Hay que repartir amor

Hay que repartir amor

Hay una ambición profundamente humana, generosa, digna de anidar en todo corazón. No es sueño ni ficción ni cosa alguna que se le asemeje, es algo que viene flotando en el éter desde tiempos inmemorables y que pese a lo que se diga, aún seguimos pensando que es por lo que el género humano ha luchado y luchará aun cuando se interponga un motivo económico profundamente arraigado o una ambición personal mal orientada.
Nos referimos al sentimiento amor, no al concepto, al anhelo de amar a todos los seres, al de unirlos por irradiaciones que penetren el alma, otro ente es abstracto, indefinible, intangible, pero expresable dentro del ámbito del sentimiento.
En el laboratorio, el científico reduce a su mínima expresión las fórmulas y las analiza, investiga la causa y el efecto de las cosas; pero el científico no ha podido descomponer aún la fórmula humana, aún no ha llegado a analizar una expresión de las que se llevan arraigadas en el cuerpo, formando parte de él, de la cual él ha sentido sus irradiaciones, sus causas y sus efectos; porque las fórmulas espirituales no son susceptibles de descomposición, porque ellas están perpetuadas en su simbología representativa.
El amor es uno de estos componentes que son indescifrables; lo sentimos, llegamos a él; hay como una conquista y una lucha para alcanzarlo, pero ésta no tiene representación al menos que no sea aquellas que caracterizan nuestras actuaciones y nuestras resoluciones. Decimos que amamos a una mujer, un ser humano cualquiera un animal o un árbol u otra expresión de vida, pero ignoramos la mayoría de las veces el porqué de ese sentimiento amoroso que nos llena el espíritu de regocijo y nos impulsa a emprender grandes tareas.