En Boyá funciona casa para hijos de enfermos mentales

En Boyá funciona casa para hijos de enfermos mentales

POR LLENNIS JIMÉNEZ
BOYÁ, Sabana Grande.-
Una mujer como caída del cielo tiene la enorme tarea de cuidar a veinticuatro niños, niñas y adolescentes, nacidos en hogares de enfermos mentales.

 La labor es continua y cada día son más las peticiones de albergue para desamparados en el centro Fundación Proyecto Boyá.

Es el hogar de los pequeños provenientes de seis familias de padres y madres psicóticos, que se cargaron de hijos, y que, por razones económicas, se perturbaron mentalmente. Cuatro  niñas de una misma familia fueron abusadas sexualmente por su propio padre, sólo una está en este centro. El padre fue sacado del municipio porque tiene más de 70 años y está enfermo, al igual que la madre.

 El tribunal de menores les diligenció un segundo hogar a cargo de la misionera María Batista. Pero los recursos con que se cuenta para alimentarlos y cuidarlos no son suficientes en Boyá, un pueblo que presenta tantas limitaciones como falta de atención del Estado.

Se gastan dos sacos de arroz al mes y RD$125,000. 

Más de cien niños están en lista de espera. Los menores de son  internos, sin retorno a sus hogares. Acuden  a la escuela pública en horas de la mañana y la tarde. Una fundación de Italia ha donado parte de la construcción, por intermediación de Roberto Danese, quien se preocupa tanto porque al hogar llegue de todo un poco, que lo han denominado el buen samaritano. La misionera  se ocupa de buscarles la comida, porque la mayoría son huérfanos y los que tienen padres, están enfermos.

El juez de menores de Monte Plata le ha pedido ayuda a la casa de acogida para un bebés de nueve meses, al que se le da mucha ternura. La  responsable de los niños explicó que la situación radica en que los padres y las madres se “volvieron locos porque han tenido tantos hijos y después no tienen qué darles”.

Algunos de los padres se van a la calle a pedir. En el albergue se recibieron seis niños de una familia, los más grandes, con  edades de entre 12 y 14. De otra familia se aceptaron tres pequeños. Detrás del primer local se  construye  un plantel para impartirles docencia a niños de hasta cinco año. Carmen Sosa es voluntaria y pone todo el cariño para lidiar con niños y adolescentes en la etapa del desarrollo, una edad crucial para el desarrollo de ellos.