Encuentros
Sí, lo sé, he cambiado

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El arte de pensar es la manifestación más sublime de la inteligencia. Todos pensamos, pero no todos desarrollamos cualitativamente el arte de pensar. Por eso, con frecuencia no desarrollamos las funciones más importantes de la inteligencia, tales como aprender a interiorizar, a destilar sabiduría frente a los dolores, a trabar las pérdidas y frustraciones con dignidad, a agregar ideas, a pensar con libertad  y conciencia crítica, a romper las dictaduras intelectuales, a gerenciar con madurez los pensamientos y emociones en los momentos de tensión, a desarrollar el arte de la contemplación de lo bello, a darse sin la contrapartida del retorno, a colocarse en el lugar del otro y considerar sus dolores y necesidades…

La temporalidad de la vida humana es muy corta. En pocos años encerramos el espectáculo de la existencia. Desafortunadamente, pocos invierten en sabiduría, en ese breve espectáculo, por eso no interiorizan, no piensan en sí mismos.  Si comparamos la lista de los hombres que brillaron por sus inteligencias  e invirtieron en sabiduría con el contingente de nuestra especie, ella se hace muy pequeña. Augusto, Jorge Cury, El Maestro de los Maestros.

Hace unos días estuve  en la Academia de la Historia celebrando, junto a los demás colegas, un año intenso de trabajo.  En esas conversaciones informales, Raymundo González me hacía el comentario de que esta columna tiene una orientación muy diferente a mis trabajos historiográficos.  Me confesaba con honestidad, que algunos temas que trataba no le interesaban. Reconocía que su esposa era una fiel lectora, porque el abordaje era esencialmente humano. 

Le contesté que concientemente había decidido hacer una división de mis escritos.  La escritura de lo que siento, como mujer, ser humano y ciudadana, para tratar temas cotidianos, temas de la vida misma.  La otra  es la escritura de lo que pienso, de la racionalidad histórica.  A partir de esa conversación volví a casa con mis propias reflexiones. 

Comencé a escribir mi columna en el año 1992.  En ese momento no tenía nombre. Envié algunos artículos al periódico Ultima Hora. En ese momento era una joven mujer que se abría pasos al mundo académico e intelectual.  Me estrenaba como historiadora. Quería por tanto escribir temas de historia. Recuerdo que los primeros versaron sobre la celebración del llamado Quinto Centenario del Descubrimiento y Evangelización en América.  Hice críticas mordaces al llamado “descubrimiento”, al cual bauticé como “encubrimiento”. 

Seguí escribiendo. Mis artículos tuvieron muchas casas de acogida: Listín Diario, El Siglo, Revista Rumbo, hasta que llegué al periódico Hoy, hace casi una década. Desde que publiqué mi primer artículo han pasado 16 años. 

Las 900 palabras que componían cada entrega fueron escritas al calor de mi propio desarrollo personal, de mis lecturas, de mis reflexiones, de mis diálogos con amigos y colegas. En fin de mi evolución como mujer, ser humano, historiadora e intelectual. 

Mis primeros trabajos buscaban la polémica.  Enfrascada en las teorías históricas que aprendí en mis estudios doctorales, quería demostrar cuánto me  había servido haber estado ausente del país. Quise hacer tabla rasa. Quería demostrar lo que había leído. Con el tiempo y la madurez, me di cuenta que sólo sabía algunas cosas, muy pocas por ciento, y que por lo tanto debía aprender mucho.  La vida me enseñó que en el país existen grandes historiadores, con mucho más experiencia que yo y que podían, y pueden hoy todavía, ser mis maestros. A fuerza de tropiezos comprendí que la mejor actitud era asumirme como una eterna aprendiz de la historia y de la vida:

“Aprender es descubrir lo que ya sabes.

Hacer es demostrar que lo sabes.

Enseñar es recordar a otros que lo saben tanto como tú.

Todos somos aprendices, hacedores, maestros”.

Richard Bach

Mi absurda batalla de criticar a la llamada historiografía tradicional, ahora analizo como una prepotencia e inmadurez de la juventud.  Hoy comprendo, y me disculpo ante ellos, que sin sus aportes los historiadores de hoy no podríamos escribir ni profundizar sobre los diferentes y grandes tópicos de la historia dominicana.  ¿He cambiado mis ideas con respecto a su visión de las cosas? ¡No! Por supuesto. Lo que sí ha cambiado es mi valor y reconocimiento a sus aportes.

El trabajo intelectual, independientemente de la ideología que se sustenta, se alimenta de las olas y modas de sus épocas. Duarte se alimentó de las teorías de Locke, Rousseau y Montesquieu.  Nosotros, la generación que comenzó a hacer ciencia y a escribir sobre las ciencias sociales, nos nutrimos de las corrientes marxistas y neo marxistas. Después de los 80, con las crisis del socialismo real, se pusieron sobre el tapete de la crítica y las dudas todos esos viejos paradigmas.  Hoy, dicen algunos, vivimos en una nueva Edad Media, porque el pensamiento social está en crisis de identidad, en crisis de originalidad, en crisis de ideas renovadoras.

Creo sinceramente que la verdad y la objetividad científica es una verdadera falacia. Una vez escribí un artículo polémico al que titulé “Esa subjetiva objetividad”, donde planteaba que nada en el mundo es completamente blanco ni completamente negro, y que el investigador, aunque parta de premisas racionales y éticas, siempre orientará su trabajo a través de su propio prisma.  Por demás lo que hoy es verdad, mañana no lo es.  ¡A Dios Gracias!

A partir de esas reflexiones y vivencias confieso hoy sin tapujos ni rubores, que sí, he cambiado.  Ya no soy,  ni quiero ser la historiadora-investigadora que creía tener la verdad bajo su manto.  Soy solo una mujer que ha encaminado su vocación hacia el conocimiento de la historia y las ciencias sociales, tratando de hacer algunos aportes, reconociendo el trabajo digno de otras personas que saben tanto o más que ella.

Por esta razón, la escritura de lo que pienso es y será siempre limitada. Limitada porque soy un ser humano, pues nadie en este mundo es capaz de saberlo todo ni aportar sus ideas sobre todos los campos.  Quién así piensa se engaña, y cree que engaña a los demás.  Nos vemos en la próxima semana.

mu-kiensang@pucmm.edu.do

mu-kiensang@hotmail.com