Hacia una nueva reforma de la UASD

Hacia una nueva reforma de la UASD

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Mientras los Estados Unidos fundan en los siglos XVII y XVIII sus primeras universidades, la de Harvard en 1636, y la de Yale en 1701, la América española conoce, en el siglo XVI, sus primeras instituciones de educación superior, la Pontificia Universidad de Santo Domingo (1538), la Real de San Marcos de Lima y la de México, erigidas estas dos últimas en el año 1551 con sólo unos meses de diferencia. Cuando surgen los grandes institutos tecnológicos de los países industrializados, la autonomía, la libertad de cátedra y la jurisdicción especial de la que disfrutaban las universidades latinoamericanas eran cuestiones de viejo abolengo, de siglos de existencia. El modelo de Universidad que nos legaron los religiosos dominicos del Real Convento de la Española sufrió, al inicio de la llamada era de Trujillo, su primer embate con la introducción en el mismo de una serie de cuestiones ajenas a nuestras tradiciones. Puede afirmarse que la Universidad de Santo Domingo en tiempos de Trujillo se mantuvo apaciblemente instalada en las tradiciones napoleónicas con su secuela de centralismo a ultranza, uniformidad, y falta de estímulo. La vetusta Universidad de Santo Domingo se vio convertida en uno de los principales bastiones de una cruel dictadura que parecía no tener fin. Mientras todo esto ocurría, los estudiantes de los demás países de la América española luchaban por extender por todo el continente la insurgencia de la reforma universitaria. El fuego de la reforma se encendió, a principios de 1918, en Córdoba, una sórdida ciudad argentina adormecida por un pasado sopor hispánico y clerical. La Reforma Universitaria de Córdoba franqueó sus límites, extendiéndose primero a toda la Argentina, y asumiendo después bríos americanistas, teniendo como referentes la revolución mexicana y la soviética. Pero, transcurrieron varias décadas antes de que sus vientos soplaran aquí. Supimos de ella después del ajusticiamiento del tirano. El inicio de un acontecimiento social como el de una reforma universitaria podría mostrársenos engañoso. Sus resultados inmediatos podrían no llenar las expectativas. Por eso no hay que desanimarse ni perder de vista el carácter predominantemente político de un fenómeno como ése. Nos viene a cuento lo expresado por el narrador argentino Tomás Eloy Martínez en una de sus novelas: “nada es nunca como se espera, nada es tan siquiera lo que parece que es” Las grandes movilizaciones en reclamo de los derechos y libertades públicas que se produjeron aquí días después del ajusticiamiento de Trujillo implicó un gran movimiento en el que participaron estudiantes y catedráticos universitarios junto a cientos de personas ajenas a esos menesteres. En esas circunstancias se produjeron hechos que identificaron la Universidad con el interés popular. Al principio, los logros no fueron tantos aunque la población universitaria registrara un aumento considerablemente y se observara una creciente toma de conciencia que impulsaba la incorporación de los universitarios a las luchas que el pueblo dominicano libraba contra los remanentes de la dictadura. Ese primer intento de Reforma de la Universidad Autónoma de Santo Domingo no produjo los resultados esperados, pero, se constituyó en la mayor escuela ideológica para los sectores más avanzados de la pequeña burguesía, y en un exitoso proyecto de movilidad social. Pero, frente a las nuevas realidades, el hecho de tener la Reforma de Córdoba como referente no era lo más conveniente. Sin que sus dirigentes pudieran percatarse, el estudiantado de entonces había comenzado a modificar su perfil, y las relaciones económicas, sociales y culturales comenzaban a experimentar modificaciones sustanciales. El país comenzaba a ser otro. Concentrando los múltiples y complejos temas de una reforma universitaria en su orientación renovadora cabe preguntarse: ¿Podría encararse con éxito los graves problemas que afectan a la educación superior de un país con una reforma universitaria que tenga un pasado como referente?