El verdadero destino de los divisionistas

El verdadero destino de los divisionistas

Marca la historia  que cuando surgen crisis internas en los partidos políticos, se derivan consecuencias dañinas para ellos mismos: sus opositores o adversarios se fortalecen.  Para ilustrar con propiedad esto último,  usaré de ejemplo  el partido político que milito, el Partido Demócrata de los Estados Unidos (PD).

Precisamente, el  PD  nace de una crisis interna que abortó en las elecciones presidenciales del año 1824. Desde 1801 gobernaba la nación el llamado partido Demócrata –  Republicano de los Estados Unidos, que se había fundado bajo el liderazgo de Thomas Jefferson en 1792.  Sucede que,  en las elecciones de ese año – 1824  –  ningún candidato presidencial obtuvo la mayoría absoluta de los votos electorales. Tal  como disponía la ley, cuando ocurría un evento de esa naturaleza,  el Congreso Nacional tenía el mandato de elegir entre los tres candidatos más votados.

El Congreso no escogió al candidato más votado, que fue el General Andrew Jackson un héroe militar de la guerra contra los ingleses de principio de siglo, en cambio, eligió a John Quincy Adams,  hijo del segundo presidente de la nación, John Adams.

Esto condujo a  una rebelión entre los seguidores de Jackson que se organizaron a nivel nacional y fundaron un año después el Partido Demócrata, que por cierto ganó las elecciones cuatro años más tarde,  en 1828.  Así pues,  nacimos del parto de una crisis política  y con los genes divisionistas.

Pero la gran crisis interna del Partido  Demócrata empezó en la administración del  presidente demócrata  James Buchanan (1857-1861). Sucedió  que los miembros del partido demócrata del norte habían roto con Buchanan alegando que él tenía una excesiva inclinación con los intereses sureños y  los demócratas del sur,  envalentonados con ese apoyo que era real,  se volvieron más recalcitrantes e intransigentes.

Así las cosas, en la convención del partido en 1860 las diferencias fueron insalvables y la rotura inevitable. Los estados del sur se retiraron de la convención  cuando se les rechazó una resolución de claro tinte esclavista, por lo que no se incluyó en la plataforma del partido. Al retirarse los estados del sur, los del norte nombraron a Stephen Douglas como candidato del partido y los del sur convencionaron en otro sitio y  nombraron como su candidato al Vice Presidente del país John Breckinridge, o sea,  el partido fue con dos candidatos a las elecciones,  lo que aprovechó un pequeño partido  –  que se había sido fundado cinco años antes –  para ganar las elecciones. Ese pequeño partido   (el Republicano de hoy día)  llevaba como candidato a  un oscuro y desconocido personaje que se llamaba Abraham Lincoln.

De hecho, esto fue el comienzo de la guerra civil,  pues los Estados del sur declararon su separación de la Unión para formar un nuevo país,  que lo bautizaron como los Estados Confederados de América.

Después de finalizada la guerra civil y consolidada la Unión,  el partido Demócrata quedó debilitado y el republicano más fuerte que nunca,  el PD no recuperó el poder hasta 28 años después en el 1884 con Grover Cleveland,  para perderlo después   por catorce años más.

En  1912, con la candidatura de Woodrow  Wilson, los demócratas recuperan  la presidencia al repetirse la historia,  pero a lo inverso, cuando los republicanos se dividieron al llevar  dos candidatos presidenciales a las elecciones. Cometieron el mismo error que los demócratas 62 años antes.

Medio siglo posterior a Wilson, en 1968,  los demócratas vuelven a sus andanzas,  cuando los del sur escogieron como candidato a George Wallace en contra del candidato oficial del partido Hubert  Humphrey, lo que aprovechó  un nefasto candidato republicano llamado Richard Nixon para colarse como presidente con todas las consecuencias y calamidades que esa presidencia conllevó,  y que termina por renunciar para que no lo echaran de Casa Blanca  por el famoso escándalo  de Watergate.

Así pues, las  truculencias  y  violencias  de ciertas facciones en el proceso de  crisis internas de los partidos políticos,  no sólo afecta la credibilidad  de ellos mismos  como supuestos líderes, sino que también  implica  cosas peores,  muchas veces se llevan al país de paso  y  a  los ciudadanos que dicen  defender.

El  verdadero destino de los divisionistas es que se acreditan en la historia con el  certificado  de sepultureros del proceso democrático.