Fulgurazos

Fulgurazos

UNO

    Ustedes tendrán que perdonarme, pero,  ¿esto es un país? Las cosas  que ocurren entre nosotros deberían provocar una carcajada universal, sino fuera porque el pueblo apestado ha cedido por resignación todos sus principios. Un (ex) ministro de Obras Públicas firma una concesión de arrendamiento de los peajes de la autopista Duarte y 6 de Noviembre, y le otorga 70 millones de dólares para la inversión inicial a una compañía llamada Dovicon.

Además, rubrica la responsabilidad del Estado de asumir los déficit estimados en la carretera de Samaná, si no pasan la cantidad de carros estipulados en el contrato, a través de un “peaje sombra” que es una verdadera estafa. 2,100 millones de pesos tuvimos que entregarle a esos jorocones de Dovicon, y como somos tan pobres ese hecho vergonzoso equivale a tomarle la sopa a un tuberculoso.

      Pero nadie dice nada, ninguna autoridad competente investiga. Los fiscales  no se han dado por enterados.  El ministro de Obras Públicas actual, Gonzalo Castillo,   le pagó a Dovicon 135 millones de dólares del pueblo dominicano, y deshizo el contrato. Pero no dijo nada.

No ordenó una investigación,  administró el silencio perjudicando al país.  Es como si el mejor partido que podemos tomar sea el de la resignación, ante la irresponsabilidad y el desfalco. ¿Significa que Dios comete una injusticia con todo un país?

        El (ex) ministro de Obras Públicas que firmó la concesión tiene aviones y  yates. Es un tipo verdaderamente rico y afortunado, anegado en las cosas. Nuestro tiempo vive en lo impensable. Hace poco, navegando en su enorme yate por las aguas del mar Caribe, ese (ex) Ministro tuvo la oportunidad de auxiliar a unos náufragos, y la prensa lo reseñó casi bordeando el heroísmo.  Yo pensé en los miles y miles de náufragos que dejó  su gestión.

        Ustedes tendrán que perdonarme, pero, ¿esto es un país?

DOS

         El 30 de mayo de 1961 mataron a Trujillo, y eso llevó el sueño de la libertad hasta un punto aparentemente sin retorno. Mayo del 61 fue un cuestionamiento de todos los principios vigentes, y nos introdujo de golpe en las corrientes del pensamiento universal.  Trujillo fue un ser mixtificado, sacralizado, que se lo  convirtió  en un Dios, del cual no quedan ahora sino los escombros comunes a todos los falsos dioses. Es en el  alarde de trujillismo, en las palabras, en el comportamiento, en las actitudes, donde podemos hallar  las manifestaciones de la herencia metafórica del trujillismo.

          Un ejemplar cuidadosamente conservado es Euclides Gutiérrez Félix. Mirarlo actuar es una manera de convivir con los fantasmas del terror. Cuando regresé de estudiar en el extranjero, hace ya muchos años, me lo topé caminando en los pasillos de la Facultad de Humanidades de la UASD. Tenía bajo la camisa un revólver “pata de mulo”, de esos que portaban los alcaldes pedáneos trujillistas, y exhibía a cada paso la torsión en el rostro de una mueca desdeñosa. No lo conocía todavía, pero enseguida supe que ese hombre brumoso procedía del lejano rumor del miedo.

 Era como el remedo de un calié, como una herida que no acababa de cicatrizarse.  Entonces le imaginé una miserable existencia en algún lado de la infamia.

           Lo recordé porque hace unos días Euclides Gutiérrez Félix inauguró unos parqueos en la Superintendencia de Seguros, al precio de más de 48 millones de pesos, sin concurso, violando las leyes; y como la opinión pública cuestionó toda su prepotencia, al acto de inauguración llevó al Presidente Danilo Medina. 

Lo que ocurrió ahí era impalpable, pero más fuerte que lo real: Ese nostálgico del trujillismo nos decía a todos, delante del Presidente de la República, que él podía violar las leyes, que él era la expresión de un poder que ha perdido todos los frenos, y que la presencia del Presidente allí no era una desviación  sino el correlato inevitable de su  poder. ¿Qué hacía el Presidente en ese acto? Simplemente, legitimando una  violación de las leyes, apoyando a un engreído que se cree por encima de todos los demás. Pero sobre todo, dándole vigencia al autoritarismo desalmado que ha saqueado, históricamente, a la nación.

TRES

Ustedes tendrán que perdonarme, pero, ¿esto es un país?