«El turno del escriba», una novela de importancia

«El turno del escriba», una novela de importancia

POR LEÓN DAVID
No me expongo al peligro de parecer original al incluirme en el número de cuantos aseguran –con atendibles razones- que la novela es el género al que el hodierno lector ha otorgado sus asiduos favores. Basta, en efecto, dispensar una ojeada somera a los anaqueles de cualquier librería bien abastecida, para que, sin sombra de duda, se nos haga evidente que la abundancia de novelas de toda guisa contrasta de manera abrumadora con el más bien parvo contingente de obras de poesía, cuento o teatro, que sobre el estante aguardan con melancólica perseverancia y filosófica resignación la mano piadosa que acuda a rescatarlas de la indiferencia y el olvido.

La popularidad de la novela no es en los días que corren discutible. ¿Acaso recuerda alguien el título de un best-seller que no sea novela? De hecho, si exceptuamos los insoslayables libros escolares, en materia de estima y difusión los únicos adversarios serios con que tropieza la novela son los escritos periodísticos y el ensayo político y social. Pero la novela –sospecho- lleva la ventaja.

¿Cuál es el motivo de semejante predilección? Acaso para responder a esa pregunta –que albergo la esperanza no sea tildada de inoportuna-, no sería desatinada empresa fijar por un instante nuestra atención en la etimología del término «novela», vocablo que –es cosa harto averiguada- procede del italiano «novella», derivado, a su vez, de la voz latina «nova»: noticias. He aquí, pues, que en su más remoto origen, la novela se presenta como el relato de acontecimientos novedosos de los que no teníamos conocimiento alguno ni lo podíamos tener antes de que fuesen registrados por el autor en un escrito. Por ende, si estoy al cabo de lo que pasa, no me hallaré incurso en inexactitud al sugerir que desde su surgimiento el género novelístico responde a esa permanente inquietud, a esa curiosidad inextinguible que, puestos a buscar, tiene trazas de echar honda raíz en el problemático pero no por ello menos ineludible substrato vivencial al que de manera no demasiado precisa hemos denominado condición humana.

A este tenor, si no me pago de apariencias, lo que el lector por modo ingenuo o calculado persigue cuando, abriendo el libro, se adentra en la fábula que el novelista le propone, es desembarazarse durante breves horas de su existencia gris, insustancial, escasamente estimulante, para experimentar de manera postiza y vicaria la vida de unos personajes cuyas acciones –a menudo fuera de lo corriente- él hubiera deseado y tal vez temido, por parejo, realizar.

A la referida conducta se la ha estigmatizado casi siempre –en ocasiones con merma y desconsideración de la justicia- aplicándole la etiqueta henchida de peyorativas connotaciones de «evasión».

No ha lugar debatir ahora –sería extemporánea digresión- si la novela, al igual que el resto de los géneros literarios, (para no hablar de la radio, la televisión y el cine) colman una necesidad de evasión que, prima facie, no veo por qué juzgar del todo censurable; ni viene tampoco al caso traer a estos renglones de desmayada prosa la reflexión asaz perturbadora de que la aludida inconformidad con la existencia apodada verdadera, esa que una rancia convención lingüística nos induce a calificar como la única real, (inconformidad que incita a desertar del hic et nunc para escapar en alas de la ficción hacia el firmamento de lo imaginario), está en la base tanto de las más gloriosas creaciones artísticas e intelectuales como de los más imperdonables y nimios engendros de la frivolidad y de la aberración.

Ahora bien, a ninguna inteligencia medianamente advertida se le ocultará que el grueso de las miles de novelas que sin escatimar gastos en publicidad dan a la estampa anualmente las casas editoriales, para consumo masivo del lector ordinario, adolecen de incurable mal: no alcanzan la dignidad de genuina literatura, sino que –mero pasatiempo- fueron concebidas, acaso haciendo gala sus autores de destreza y oficio, con miras a cumplir la misma decepcionante función estupefaciente y altamente adictiva del alcohol, el cigarrillo o el juego de azar.

Sin embargo, que la creación artística y literaria acrediten la inexorable propensión del ser humano a huir de sus rutinarios quehaceres mundanales en beneficio de lo irreal, del sueño, de lo que no posee otra consistencia que la que el espejismo de la imaginación confiere, no debe hacernos perder de vista el hecho harto significativo de que, en rigor, para el que en los dominios de lo imaginario se instala, la vivencia de lo ficticio impone su sólida concreción con la misma irrefutable evidencia y categórica onticidad que los objetos que nos rodean y estamos acostumbrados a manipular en el cosificado territorio de la existencia cotidiana.

Tal es la razón que me impele a abonar el juicioso dictamen de cierto prominente teórico de la literatura, cuyo nombre, por cierto, mi ingratitud olvida, cuando, en torno al punto que nos concierne, declara que «Buscamos en la novela salir de nosotros mismos, vivir en otros, escapar a nuestros límites, multiplicar nuestra experiencia vital. Pero, en el fondo, leemos las historias de unos personajes ficticios para llegar a conocernos mejor, para aprender a vivir, para ser, más y mejor, nosotros mismos.»

Sea lo que fuere, la alarmante paradoja nos sigue desafiando: la inevitable proclividad de la criatura humana a aventurarse en el reino de la fantasía para llenar de savia imaginaria las hojas resecas de la existencia real es comportamiento que se puede saldar tanto con la conquista de la plenitud espiritual, mediante la invención y disfrute del gran arte y la literatura de peso y entidad, como con el descalabro de la esencia humana que, entre mostrencas fantasmagorías, sucumbe al influjo del vacío, de los sórdidos apetitos y de la inanidad opaca y refractaria.

De semejante índole eran los pensamientos que en tropel afloraron a mi espíritu cuando atendí la repentina llamada que Ruth Herrera, con la afabilidad proverbial que la distinguen, me hiciera para solicitarme presentara la obra de Graciela Montes y Ema Wolf, Premio Alfaguara de novela 2005, intitulada «El turno del escriba». Sin parar mientes en que el galardón otorgado por tan prestigiosa casa editorial era aval más que satisfactorio de la excelencia literaria del relato de marras, recuerdo haber respondido a mi fina interlocutora, no sin cierto quisquilloso recelo, que antes de comprometerme a pareja presentación debía leer el libro, cosa de poder aquilatar su calidad… Una hora no había transcurrido del momento en que se desarrolló la conversación referida, cuando un mensajero trajo la novela hasta las puertas mismas de mi casa. Interrumpí el escrito que entonces me tenía ocupado, abrí el libro de las laureadas escritoras argentinas y, al azar, leí dos o tres páginas… Para estimar las bondades del vino no es preciso beberse el tonel… Supe de inmediato que a esa novela la exornaban prendas de singular y rara exquisitez; y corrí al teléfono par agradecer a Ruth Herrera el privilegio que me concedía al encomendarme la presentación de tan sustanciosa creación novelística.

Dando inicio a la tarea para la que fui convidado, quizás procede señalar que el relato de las escritoras Montes y Wolf se me antoja fascinante reconstitución artística de un acontecimiento histórico comprobado, al que Jorge Luis Borges se refiere del modo que sigue: «Venturosamente para nosotros, los genoveses apresaron en 1296 una galera veneciana. La comandaba un hombre, que sería un poco distinto de los demás porque había estado muchos años en Oriente. Ese hombre, Marco Polo, dictó en latín a su compañero de cautiverio, Rusticiano de Pisa, la larga crónica de sus viajes y la descripción de los reinos explorados por él.».

Empero, que la narración recoja un dato verídico de la Italia Medieval, no es más que el punto de arranque, el estímulo que excitó la fantasía literaria de las autoras. La reconstrucción de sucesos del pasado que lleva a cabo la novela es por necesidad engañosa. Una es la verdad de la ficción, otra la de la historia. No admiten ser medidas con el mismo rasero. Aunque de falsedades rebose –y acaso porque de ellas se nutre- cuenta siempre la novela la historia que el historiador no sabe ni podría nunca contar. Porque la verdad que el novelista pone ante nuestros ojos no es la externa del suceso que el archivo y la crónica registran, sino la íntima y profunda que agita el alma de los hombres en toda época y lugar. Una buena novela –sin duda lo es la que suscita estos comentarios- relata la oculta historia de los sueños, temores, ansias, apetitos, esperanzas y pasiones que hacen que el ser humano tome uno u otro rumbo, avance o se detenga, se levante altivo o estrepitosamente se derrumbe.

En últimas cuentas, aunque la anécdota pueda tener una base real, lo que en definitiva importa en la novela, en cualquier novela, es el feliz espacio que abre la imaginación para que el lector se adentre en los dominios de la compleja y contradictoria condición humana.

Parejo poder de inmersión y encantamiento, que nos persuade de la autenticidad de cuanto se nos narra, es, en cuanto puede conjeturarse, la virtud principal de «El turno del escriba».

Sostenía José Ortega y Gasset en su paradigmático ensayo «Ideas sobre la novela», que uno de los rasgos distintivos de dicho género era el hermetismo. Con esta voz el agudo pensador español apuntaba al hecho de que «el autor sepa primero atraernos al ámbito cerrado que es su novela y luego cortarnos toda retirada, mantenernos en perfecto aislamiento del espacio real que hemos dejado». En otras palabras, el hermetismo es la capacidad de atraer, de seducir al lector mediante el arte de conjurar un orbe completo, autosuficiente, clausurado del que, cuando ya hemos entrado en él, lo último que deseamos es retornar a la mustia y anodina verdad de nuestra propia vida.

Y tal proeza es, precisamente, la que Graciela Montes y Ema Wolf realizan en el galardonado relato que motiva estos escolios. Es tan intensa la ilusión de verdad que se desprende de las páginas de «El turno del escriba» que no puede el lector en ningún momento dejar de suscribir el enfoque narrativo de las autoras.

¿Cómo logran ellas convencernos?: supeditando la acción y la descripción del entorno al análisis psicológico de los protagonistas Rustichello y Marco Polo, cuyas vivencias no por extraordinarias ajenas al universo del que somos parte, constituyen el núcleo central de la obra; insistiendo en la evocación de un ambiente y atmósfera exóticos que, paradójicamente, a pesar del alejamiento cronológico y geográfico, nos invitan a reflexionar sobre lo que ahora y aquí somos y sentimos; sujetándose al sano principio de presentar, de mostrar en vez de explicar o referir; abundando en pormenores, en apariencia triviales, pero que al sumarse página tras página procuran una imagen de tan sólida y vívida coherencia que, a poco, sucumbimos a la creencia de que lo leído no es ficción sino incontrovertible y nuda realidad; dejando resquicios por donde la ambigüedad, la extrañeza, la incertidumbre –expresiones permanentes de la humana inconclusión- afloran y se explayan; haciendo alarde de dominio lingüístico fuera de lo común, de una prosa, a un tiempo llana y elegante, directa y culta, que posee el difícil encanto de hacernos olvidar su existencia, pese a que mantiene su discursiva dignidad aun cuando le toque abordar sucesos de plebeyo, ridículo u ofensivo jaez…

Afirmaba Mario Vargas-Llosa que «la irrealidad y las mentiras de la literatura son también preciosos vehículos para el conocimiento de verdades profundas de la realidad humana. «… La novela sobre la que acabo de perpetrar a punto largo algunas insuficientes apreciaciones, corrobora la exactitud de esa opinión.

Lo que garantiza la eficacia de un relato es que, por debajo de la trama, fluya la honda corriente de lo humano esencial. No es otro el asunto de toda novela digna de memoria: ponernos a pensar acerca de cómo es el hombre, cuál es su destino, cuál su servidumbre y efectiva libertad, qué puede hacerse para mejorar su situación…

A parejas inquietudes nos remite «El turno del escriba». Nada tiene de extraño que embelese y sacuda al lector; tampoco puede sorprender que Alfaguara le haya concedido el Premio de Novela de este año.