Gobiernos que solo construyen

Gobiernos que solo construyen

BIENVENIDO ALVAREZ-VEGA
La administración del Presidente Antonio Guzmán sentó las bases, con sus medidas y el movimiento social extra partidario que despertó en esos años, para que en el país quedara claramente establecida una frontera entre el balaguerismo que sostenía los instrumentos políticos y culturales del trujillismo, y el futuro.

El desmonte del militarismo trujillista, la lucha con las élites empresariales más conservadoras, la intención de introducir importantes cambios en la política económica, sobre todo en los aspectos salariales, cambiarios y fiscales, y una apertura sindical sin precedentes, eran claves que apuntaban hacia un antes y un después de la era de Balaguer.Pero el próximo gobierno del PRD no mantuvo estas banderas. Sus principales figuras nunca entendieron que la crisis económica y de relaciones con las élites empresariales eran momentos necesarios y útiles para superar la era balaguerista. Hubo un claro retroceso, y todos vieron cómo con otro estilo y con otras formas el poder económico recuperó parte de su influencia. Para  mantener esta influencia y evitar lo ocurrido en el pasado reciente, varios de sus miembros hicieron actos de conversión perredeista.  Recurrieron a esta otra manera de practicar la vieja táctica política del entrismo.

Los siguientes 10 años de balaguerismo fueron, en esencia, más de lo mismo. Balaguer dio paso, con el apoyo implícito de las élites conservadoras,  a quien con el tiempo se destacaría como uno de sus grandes pupilos; después regresaría al poder un PRD anquilosado que vivía políticamente de su vieja gloria, pero sin Peña Gómez y sin  mística. Y, como Balaguer, luego vuelve al ejercicio del poder un PLD desdibujado que no es ni sombra de lo que fue y de lo que prometía ser.

“La trágica aventura”  del ejercicio del poder post Trujillo no solo reside en ver cómo uno a uno los grandes partidos políticos de oposición al balaguerismo han ido asumiendo de manera alegre y consciente la pragmática balaguerista, sino el estancamiento peligroso de un país que no avanza de manera uniforme y que pierde, con asombrosa resignación,  la esperanza de cambios y de mejores condiciones de vida.

Debe subrayarse otra vez, sin embargo, que no todos los dominicanos  son perdedores. En estos 45 años de crecimiento económico desordenado e inequitativo y de falta de institucionalidad ha habido ganadores, grandes ganadores. Entre estos están las cúpulas nacionales, provinciales y municipales de las principales formaciones políticas, las élites empresariales y, por supuesto, las jerarquías militares.

Atribuyo a los políticos la principal responsabilidad de este fenómeno porque ellos son quienes reciben el mandato de la población para gobernar, para ejecutar un programa de gobierno que cada cuatro años ofertan a los ciudadanos y ciudadanas y estos lo suscriben mediante el sufragio. Pero  la realidad es, muy triste, que estos  políticos  presentan estos programas sin intención o vocación para ejecutarlos. Lo hacen solo para cumplir con una formalidad propia del rito electoral.

¿Qué hacen, entonces?

Los gobiernos post Trujillo lo único que han  hecho, prácticamente, es construir, construir y construir. Como si la República Dominicana solo necesitare construcciones, bien sean calles y avenidas, carreteras, puentes, caminos vecinales, edificios escolares y de oficinas públicas, plazas culturales, recintos universitarios, presas y canales, faros, iglesias, bulevares, parques, etcétera. Se puede argumentar de manera razonable que estas son obras necesarias, en unos casos, e imprescindibles, en otros. Y es cierto. Pero lo que no es cierto es que esa sea la única actividad que necesite una nación organizada.

Mientras las construcciones se han sucedido una tras otras en 45 años de democracia post trujillista, las escuelas se han quedado sin maestros y sin materiales pedagógicos; los hospitales están servidos por médicos, enfermeras, farmacéuticas, bioanalistas y otro personal pagados como si fueran choferes, albañiles o pintores. Los campos están sin agrónomos, no hay transporte organizado, los policías y los militares tienen que pedir para sobrevivir; no hay seguridad social, no hay sistema de transporte público, no hay electricidad permanente, las bibliotecas no tienen libros, las calles, avenidas y autopistas carecen de iluminación adecuada; la mayoría de las ciudades están sin filtrantes, miles de hogares carecen de agua potable,  etcétera.

Y lo más trágico, seguimos siendo un país sin instituciones, donde el Presidente de la República es un rey sin corona, donde el Congreso Nacional es una simple formalidad y donde hasta un recurso de amparo está a merced de la voluntad política de un juez o de un grupo de jueces.

bavegado@yahoo.com