El visitador del preso

<p>El visitador del preso </p>

WILFREDO MORA
El título de este artículo tomado del libro de doña Concepción Arenal, que lleva el mismo nombre, extraordinariamente escrito, creo, en 1920, e inspirado en la institución de las visitas, de la que surgió el género de la ejecución penal, que dio origen al tercer juez que se sitúa entre la instrucción y el juez del juicio, llamado de la ejecución, me ha dado la oportunidad de conocer la verdadera materia del encierro penitenciario.

Y aunque no voy a exponer el proceso que comprende las sinnúmeras visitas al penal, ya que la ejecución penal es pública, no secreta, es gradual, continua, masiva, lenta y llena de vivencias, deseo que este trabajo rinda la utilidad de poder describir otro proceso, el del visitador, no solo a los presos, sino a los enfermos, a los ancianos, a los vulnerables del sistema social. Quizás pueda verse que al revés, la verdad de nuestras cárceles es sinceramente un problema importante, profanado por individuos comunes, que en mi humilde opinión no están dispuestos a arriesgar nada a favor de los pobres presos.

El visitador tiene ciertos permisos y pareceres de autoridad. Gracias al sentido de sus encuentros es que se forman las reglamentaciones y resoluciones de la administración penitenciaria, los patronatos y demás organizaciones de beneficencias. Créanme que estamos frente a una verdadera fuente del derecho penitenciario.

Pero los visitadores pueden ser buenos y malos. Los primeros tienen fe en el resultado de su visita, si ha de hacerse, según indican, visitando al recluso en la prisión como se visita al enfermero en la clínica; los segundos estudian cada paso, se interesan en el cálculo, se divierten y se preocupan, La visita la convierten en una ciencia. Y esa ciencia puede ser corruptora del medio carcelario.

¿Qué visitador puede ser tú? ¿Qué significado tiene ser visitador? ¿Por qué o para qué visitar? Averígüelo usted, amigo lector, pero es muy cierto que en el sistema judicial culminan todos los demás sistemas sociales, bien sea para administrar su fracaso o para dar cuenta del tipo de sociedad que evolucionamos. A lo sumo los empleados del sistema se olvidan que también son visitadores. El verdadero visitador no sabe sobre la indiferencia pública. Por él se ha creado la palabra “bienvenidos”, pues, toda visita conlleva un objeto plausible, aunque tal vez no sea realizable. En una cárcel, al menos, contribuirá a poner en comunicación el mundo regido por la ley penal con el mundo complejo del pequeño hombre del penal.

Pero la conciencia pública, que hace o deja hacer las leyes, permite que surjan las costumbres penitenciarias y la visita de las prisiones ha podido formar parte de la enseñanza del Derecho penal: esa fue la esperanza de los visitadores científicos (son los menos); hoy están los “visitadores caritativos”, pero no han logrado ser los patronatos de reclusos que la ciencia ha concebido para estudiar al delincuente penal, que es aquel que está preso. Las observaciones que se recogen en el libro de Concepción Arenal -que no son nuestras observaciones- no se dirigen al visitador científico, sino al género humano para que ame al hombre del penal, con el sentido de la mayor dignidad.

Las cualidades de todo visitador, por tanto, son, en primer lugar, la aptitud para visitar al preso, seguida de la modestia (la verdadera modestia sentida y razonada), que es la que permite que entre los deberes y derechos, el delincuente pueda contar que el hombre honrado le trate como a un igual, que penetre en su alma. Después de la compasión y de la modestia, la perseverancia es una cualidad indispensable para el visitador del preso. Ella contiene la voluntad de la que surgen los problemas por lo que atraviesa la razón del tratamiento de prisiones. En esta empresa hay descalabros frecuentes, triunfos difíciles, desengaños amargos, lecciones severas, pero en eso se convierte el sistema penitenciario, hoy.

Es un acto de egoísmo que no visitemos a los reclusos, esos delincuentes o desgraciados forzados que se diferencian de nosotros por carecer de una organización psicológica interna, o por ser hijo de las circunstancias que le deparó la sociedad de la que todos formamos parte.