Entre luces y tinieblas

Entre luces y tinieblas

LEANDRO GUZMÁN
La reciente conmemoración del cien aniversario del nacimiento del ex presidente Joaquín Balaguer ha dado lugar a muchos pronunciamientos acerca de su figura, como es de esperarse de un hombre que pareció reunir, al igual que el general Pedro Santana, dos personalidades.

Guardando la distancia, hay que decir que Santana luchó para afianzar la Independencia Nacional, pero malogró su gesta con la anexión a España y el fusilamiento de patriotas dominicanos. Balaguer, por su parte, aparentó ser una figura conservadora, idealista, romántica, a semejanza del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay, quien se hacía llamar Yo, el Supremo, que dio título a la famosa novela del escritor paraguayo Augusto Rosa Bastos. Similar al doctor Rodríguez de Francia, el doctor Balaguer fue un hombre frugal, honrado, competente y diligente, era tremendamente popular con las clases desposeídas. Pero a pesar de su popularidad, permitió que se pisotearan los derechos humanos y hubo momentos en que virtualmente impuso un estado autoritario, fundamentado en una dura coerción. Bajo el doctor Rodríguez Francia, Paraguay sufrió un recambio social que destruyó las élites viejas. Balaguer, con suma prudencia, intentó hacer esos cambios atrayéndose a las “élites viejas”, como soporte de su régimen.

Balaguer tomó decisiones que mostraban lo contrario de su supuesto conservadurismo: intentó hacer una Reforma Agraria a la cual se opuso la oligarquía nacional y que fue apoyada por el Partido Comunista; y lejos del romanticismo, puso en práctica medidas inconstitucionales, como por ejemplo la deportación de ciudadanos dominicanos por oponerse a su régimen. Eso lo hizo el mismo hombre que escribió El Cristo de la Libertad: vida de Juan Pablo Duarte, un ejemplo totalmente contrario a lo que practicó en el ejercicio del poder, desde donde también toleró a los grupos “incontrolables” que asesinaban a mansalva a todo aquel que se opusiera al régimen reformista.

Balaguer fue un servidor de los Estados Unidos en momentos coyunturales de la vida de la nación. Pero también fue visto con ojeriza por esa potencia cuando puso en marcha reformas sociales a favor de los pobres y, más que todo, construyó obras hidráulicas de costos millonarios sin tomar préstamos internacionales, para irritación del gran capital financiero incrustado en los organismos multilaterales de financiamiento.

Todo esto demuestra que era un hombre de dos personalidades, ninguna de las cuales puede ser juzgada desapasionadamente en estos momentos, a apenas cuatro años de su muerte, cuando probablemente todavía sus restos ni siquiera son polvos.

Balaguer se parece mucho a esas novelas de carácter histórico: uno no sabe si juzgarlas como historias noveladas o novelas históricas, pues no son ni lo uno ni lo otro. Entonces los críticos tienen ante sí la duda a la hora de emitir un juicio.

El autor de la Isla al Revés y otras obras literarias, nunca permitió que la historia contemporánea fuera debatida libremente en las aulas, por lo menos durante su período llamado “de los doce años”, razón por la cual gran parte de la generación que creció en esa época no tiene una visión clara de todo lo ocurrido entonces en la República Dominicana. Los documentales que se han hecho sobre la figura de Balaguer son igualmente parciales. Los más importantes se limitan a denunciar todo lo malo de su régimen; y el de sus partidarios apenas menciona todos sus logros.

Creemos, como decía el doctor Américo Lugo, los acontecimientos no constituyen carácter de historia sino hasta que son materia muerta. La figura de Balaguer, a nuestro juicio, no debe ser juzgada como cosa definitiva mientras no transcurra un tiempo prudencial difícil de cuantificar. Ni siquiera con Pedro Santana, que murió hace más de un siglo, se puede lograr hoy la suficiente objetividad. Sencillamente, son figuras históricas de dobles personalidades, lo que determina que unos y otros se inclinen por alguna de ellas, según su conveniencia.