Hermoso espejo donde mirarnos

Hermoso espejo donde mirarnos

JUAN BOLÍVAR DÍAZ
El hermoso espectáculo de millones de personas de múltiples nacionalidades desfilando en 136 ciudades de los Estados Unidos en defensa de los derechos de los inmigrantes, es uno de los acontecimientos más relevantes de los últimos tiempos, por su profundo contenido de solidaridad humana.

No es solamente una alta proporción de los 40 millones de hispanos y de los asiáticos que han llegado a territorio norteamericano en las últimas décadas quienes marchan ondeando múltiples banderas nacionales, sino que también van al frente millones de ciudadanos norteamericanos. Están motorizados por cientos de grupos organizados y entidades de todo género, especialmente eclesiales, de todas las confesiones religiosas.

La opinión pública que se expresa a través de los medios de comunicación ha quedado sorprendida de la magnitud y la militancia de las protestas y el sector político ha tenido que recular en el proyecto de ley aprobado en diciembre por la Cámara de Representantes que criminaliza la inmigración ilegal y penaliza a quienes la empleen y hasta a las organizaciones sociales y religiosas que los ayuden de alguna forma, y que dispone la deportación de los residentes ilegales y la construcción de un muro en la frontera con México.

Tal es el impacto de las movilizaciones que ya tanto el presidente George Bush como comisiones y grupos de legisladores han propuesto importantes modificaciones al proyecto de ley, con transacciones por lo menos para permitir la legalización de unos 12 millones de indocumentados que se estima hay en Estados Unidos.

En estos días se habla en Estados Unidos del poder hispano, porque como la mayoría de los indocumentados son latinoamericanos, especialmente mexicanos, ellos han encabezado las manifestaciones. También porque una gran proporción de los inmigrantes legales o legalizados en Estados Unidos durante el último medio han provenido de las naciones del continente.

La hermosa movilización de los inmigrantes ha servido para revaluar el papel de este segmento social, incluso de los actuales ilegales y su contribución a la economía. Al igual que en España y otros países desarrollados, en Estados Unidos la agricultura de regiones enteras, los servicios domésticos, de limpieza, enfermería, peluquerías, transporte y otros colapsarían si los inmigrantes se declararan en huelga o faltaran. Es probablemente lo que ocurriría aquí también si expulsáramos a todos los inmigrantes ilegales haitianos. Por lo menos la industria del azúcar, la siembra y recolección del arroz, del café y los guineos, y la industria de la construcción sufrirían graves consecuencias.

Estas tres semanas de movilizaciones han servido para poner de manifiesto el profundo drama humano de las migraciones, tan viejo como la sociedad, que supone mezcla de culturas, razas y creencias, aquí y en todas partes del mundo.

Penalizar las migraciones es una contradicción mayúscula de las políticas de apertura de fronteras en las que se fundamenta la globalización a la que asistimos en las últimas décadas. Los países más desarrollados que abogan por el libre flujo de sus mercancías, capitales y tecnologías, se empeñan cada vez más en cerrar su frontera al principal producto de exportación de los más pobres que es su fuerza de trabajo.

La requieren, se benefician del trabajo barato y con pocas posibilidades de reclamo, pero contradictoriamente quieren cerrarle el paso y hasta desconocer los derechos adquiridos por el tiempo y los vínculos establecidos en los asentamientos.

La lección es particularmente relevante para los dominicanos, que hemos exportado más de millón y medio de trabajadores, cuyas remeses han sido sostén de la economía nacional, pero nos manifestamos con la mayor prepotencia frente al menor reclamo a favor de la inmigración haitiana que nos afecta.

Cientos de padres Regino, Hartley o Riquoy ennoblecen su ministerio al solidarizarse con la causa de los inmigrantes en Estados Unidos. Aquí los hemos estigmatizado, llegando a considerarlos antidominicanos porque se preocupan por los que han venido al país buscando las mismas oportunidades por las que los nuestros viajan a Europa, Norteamérica o a las pequeñas naciones caribeñas.

Mirémonos en el espejo de las manifestaciones que han sacudido a Estados Unidos en la últimas semanas, donde las banderas dominicanas se han confundido con la mexicanas, centroamericanas y haitianas. Nos ayudaría a sincerarnos y ser más tolerante y generosos al enfocar los problemas de la inmigración haitiana y al establecerle límites. Con las mismas limitaciones de soberanía a que se ven obligados los norteamericanos.