Gobernar al estilo de Isabel la Católica

Gobernar al estilo de Isabel la Católica

Bien sé que es muy difícil. También sé que los mandatarios ya no son poderosos reyes ni emperadores, aunque lo parezcan debido al poder que ejercen mediante mecanismos de “toma y daca” y arreglos políticos aromatizados de papel moneda. También recuerdo que don Juan Bosch decía, con toda razón, que “en política, lo importante es lo que no se ve”.

Y se refería a los obstáculos. A lo que parece simple, pero no lo es.

Quisiera uno que el presidente Medina actuase con mayor celeridad en algunos renglones, corrigiendo lo que está mal. Desembarazándose de funcionarios estatales –altos y bajos– que solo son eficientes para su propio beneficio, ya sea pequeño o inmenso.

En el siglo XVI, en tiempos de los Reyes Católicos, el conde Baltasar de Castiglione, buen conocedor de las cosas de España, refiere en el libro III del Cortigiano, “el maravilloso juicio de Isabel la Católica para conocer y escoger los hombres más aptos para los cargos que les confiaba.”

Ramón Menéndez Pidal nos afirma en su obra “Los españoles en la historia”, que “Toda la vida de esta reina fue un perpetuo escogimiento, escrupuloso y esmerado, desde que casi niña se procuró, contra la voluntad de Enrique IV, difícil información sobre sus pretendientes inglés, francés y aragonés, decidiendo por sí sola el matrimonio con Fernando. Y en esta primera elección descubrió ciertamente la persona con la que pudo compartir siempre la acción y el pensamiento.”

Nos dice Galíndez de Carvajal en la Biblioteca de Autores Españoles, (t. LXX) que para las cosas de gobierno, los Reyes Católicos “tuvieron más atención de poner personas prudentes y de habilidad para servir, aunque fuesen medianas, que no personas grandes y de casas principales”… “Tenían personas de mucha confianza y secreto, que andaban por los reinos disimuladamente, informándose cómo se gobernaba y administraba la justicia, y lo que se decía y hablaba de los ministros: y las tales personas traían a los reyes nota particular de las faltas que sentían, y lo remediaban como la necesidad lo pedía”.

Cuenta fray Juan de Santa María (dato de Menéndez Pidal) que una vez se le cayó a la reina un papel que tenía escrito de su propia mano un recordatorio: “La pregonería de la ciudad se ha de dar a fulano, porque tiene mayor voz”. Tal era su actitud para los cargos más altos como para los más ínfimos. Por supuesto, la reina Isabel la Católica fue un caso excepcional, pero no nos abandona la esperanza de que algún día un mandatario nuestro –sin llegar tan lejos en la prudencia, justicia y habilidad valiente– sea más cuidadoso en la elección de las personas que nombra para los cargos estatales, altos y bajos, porque todo cuenta en el buen funcionamiento del gobierno, que es decir, el buen funcionamiento del país. Si es que hay que agradecer y retribuir labores de campañas políticas, aceptémoslo. Pero con prudencia y vigilancia al trabajo que se realiza.

Con premio y con castigo.