FINANCIAL TIMES
La crisis de deuda argentina que no ha enseñado nada a los acreedores

FINANCIAL TIMES <BR>La crisis de deuda argentina que no ha enseñado nada a los acreedores

POR ALAN BEATTIE
Una crisis económica tan asombrosa como la de Argentina merece un examen forense detallado, y en el segundo libro de Paul Blustein lo tiene.

Blunstein, un reportero del Washington Post ha repetido el punto de vista periodístico que hicieron de su primer libro, sobre el complejo tema de que el Fondo Monetario Internacional y la crisis de Asia inesperadamente leíble. Mediante entrevistas con las principales figuras de Argentina, Wall Street y del FMI, reconstruye la narración de un país que en 2001 incurrió en la cesación de pago de la deuda más grande de la historia.

De la narrativa surgen varias conclusiones importantes. Una es que la crítica familiar a las acciones del FMI -que le impuso caprichosamente políticas fundamentalistas de libre mercado a Argentina y la abandonó en el casos cuando fracasaron- está en le dirección incorrecta en un ángulo de 180º. Sabiamente, como resultó ser, el FMI sospechaba inicialmente del régimen de tasa de cambio fijo con el dólar que Argentina había adoptado en 1991 y que terminó en la quiebra del país. Pero el Fondo quedó impresionado por el éxito inicial del régimen fijo en la reducción de la inflación, defendido por el dinámico, pero finalmente peligroso ministro de Finanzas de Argentina, Domingo Cavallo, excesivamente entusiasta con el programa (en ocasiones, chapucero) de privatización y liberalización de los años 90.

En consecuencia, suprimió sus malos presentimientos sobre la incapacidad de Argentina para balancear su presupuesto y su consecuente necesidad de tomar prestado en dólares de los mercados globales de capital a tasas cada vez más elevadas, para respaldar la fijación del peso al dólar. Lejos de imponer el “Consenso de Washington” (el primer componente del cual, recordemos, es la disciplina fiscal) a Argentina, el FMI fue fatalmente cómplice en su violación. En la medida en que se profundizaba la crisis en 2000 y 2001, el Fondo estaba tan ansioso por evitar las culpas por halar el tapón, que continuó prestando hasta que se extinguió toda esperanza.

Una revelación interesante es el alcance de la inquietud dentro del FMI por alimentar el hábito de pedir prestado de Argentina. Existe un marcado contraste entre el rostro de certeza monolítica que el FMI presentó al mundo y el intenso debate privado interior.

Pero en verdad, el FMI solo desempeñó un papel menor que alimentó una fútil cuerda de salvación de US$15 millardos, mientras Argentina se hundía en el cieno de más de US$100 millardos de deuda soberana. La crisis no se fabricó primariamente en Washington. Blistein descubre los culpables verdaderos en Buenos Aires y Nueva York: los argentinos que vendieron una visión falsamente resplandeciente de la renovación económica de su país y el rebaño de inversionistas que se creyeron el cuento, o que simplemente rastrearon el índice de la deuda emergente. 

Un rara rastreo de índices significa que los inversionistas de mercados emergentes incrementan su exposición con gobiernos en problemas que emiten más deuda, algo similar a un experto de un programa de Alcohólicos Anónimos que recompense bebedores empedernidos con más bebida.

Según lo implícito en el libro, los mercados de capital le dieron a Argentina mucho cordel con el cual se podría ahorcar. Se le debe más solidaridad a los miles de inversionistas minoristas italianos y alemanes que compraron bonos soberanos argentinos porque los rendimientos eran altos sin comprender que con las mejores recompensas viene los mayores riesgos”.

Un elemento particular atractivo es el conflicto de intereses en Wall Street. De manera similar a la hipocresía durante la burbuja puntocom, los mismos bancos que se beneficiaron con el manejo de las operaciones de la condenada deuda de Argentina, fueron de manera consistente, demasiado optimistas con la capacidad real del país de darle un vuelco al problema.

En contraste con su libro anterior sobre la crisis asiática, que se deslizó sobre las implicaciones políticas, esta vez, Blunstein examina en detalle las propuestas para evitar que volviera a producirse un caos similar.

 Destaca “el mecanismo de reestructuración de la deuda soberana” -un tipo de Capítulo 11 para los gobiernos en bancarrota, propuesto por el FMI, pero bloqueado por el actual régimen del Tesoro de EEUU-, como una adición potencialmente útil para la arquitectura de las finanzas internacionales. 

Soluciones como esa, sin embargo, hoy parecen estar tan remotas como han estado siempre. La crisis de Argentina no parece haber provocado demasiadas búsquedas de culpables entre los protagonistas, con excepción, quizás, del FMI, que ha pasado por uno de sus ejercicios periódicos de introspección agónica. Una combinación de la considerable recuperación económica de Argentina desde el derrumbe de 2001 y un ambiente extraordinariamente agresivo en los mercados globales de capital ha dejado tanto a los argentinos como a los  inversionistas internacionales confiados de que las cosas no se deshicieron y que no hay ninguna necesidad de arreglar nada.

Si esta sensación sobrevive a las acerbas negociaciones de reestructuración entre Argentina y los tenedores de sus bonos, ahora que se acerca la etapa final tres años después de la cesación de pagos, está por verse. Pero las posibilidades destructivas de los gobiernos delincuentes en combinación con inversionistas sin escrúpulos, como revela el oportuno libro del señor Blunstein, sigue siendo preocupantemente potente. 

VERSION AL ESPAÑOL DE IVAN PEREZ CARRION