Gabina Alcántara, más Alcántara que nunca
con su proyecto de felicidad

Gabina Alcántara, más Alcántara que nunca<BR>con su proyecto de felicidad

POR MIGUEL D. MENA
El día que cumplió los 70 años no tenía velas ni refrescos rojos ni cámaras de vídeo ni sobrinos que le dieran el abrazo consabido, sino una tropa de médicos delante dispuestos a intervenirle las dos rodillas.

Ante la visión de tantos serruchos y seguetas y martillos le preguntó a los doctores que si pensaban hacer una casa con ella. Los doctores siguieron con su música por dentro y con alguna por afuera, Joaquín Sabina incluido.

Gabina Alcántara es un personaje. Lo saben cantidad de poetas, cuentistas de todo tipo, gente que ha pasado por su casa para tomarse un café o llevarse algún libro o un pedazo de arepa, en aquellos tiempos oh!, en que el anafe era la confirmación de que el campo no se había quedado en el kilómetro 9.

Doña Gabina lleva mucho de campo dentro. También está llena de urbes. Durante los últimos cuarenta años uno de sus temas preferidos es el tren y las calles de Nueva York. Sólo hay que mencionar cualquier esquina y ahí está el sabio consejo de la doña como acabando con el gallo aquél en la funda, explicándote cómo llegar desde cuál tren o autobús. Será lógico que para llevarse semejantes consejos habrá primero que llegar a Nueva York, pero en ese aspecto dudo que la señora ofrezca pistas nuevas.

Ahora que se habla de las cien mujeres más destacadas, aquí les saco una carta con la que no contaban. Cuando le pregunté a la señora Alcántara que qué había pasado, me dijo que no importaba, que esas eran cien –y un millón de recuerdos.

Es evidente que ante tantas mujeres en pose de diosas y semidiosas griegas, se podría prescindir de su persona, porque la figura que ella brinda es la de alguien a quien le podrías dejar tus sobrinos y hasta tus gatos el fin de semana, en caso de que tengas que ir a cualquier diligencia fuera de la ciudad.

Así es ella: suave, tranquila, como destilando cada palabra, eso sí, si no es que los muchachitos de la calle comienzan a encaramarse como ratas en las camionetas de su calle o acaban con los lagartos o frutos de su jardincito, porque ahí sí es que la cosa es grande. Ahí le sale lo más Alcántara de lo Alcántara, es decir, esa voluntad de hierro, ese estar disputando hasta al mismísimo Ben-Hur aquél carretón famoso…

De todo lo dicho hasta aquí podríamos prescindir si no es por una de las actividades a la que con mayor empecinamiento se está dedicando la señora Gabina Alcántara en el barrio de San Carlos, su Proyecto Felicidad.

Todo comenzó con el ya mencionado retorno a «lopaíse» cuarenta años después. Como es costumbre, los familiares de los dominicanos ausentes, cuando uno se hace presente allá, pretenden llenarle las maletas con cuanta cosa buena o chuchería o reciclado o lo que sea, tal vez para seguir comprando y seguir con esa costumbre tan york de tener la casa dispuesta para que el cuerpo se mueva en lo más mínimo, preferiblemente de lado, como si se estuviese en alguna trinchera o en un mismísimo campo de batalla.

Una hermana suya le regaló una cámara fotográfica, y le siguió regalando cámaras hasta el final de su estancia de cuatro semanas. Al final, la señora Alcántara tenía tres cámaras y una polaroid, que fue algo así como un segundo nacimiento.

Ante la proliferación de niños como caídos de una mata, de padres enderezando esquinas y magos tragándose un cable al doblar de la misma esquina, Gabina Alcántara se recordó de un detalle de su infancia allá, bien lejos, en los campos de San José de Ocoa, cuando se podía llegar hasta los cincuenta años, incluso hasta morirse, sin nunca haberse tomado una foto.

Dicho y hecho. Armada con su cámara polaroid primero y con las tres restantes, salió a la calle a tomarle fotos a media humanidad sancarleña.

Al principio los niños se asustaban y los padres ni lo creían, pero después de cuatro minutos de estar soplando aquel plástico que escupía la cámara, las imágenes salían.

Increíble, pero cierto. Desde la varilla inicial hasta la pintura final… Perdón, perdón, me estaba equivocando de artículo. Hablaba de la señora Gabina Alcántara que, un tanto desconsolada por la manera tan pronto de acabarse la polaroid, descubrió la utopía que es llevarle el rollo a los chinos y lograr que los chinos le repusieran otro, sólo pagando el revelado, y así hasta el final de los tiempos.

Fue lógico que con el segundo procedimiento la magia habría desaparecido y la lógica formal del maestro Aristóteles se había impuesto. El mundo no sería tan instantáneo como una sopita china, ¡y dale con los chinos!

Luego del mazo de fotos, el proceso de determinación de cuál es el barrigón este y la gordita aquella dificultaría el Proyecto Felicidad, pero de ninguna forma amilanaría la voluntad de que cada quien tuviese lo que nunca tuvo: una foto.

En verdad este proyecto no es nuevo. La señora Gabina Alcántara parece que lo había ensayado toda su vida hasta con sus propios hijos. Sí, «aunque usted no lo crea», como rezaba aquella sección de cómica tan instructiva, la pobre. 

Año tras años Alcántara llevaba a sus dos hijos y a los hijos que tuviese en el momento al mismo fotógrafo que tan bien conocía el dilecto Marcio Veloz Maggiolo, el fotógrafo Merino, en su estudio al lado de la entonces Zapatería Lama y también al lado del Teatro Estela, llamado Teatro Julia en sus buenos tiempos.

Año tras años los niños y niñas crecían, pero el fondo de cortinas pintadas se quedaba igual. ¡Toda una generación de habitantes de Villa Francisca con las cortinas-pared al fondo y un rosado que no se recuerda si en verdad era verde, aunque total, todas las fotos del Gran Maestro Merino, allá, en la Avenida Duarte, eran negras.

¡Qué mundo aquél donde todo sigue en blanco y negro!

¡Qué mundo éste donde la señora Gabina Alcántara insiste en hacer a todo mundo feliz con una foto, un recuerdo, la constatación de que se pasó por aquí, de que los colores también endulzan la vida!