Geometría carcelaria

Geometría carcelaria

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Los cuatro hombres se arremolinaron en torno del escritorio de Menocal. Habían traído sillas de la sala de espera. El notario abrió la caja fuerte, sacó el legajo y lo puso en las manos de Ladislao.

Enseguida el húngaro empezó a leer en voz alta: «Las últimas noticias que tuve de los parientes de mi madre llegaron a Cuba en el año 1937. No puedo olvidar la fecha porque recibí una carta de Sergey Orlov, un contable que trabajaba con el tío de mi madre. La carta tenía por objetivo notificarme la muerte del viejo. Para entonces habían muerto: mi abuelo, mi madre y la hermana mayor de Marusia, la que vivía en Ucrania.

Muerto el hermano del abuelo, no quedó nadie en Rusia que tuviese relación conmigo. Yo no había tratado durante mucho tiempo al tío abuelo. Era un viejo calvo, siempre con chaleco negro y camisa almidonada, que abría los ojos y levantaba las cejas para explicar cualquier cosa. La mujer con la que debió casarse murió a causa de una «fiebre convulsiva» que azotó el Golfo de Finlandia mucho antes de la revolución. La enfermedad hizo estragos en San Petersburgo. El viejo, solterón, vivió prendado del recuerdo de una tal Prascovia. Su única pasión era releer los escritos del fallecido conde León Nicolaievich. Todo esto lo había escuchado de labios de mi madre».

«El contable Orlov, según parece, quería cumplir con los requisitos legales de avisar por escrito a los parientes directos del difunto. Si los familiares residentes en el extranjero no se presentaban, ni hacían reclamaciones, él quedaba en libertad de subastar los bienes pertenecientes al tío de Marusia, a quien había servido durante quince años. Y de este modo conseguir con qué pagar las cuentas pendientes. La carta, por su contenido, no estimulaba a emprender un viaje a Rusia; ni yo podía en aquel momento abandonar a mis hijos y a mi esposo, teniendo incluso la casa en litigio. El contable sostenía que las cárceles estaban repletas de presos políticos; que más de ocho millones de personas habían sido aprehendidas. «Creerá usted, señora, que esta cifra que escribo más arriba es una exageración, pues en ninguna prisión del mundo cabe tanta gente. Pero tenemos la información directa de un químico polaco, con varios años al servicio de Partido Comunista, quien fue detenido hace diez meses.

Él nos dijo que, en realidad, la cantidad de presos es aun mayor. El químico fue reclamado por su país y por un instituto científico alemán. Antes de salir de San Petersburgo pudo visitar la casa de su difunto tío abuelo, enfermo ya y recluido en cama».

«El doctor Wissberg Cibulski, un científico de grande inteligencia, pudo calcular el número de presos mediante una cuadrícula trazada sobre una lamina de papel vegetal. Desde una ventana que daba al patio de la comisaría, él contaba las cabezas que cabían en cada cuadro del papel y apuntaba los resultados de las multiplicaciones. Todos los días llenaban el patio con los detenidos; y todos los días los despachaban en camiones para distribuirlos en otras prisiones, en Siberia, en Ucrania, en Georgia. Hizo las operaciones todo el tiempo que duraron las redadas. Muy pocos presos permanecían en San Petersburgo. Había órdenes de que los juzgaran o ejecutaran en lugares distantes de donde eran detenidos. Parecía una depuración de aquellos militantes del partido que fueran vacilantes, incapaces de cumplir órdenes terminantes sobre «el exterminio de los enemigos del pueblo». La mayor parte de los detenidos no ha regresado a sus casas. Se sabe que las autoridades han construido barracas y garitas en medio de extensos campos rodeados por alambradas».

«Cuando logre salir de Santiago de Cuba, me dije entonces, comprobaré si este contable dice la verdad o si, por el contrario, trata de espantar a una persona joven para que no se le ocurra aparecer en San Petersburgo. Por medio de un procedimiento geométrico de observación aquel hombre, amigo del hermano de mi abuelo, estableció que los presos fueron ocho millones. ¡Una cuadrícula entre los barrotes de una ventana fue suficiente! El contable Orlov estaba persuadido de que el químico polaco era «un genio en el cálculo de fracciones».

– Señores, me parece que este relato concuerda con la época de las grandes purgas que llevó a cabo Stalin en la Unión Soviética, poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Ladislao miraba a los bayameses con actitud condescendiente. – Doctor, no puedo creer que se pueda meter en prisiones a tanta gente. Es una cantidad casi tan grande como la población entera de la isla de Cuba, afirmó Dihigo. ¡Luce una cosa de locos! – Recuerden que se trata de un país enorme, con muchos millones de habitantes, replicó Ladislao tímidamente. Además, cuando un solo hombre tiene un gran poder sobre los que le rodean, y lo conserva durante una crisis prolongada, puede volverse un déspota. Stalin fue Comisario de las Nacionalidades; resultó ser heredero político de Lénin; comenzó la socialización después de la guerra civil; y, por último, llegó a convertirse en líder de la unidad eslava y caucásica en los conflictos con las grandes potencias mundiales. Santiago de Cuba, 1993.