El valor del voto

El valor del voto

Muchos ciudadanos no alcanzan a comprender el valor del voto ejercido a conciencia. Son muchos los que, por mala enseñanza de políticos sin escrúpulos, han llegado a convencerse de que el sufragio tiene precio en metálico o prebenda, no real valor.

La compra de votos ha sido, deplorablemente, un estilo de pescar prosélitos al que son asiduos quienes tienen déficit de simpatía y preferencia en el electorado.

Pero cada persona apta para ejercer el voto debe hacerlo convencida de que su valor no puede ser tasado en metálico. Es un asunto de conciencia cívica, es una toma de decisión, es el instrumento que nos permite participar de manera activa en la toma de decisiones sobre cuestiones de Estado.

– II –

Desde este punto de vista, el ejercicio del voto requiere de solemnidad y meditación.

En un día como hoy, los electores deben acudir de manera abrumadora a los centros de votación con una decisión madurada. Es el día en que la conciencia sustituye a la consigna, en que los principios desplazan a la proclama interesada, en que el auténtico valor de la decisión tomada sepulta el precio tasado por cualquier político.

De manera tácita pero insobornable, el elector debe demandar respeto para su conciencia, al momento de entrar a la cabina donde debe tomar la decisión que le indique su íntima convicción.

Será en ese momento cuando el valor de su voto le permitirá definir a quién otorgar autoridad y poder para que le represente en el Congreso, en los gobiernos municipales. Mucho de lo bueno o lo malo que se haga desde las cámaras legislativas y los ayuntamientos será responsabilidad del elector, y en eso estriba en gran medida el verdadero valor de su voto.

– III –

La otra parte del proceso, de su integridad y transparencia, está reservada a los delegados de los partidos políticos en los colegios electorales y a la Junta Central Electoral, árbitro único de este proceso.

A pesar de que la Ley Electoral y las resoluciones de la Junta trazan las pautas del proceso, entre nosotros todavía predominan la tensión y el sobresalto en los procesos electorales. En gran medida esto se debe a la predilección de los políticos por incidentar innecesariamente procesos que tienen definido su curso, sobre todo en momentos en que los resultados no son los que ellos aspiran.

Como país que debe madurar, la aspiración generalizada debería ser facilitar la fluidez de las votaciones y el escrutinio de los votos, y renunciar a la tentación de obstaculizar por mero capricho.

Es tiempo ya de que superemos algunos de nuestros defectos y de que entendamos que la fiesta de la democracia tiene que tener garantizada la armonía, la participación de todos en la toma de decisiones, en la formación del porvenir. Elevemos hoy el valor de nuestro voto.