En la Diana

En la Diana

Primer Tiro
Había una vez un Gobernante de un pequeño país colocado en el mismo trayecto de las crisis internacionales. Como el país no producía petróleo e importaba gran parte de los alimentos y bienes básicos, el Mandatario y sus ministros empleaban considerable tiempo y energía intentando cuadrar las cuentas de los pagos externos, pues los precios de lo que se importaba siempre subían más de los que se exportaba. Un día el Gobernante descubrió que estos productos no eran comprados solamente por consumidores y usuarios comunes, sino que también eran demandados por inversionistas, mediante instrumentos de opciones y futuros, antiguos mecanismos a través de los cuales se pretendía predecir el comportamiento de los precios, y que era así como los productos, además de mercancías, también eran activos.

Luego supo que un gran Maestro de la macroeconomía que había vivido varias décadas antes estableció que los inversionistas mantienen dinero “con el propósito de conseguir ganancias por saber mejor que el mercado lo que el futuro traerá consigo”, y que a tal comportamiento le llamó el motivo “especulación” de la demanda de dinero.

Segundo Tiro

Fue así que el Dignatario del pequeño país de esta historia pensó que si los productos básicos dejaban de comprarse como activos, y si se aseguraba que en los mercados de futuros solo participaran consumidores y usuarios de los mismos, entonces se reduciría el nivel y la volatilidad de sus precios, lo cual llevaría grandes beneficios a su población, la que tenía que soportar los altos precios de los combustibles, la electricidad y los alimentos. En aquel tiempo las expectativas y la creencia de que podían adivinarse los precios futuros eran las fuerzas dominantes en los mercados de los productos que importaba el pequeño país. Los cambios en las políticas monetarias de los países más ricos oscilaban frecuentemente entre la rigidez y la flexibilidad, y los vaivenes en la liquidez y la tasa de interés inducían a los inversionistas a aumentar o reducir los riesgos de sus carteras de inversión con la misma frecuencia. Tan arraigado estaba tal comportamiento, que existía un banco internacional (de los que recomendaban decisiones a los inversionistas) que se especializaba en analizar la compra de productos básicos como alternativa de inversión.

Tercer Tiro

Cuentan las historias que el Gobernante se atrevió a plantear que los países ricos y los organismos internacionales regularan los mercados de futuros y controlaran la demanda de bienes básicos como alternativa de inversión, a lo que apropiadamente llamó especulación, según la definición de una corriente de pensamiento todavía vigente. Las reacciones locales no se hicieron esperar. Algunos economistas creyentes del carácter infalible de los mercados trataron de descalificar teórica y empíricamente tal planteamiento. Incluso uno trató de ridiculizar su aseveración de que las fuerzas especulativas podían producir precios de las deudas soberanas muy por debajo de lo que se correspondía con los fundamentos reales de sus economías. Un día dos grandes personalidades extranjeras expresaron su apoyo a los planteamientos del Gobernante de esta historia. Pero ni a pesar de esto nadie reaccionó según la costumbre social heredada de un jefe tribal que existió varios siglos atrás, el cual solo admiraba y prestaba atención a lo que venía del extranjero. Pareció que su Espíritu había sido sepultado de manera definitiva.