)

Identidad se desintegra (2)

POR MINERVA ISA Y ELADIO PICHARDO No somos los mismos de ayer, lo que fuimos hace cuatro años. Intempestivamente, el golpe de crisis nos abatió, provocó un trauma síquico colectivo impregnado de desesperanza, de una apatía peligrosa que arrebata a los pueblos el impulso creador, sus potencialidades de crecimiento y desarrollo.

Tampoco somos lo que fueron nuestros ancestros, lo que éramos antes del desarraigo, cuando las raíces culturales que perfilaban nuestra identidad no habían sido arrancadas por ráfagas foráneas, despojándonos de valores y creencias que eran parte constitutiva de las esencias nacionales.

Retrocedimos como individuos y como nación. Abandonamos los ideales nobles, las utopías transformadoras, y optamos por soluciones personales, desintegrándonos con la avasallante influencia extranjera y el menosprecio de lo nacional.

Vapuleado por una crisis económica, existencial y cultural, el dominicano sufre mutaciones, se vuelve individualista, egocentrista, en una pérdida creciente de los lazos de integración social y de solidaridad colectiva. Alienado, sin control de sí mismo, de su destino, adopta compulsivamente conductas y hábitos impuestos por coacciones externas, configurando una sociedad dominada por las apariencias, que relativiza o margina los principios morales y espirituales.

La descomposición social de las últimas décadas, la dislocación de valores y normas que se esfumaron con la invasión cultural acelerada por la globalización, reflejan la ausencia del sentido de pertenencia a una comunidad, la falta de cohesión social imprescindible a toda sociedad para sobrevivir.

¿Quiénes somos? Lejos estamos de lo que fuimos al nacer el siglo XXI, cuando tras una década de crecimiento económico sostenido miramos esperanzados el porvenir, sin sospechar que la ineptitud y voracidad del gobierno “pepehachista” nos dejaría en ruinas, con la economía devastada y el espíritu amilanado.

El país está enfermo, inmerso en un proceso de neurotización, víctima de la anomia, un estado patológico con síntomas preocupantes como la proclividad creciente al delito, la violación de códigos de comportamiento que han regido nuestra convivencia. Una anomia engendrada por las frustraciones ante expectativas insatisfechas, al no materializar anhelos en el ser, tener o hacer, al no poder asir las múltiples atracciones que la sociedad oferta sin proveer los medios para obtenerlos.

Particularmente vulnerables son los jóvenes de la generación surgida en la crisis del ochenta que pulverizó la economía y agrietó los valores morales. Abordaron la adolescencia en tiempos de la globalización, deslumbrados con el consumismo proyectado por los medios de comunicación y la ostentación de  riqueza en niveles insospechados en esta sociedad. Crecieron internalizando contravalores, antimodelos de corrupción y hedonismo, de enriquecimiento fugaz por vías ilícitas, el peculado estatal, contrabando, narcotráfico y lavado de dinero.

Con el trauma generado por la crisis integral que eclosionó a finales del 2002 brotan rasgos perniciosos que desfiguran nuestra identidad, erupcionan virulentas la delincuencia y la criminalidad, escandalosas aberraciones que no respetan la infancia.

La violencia se incrementa en quienes no tienen una válvula de escape. La gente acumula presiones, se troca en caldera bullente de indignación e impotencia por las múltiples agresiones recibidas, los bajos sueldos y altos precios, las deudas, el descenso del estatus social, los apagones y la anarquía en el tránsito, y estalla con reacciones violentas o busca evasiones, narcotiza su desesperanza en el alcohol o la droga, la sublimiza en la religiosidad.

Soterradamente, fermenta una violencia no expresada que eleva la mortalidad y morbilidad, no sólo con las víctimas del bandolerismo exacerbado, también por el aumento del estrés y consecuentes enfermedades sicosomáticas, los trastornos cerebrovasculares, infartos cardíacos, úlceras y otras afecciones que matan o dejan lacerantes incapacidades.

No somos los mismos de ayer. No, no lo somos.

¿QUIÉNES SOMOS?

¿Cuál es nuestra identidad? Somos personas de imagen borrosa difuminada por la débil autoestima y la transculturación. Históricamente hemos tenido paradigmas en modelos extranjeros, quisimos ser españoles, luego franceses, quedando finalmente embrujados con el estilo de vida estadounidense.

Con la concentración poblacional en las ciudades y el éxodo al exterior, predominantemente a Estados Unidos, se produjo una fragmentación cultural, aparecieron elementos exóticos competitivos, nuevos patrones de comportamiento, valoraciones distintas. Nuestras raíces culturales ya no daban sentido a las expectativas de vida.

Las nuevas generaciones internalizan un híbrido cultural con fragmentos de la cultura tradicional, valores y costumbres transmitidos por la familia que se entremezclan con influencias modernizantes impulsadas por la globalización.

La debacle económica embistió a un conglomerado muy disímil a aquel que resistió la crisis del ochenta, mucho más sobrio y austero. Impacta ahora a una sociedad consumista, derrochadora, que irresponsablemente gasta más de lo que puede y quiere vivir del crédito sin esforzarse en aumentar su capacidad productiva.

—Estamos en una creciente orgía de satisfacciones materiales, de irresponsabilidad, de tener todo sin pagar el precio de nada, es terrible -comenta el sociólogo Frank Marino Hernández. Queremos tener las cosas de los americanos, se creen que los Estados Unidos es Nueva York, y que la Gran Manzana es una ilusión, y no recuerdan o no quieren reconocer que el que triunfa en ese país es a sangre y fuego, no es gratis, hay una dosis de sacrificios, de esfuerzos, de dolores enorme. Y aquí nadie quiere esfuerzo ni sacrificio.

—La sociedad dominicana está en un proceso de neurotización global por no aceptar la realidad como nos viene dada por los constreñimientos económicos locales y mundiales. Y por efecto de la sociedad mediática vivimos en la ilusión de que estamos tan bien como los que están mejor en otras partes del mundo, pero no percibimos que estamos tan mal o peor como los que tienen que enfrentar la realidad concreta de resolver sus necesidades inmediatas.

—Las expectativas se sitúan muy por encima de esas necesidades reales, pero muy por debajo de la capacidad para generar soluciones económicas viables. Vivimos en la ilusión de que nunca nos pasarán cuentas, y si lo hacen, veremos cómo no pagarlas.

Así nos comportamos como personas, como nación políticamente organizada en un Estado que ha servido de base a gobiernos que tampoco cumplen.

En la pérdida de nuestros paradigmas han sido determinantes el fracaso del liderazgo dominicano, la ausencia de un proyecto de nación, de una esperanza, carencias fundamentales que abrieron las puertas a la penetración cultural.

Hemos sido invadidos por el estilo de vida norteamericano, imposible de sostener en República Dominicana -observa el siquiatra José Dunker-. De repente, nuestras necesidades son las que exhibe el confortable modus vivendi de la poderosa nación del Norte, es el referente cotidiano, lo que vemos en la televisión, lo que traen los dominicanos ausentes. En el intento de solventarlo surgen múltiples reacciones: delinquir, corromperse, clientelismo político, irse en yola. En un amplio sector poblacional que no se deja arrastrar por esas salidas de emergencia, la crisis repercute como estrés lesionando su salud emocional. Luchan contra corriente y son más propensos a sufrir impactos sicosomáticos.

MODELO DE CONSUMO

La multiplicidad de bienes y servicios nos deslumbra, una gama infinita que elevan el confort y el estatus. La gente se identifica con el modelo consumista, interiorizan esos valores y anhelan un bienestar inasequible, trabado por enormes barreras económicas y sociales.

Su acceso dista bastante de las expectativas alimentadas por el bombardeo publicitario, anidándose un fuerte sentimiento de frustración que suele trocarse en corrupción o violencia como recursos para obtener lo aspirado. Al no lograrlo, al no ser lo que le dicen que debe ser, brota la angustia, gran desazón, y se cae en un estado de anomia, de no observación de reglas. Estalla con una violencia neurótica expresada a cada paso: ir por el carril que no le corresponde, cruzar el semáforo en rojo, no respetar la fila, en fin, violar las normas.

Una de las causas de esa neurotización es la pauperización colectiva, irreversible en el corto plazo. La calidad de vida individual y familiar se degradó aún para los menos vulnerables, los de estratos altos, dado que su entorno resultó deteriorado.

La capa media, que le aterroriza ser pobre y aspira al modelo de la clase alta -observa el siquiatra César Mella-, ha vivido una gran incertidumbre con un desplazamiento al que se niega. Indudablemente, eso tiene un impacto emocional entre lo que soy y lo que quiero ser, lo que las circunstancias podrían hacer y lo que yo quiero aparentar. Ese drama, esa crisis existencial genera intranquilidad, incertidumbre, se manifiesta como enfermedades sicosomáticas.

La desesperanza, la incapacidad de progresar rápido y el haber sido aplastado hacia un segmento inferior de clase social, provocó en todos los estratos de la población una angustia que hizo ver el futuro con desconfianza.

De persistir la crisis, si no cambian las estructuras, las causas que le dieron origen –advierte el neurólogo José Silié Ruiz–, el país podría caer en una depresión colectiva, una apatía que en los pueblos es peligrosa, porque quita creatividad, limita al hombre, reduce su potencial de crecimiento. En ese estado cayó una parte de la población, presa del desaliento porque lo que gana no alcanza para vivir, de una abulia que le puede inducir al descompromiso, a la irresponsabilidad con sus obligaciones frente a sí mismo, su familia y la nación.

—Y lo peor, una persona en ese estado depresivo, sin ningún tipo de dirección, no tiene pruritos, es capaz de congraciarse con los intereses más espúreos, con la violencia misma. Padece angustia y desolación, no tiene un juicio crítico y se deja llevar como veleta. Gente como esa propicia el advenimiento de gobernantes díscolos y tiranuelos.

Si se llega a esa depresión colectiva, será un caldo de cultivo fácil aprovechado en cualquier circunstancia. —No me sorprendería ver aquí mañana un personaje de bota fuerte ofreciendo villas y castillas, olvidándose que esos tiranuelos son peores que el actual sistema democrático que debemos mejorar, renovar, o será el chance para que falsos apóstoles, solucionadores de la magia, tengan cabida. Ese es un peligro.

Una amenaza que no ha desaparecido, los remanentes del trujillismo se expresan en mentalidades y actitudes autoritarias que van tejiendo las raíces de la tiranía, que podría volver a retoñar con el flujo y reflujo de la historia.

UN PROYECTO DE NACIÓN

En la ausencia de un proyecto de nación recae parte la responsabilidad de la ola de crímenes y atracos, de los viajes ilegales y del clientelismo político. Nos están enseñando a delinquir –expresa Dunker–, pero todo esto sucede por falta de un modelo mejor, de un proyecto de nación con una concepción clara de la identidad del dominicano, que defina lo que somos, que podamos sentir y expresar un orgullo patrio, ganar una autoestima alta para la dominicanidad.

Comencemos perfilando la identidad del dominicano. Cuando hacen propaganda, al describir su imagen, creemos que es alguien de otra nacionalidad. La secretaría de Educación debe revisar sus programas desde la primaria, para inculcar la fe en la dominicanidad, en la creatividad del dominicano, exaltando su valor.

ERNESTO CABRERA VARGAS, SIQUIATRA:

El fondo verdadero, la sicología propia del agresor es la frustración, un fenómeno sicológico que implica el que un individuo no haya podido obtener algo deseado, y eso determina una actitud emocional y sentimental de rechazo o de odio, de hostilidad a los demás, de hacerle daño a la sociedad culpándola de su frustración.

MATEO ANDRÉS, SACERDOTE:

Creo que hay una pérdida de valores. A nuestra juventud lo único que les interesa es brillar y tener más dinero, pero eso pasa porque no se quieren a sí mismos, porque no se valoran, lo que indica es que hay una pobreza emocional a nivel de persona.

MAURO CASTILLO, SIQUIATRA:

Las crisis son necesarias para que los pueblos crezcan, porque en la medida que encuentra barreras, obstáculos, dificultades, en esa misma medida el hombre crece intelectualmente, emocionalmente. Dentro de estas contradicciones y crisis podremos ir sacando valores con los que podamos salir de la crisis y fortalecernos.

LA CÉSAR MELLA, SIQUIATRA:

República siempre ha sobrevivido a las grandes crisis. Nosotros podemos introyectar, sobre todo con nuestro ejemplo, el valor de la verdad, la honestidad, la puntualidad, el respeto a los mayores y la ayuda a nuestros padres, la veneración por los símbolos patrios, la gratitud, la humildad, el valor del respeto y la convivencia social.

JOSÉ DUNKER, SIQUIATRA:

De una manera u otra todos estamos siendo sacudidos por la crisis, a unos les empuja a medidas desesperadas, a emitir conductas antisociales, y a otros a acumular un estrés inmanejable en contra de su equilibrio de vida. Necesitamos verdaderos valores morales y espirituales, cuando se tranca el juego es saludable tener algo trascendental de donde agarrarse.

La CÉSAR PÉREZ, SOCIÓLOGO:

violencia deriva de un trastrueque de valores, una no creencia, ¿a quién crees si el banquero es un criminal económico, un delincuente? Desconfías del supermercado que sube indiscriminadamente los precios, de quien te cobra la pieza que recambias. No hay certidumbre en el futuro, no hay confianza en quien gobierne, la Policía es un antro de delincuentes, se crea la ley de la selva, el sálvese quien pueda, y eso generaliza la violencia.

NELSON MORENO CEBALLOS, SIQUIATRA:

La pérdida creciente de los lazos de integración social y de solidaridad no sólo conducen a un estado agónico y destructivo de la sociedad, también a un retroceso de lo nacional como ideología colectiva, impidiendo a los individuos satisfacer su necesidad de pertenencia a la patria como máxima extensión del yo y del sentido de identidad.