Estadistas y guerreros

Estadistas y guerreros

WARIO BÁEZ
Desde los orígenes de los conceptos de estado y nación, distintas personalidades han desempeñado un papel fundamental en su surgimiento y posterior consolidación. ¿Quién podría negar el rol de Juan Pablo Duarte en el surgimiento de la nación dominicana? ¿O de George Washington -y de los llamados «Founding Fathers» (o padres fundadores)- en el surgimiento y consolidación de los Estados Unidos? ¿Que tipos de naciones y de estados serían hoy la República Dominicana y los Estados Unidos sin la existencia de Duarte o de Washington y los «Padres Fundadores»?

Definitivamente la historia de la humanidad es la historia de los hombres, pero solo algunos hombres han sabido ponerse a la altura de la historia. Estos últimos se han convertido en estadistas, en constructores de naciones y solo a ellos la historia les tiene un lugar reservado.

Otros, en cambio, han sido incapaces de sobrepasar su condición de luchadores sociales. Se han quedado en las meras proclamas o en proyectos que nunca han superado esa condición. Estos hombres cuando han logrado algún éxito, se han convertido en «leyendas» o «mitos», no habiendo podido acceder al espacio privilegiado que la historia les tiene reservado a sus grandes héroes.

Un ejemplo de estadista lo constituye Nelson Mandela, quien después de 27 años en la cárcel, salió de su prisión de Robbin Island a construir, desde la presidencia del Consejo Nacional Africano (CNA) y de la República de Sudáfrica, una nueva nación sudafricana democrática y multi-racial.

Esta labor de construcción no estuvo exenta de grandes sacrificios. Como parte de la «transición pactada», Mandela tuvo que aceptar como su vice-presidente a Frederik Deklerk, un representante de sus carceleros que había sido Presidente de la República Sudafricana del «apartheid» durante el período 1989-1994.

Además, Mandela debió promulgar una amnistía que benefició a todos los que se vieron involucrados en crímenes y otras violaciones a los derechos humanos durante el período anterior, incluyendo a dos personas que no mostraron ningún arrepentimiento al momento de declarar ante la Comisión de Verdad y Reconciliación: su anterior esposa Winnie Mandela y el ex-presidente Pieter W. Botha.

Pero el futuro de Sudáfrica valía la pena estos sacrificios y Mandela supo colocarse a la altura que demandaban las circunstancias.

La antítesis de Nelson Mandela la constituye Yasser Arafat, quien no fue capaz de superar su condición de guerrero, y sus afanes de «luchador revolucionario», para dedicar sus esfuerzos a la construcción de un estado Palestino. ¿O acaso los Acuerdos de Oslo no representaron una excelente oportunidad para dar a nacimiento a este proyecto de estado?

La historia esta llena de ejemplos similares. De hombres que lograron superar su naturaleza y condición de luchadores para dedicarse a la construcción de sus proyectos de nación -como Mahatma Ghandi- y de hombres que, no habiendo podido superar su estado o condición de guerras, adoptaron la lucha y el enfrentamiento como un fin en si mismo y no como un medio para lograr sus propósitos, como Ernesto «Che» Guevara. De este último quedan las anédoctas del tedio que le causaban sus funciones estado, cuando desde su posición de Gobernador del Banco Central de Cuba, a la que fue designado en noviembre de 1959, solía recibir a sus visitantes con las botas encima escritorio y su famoso habano en la boca para discutir temas de política contingente.

En el mundo globalizado de hoy, en el cual como afirma el ex-vicepresidente del gobierno Español, Alfonso Guerra, «la forja de las ilusiones colectivas ha terminado mecida en la cuna de la decepción» necesitamos de más estadistas y de menos guerreros. Solo así seremos capaces de edificar sociedades en las que podamos vivir en paz y con mejores niveles de bienestar, aunque a unos pocos de nuestros conciudadanos estos modelos de sociedad les puedan resultar aburridos.