En el  palacio

En el  palacio

POR MANUEL JIMÉNEZ
Eusebia despertó en las primeras horas de la mañana de ese jueves con el fuerte ruido del greader y otros equipos pesados que accionaban removiendo la gran cantidad de lodo acumulado en la calle principal del poblado de Uvilla, muy próximo a Tamayo, pero en la jurisdicción de la provincia de Barahona. Hace quince días que duerme en el suelo, pues las aguas desbordadas del río Yaque del Sur inundaron su casa y las de sus vecinos, sus colchones y otros enseres del hogar sufrieron las consecuencias, se empaparon de agua sucia y hacía dos días que estaba aprovechando la salida del sol para secarlos. No es la primera vez que el Yaque del Sur penetra al pueblo y arrasa con las plantaciones agrícolas, obligando a sus habitantes a huir  para evitar ser arrastrados por la furia de las aguas. Pero esta vez ese río parecía más que un brazo de mar. Sus habitantes, en su mayoría gente humilde que vive de la agricultura, especialmente del cultivo de plátanos y guineos, reaccionaron asombrados, pues ya se había corrido la voz de que las aguas desbordadas del Yaque estaban superando el muro de contención construido años atrás por el INDRHI para contener las crecidas del río, alcanzando los pueblos vecinos de Vicente Noble y Tamayo. ¡Qué desgracia!, no había tiempo para nada, mientras las aguas penetraban al pequeño pueblo, no cesaba de caer un torrencial aguacero. ¡Esto es el diluvio!, pensó Eusebia en sus adentros, mientras impotente ella y sus vecinos observaban como sus casas se inundaban, los cultivos de plátanos cercanos quedaban totalmente anegados y la gente corría sin rumbo, los más privilegiados en la cama de un camión o de  una camioneta, pero también  en la cola de una motocicleta. El cuadro es el mismo en cada uno de los pueblos colocados en el área de influencia de este peligroso río, aunque más tarde se van cotejando con más calma en casas de familiares, amigos y allegados a contemplar impotentes las áreas afectadas.

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En Uvilla se conocía desde el día anterior de la presencia en la zona del Presidente Leonel Fernández, pero Eusebia no pensó que el gobernante llegaría hasta esta marginada comunidad, menos en tales condiciones, con las calles y callejones llenos de lodo y escombros, centenares de mata de plátanos y guineos en el suelo y humildes pobladores agarrados tan sólo de  una esperanza. “Yo no creí que iba a venir por aquí, me dijeron que sólo estaría en un acto en Vicente Noble, pero la bulla de la gente me hizo salir de la casa, y ya me ve, estoy contenta a pesar de todo”, me dijo Eusebia vistiendo unos pantalones “pescadores”, a la rodilla, con los pies y piernas empapados de ese lodo negro. Los periodistas que seguíamos la caravana presidencial no podíamos creer el cuadro que contemplábamos. Hombres, mujeres y niños estaban en masa en la calle del poblado, en completa agitación y algarabía. En ese entonces parecían olvidar su tragedia, los más aguerridos se abalanzaban sobre la jeepeta que ocupaba el Presidente Fernández. ¡Presidente, déme algo!, gritaban cuando el jefe de Estado movía los brazos para extenderles un saludo. De repente aparecieron unos sobrecitos amarillos, con mil pesos en efectivo en su interior, y la algarabía fue mayor. Todos querían alcanzar un sobre y cuando los tenían en sus manos y lo abrían saltaban como si hubieran logrado un premio. Eusebia fue una de las “agraciadas”. El oficial vestido de civil que le pasó el sobrecito, tuvo casi que ejercer la violencia para librarse del hormiguero humano que se creó a su alrededor tratando de arrancarle de sus manos el resto de los sobres. En la travesía, el Presidente Fernández se detuvo varias veces y habló con la gente desde el interior de su jeepeta. La seguridad no podía impedir que la gente se acercara y extendiera sus manos al gobernante esperando algún obsequio en efectivo. Desde el vehículo, el mandatario contempló aquel cuadro desolador. Noel había hecho de las suyas, pero con más fiereza y destrozos que en otras zonas del país. Cuando visitó Uvilla, Fernández acababa de encabezar un acto multitudinario en el polideportivo de Vicente Noble en el que hizo anuncios espectaculares para encarar los daños. Recibió repetidos aplausos y los presentes parecieron confiar en sus palabras a juzgar por la algarabía y los vítores. A la salida de ese encuentro, aparecieron patanas cargadas de semillas de habichuelas, maíz, cepa de plátano y de guineo que eran repartidas gratuitamente. Se donaba también centenares de pollitas ponedoras y plantas de diversos árboles frutales. La fila era enorme y los empujones frecuentes, pero nadie quería regresar a su casa con las manos vacías.