Eva siempre

Eva siempre

La Santa Biblia no es un libro de ciencias. La concepción del hagiógrafo respecto del inicio de la vida, y de la vida de los seres humanos, no entrará jamás en competencia con las teorías de Charles Darwin u otros científicos. Unos se confiesan partidarios de las difusas e improbables especulaciones cientistas más que científicas al respecto. Me inscribí de niño en la lista de los que entiende que la existencia de todo cuanto tiene vida procede de una mente y una fuerza vital a la que le hemos puesto todos los nombres. Lo pregono como Dios, un ser todopoderoso y creador, de cuya voluntad emana la existencia. Reconozco que el escritor sagrado escribió inspirado por su Santo Espíritu. Mas sostengo que la escencia del mito se esconde tras la pareja única.

Soy creacionista a troche y moche. Presiento, no obstante, que el relato de una creación de los seres humanos a partir de esa pareja partió de la necesidad de ser entendido. Todavía en nuestros tiempos, cuando hombres visitan la estratósfera y se ha pisado la Luna, se torna imprescindible vulgarizar saberes avanzados. Explicar a los niños determinadas maravillas impone el recurso de la narración de sencillezes. Muchos adultos también, debido a insuficientes conocimientos comunes, deben ser inducidos al saber más avanzado a través de símiles y parábolas. La Biblia fue escrita para una humanidad que surcaba días de una infancia universal.

Conforme mi particular exégesis, por consiguiente, Adán no es único ni Eva estuvo sola junto a ese varón. Ambos representan al género aunque los actos que narra el hagiógrafo, propios de la especie, todavía son identificables entre todos los adanes y todas las evas de nuestros días. De otro modo, ¿cómo explicar que sigamos siendo seducidos, en una hora y en otra, por esa misma Eva del principio de los tiempos? Mírese usted, varón que lee estas líneas, y responda con sinceridad. Para mantener un hogar, ¿no ha debido abandonar sus pujos machistas? Por supuesto, estoy consciente que usted sigue pronunciando la última palabra en las disputas caseras. ¡No haga privanza de ello, por favor, no lo haga!

Aquí entre usted y yo, sabemos que en el círculo de amigos, apretándose la correa hasta el último de los hoyitos, dirá ufano que en su casa pronuncia esa última palabra. Es verdad. Yo también. Por lo general digo: ¿y cómo quieres que hagamos esto o lo otro? Y usted, sin duda, acudirá a una variante de esa expresión. Sin que lo divulguemos mucho, pues no conviene que los otros machos del corral lo sepan, usted dice: ¡está bien mi amor, de tal manera se hará! ¿Acaso no fue eso mismo lo que dijo Adán?

Contendió primero, según alegó al ser llamado por el Creador. “Señor, le dijo, yo no quería. Le dije que habías prohibido comer de la fruta de ese árbol. Pero ella insistió, insistió, insistió y hasta metió la manzana en mi boca. ¿Qué querías que hiciese, Dios mío y mi salvador?”. Por suerte pronunció esta última palabra, pues Dios percibió que aquél animal superdotado que creó a su imagen y semejanza, albergaba debilidades concupiscentes. Al dirigirse a Él, sin embargo, por una función que incluyó en nuestro cerebro, Adán alcanzó a reconocerlo como el Salvador.

 De manera que Dios tuvo compasión del pobre muchacho, a quien se le salía la babita por la Eva que le tocó.

Y desde entonces, toda mujer inteligente, sabia y astuta, nos pone bozal y yugo apenas nos conoce y elige. ¿Por qué, pues, hemos sido capaces de maltratarla si estamos asidos a su yunta? En algún instante, sin duda, nos rebelamos.

Y se creó una cultura de dominio que no mejoró a la humanidad, sino que la ha dislocado. Con tranquila parsimonia, celebrando hoy su día y mañana su cumpleaños, Eva nos ha vuelto a poner el lazo. De manera que hoy, transcurridos todos los años del mundo, seguimos comiendo de la manzana que nos puso en la boca al principio de los tiempos.