El ruiseñor abaleado y la placa de Trujillo

El ruiseñor abaleado y la placa de Trujillo

A don Pedro Echavarría Lazala sus amigos lo llamaban Pepé, pero prácticamente todo el mundo –aquí y en otros países del continente– lo llamaban El Ruiseñor Dominicano como testimonio de admiración a la gran belleza sonora que él producía con su flauta.

Este extraordinario artista, nativo de Santiago de los Caballeros (1894-1967) hizo carrera internacional como virtuoso de la flauta, actuando con grandes figuras como la soprano coloratura Amelia Galli-Curci –quien fuera su puente hacia el exterior–, la soprano lírica catalana María Barrientos, que le facilitó contactos importantes en Estados Unidos y la legendaria actriz y tiple mexicana Esperanza Iris.

Su indiscutible talento musical, con el poderoso ariete de famosas mujeres que sucumbían ante el garboso y galanteador flautista, lo llevó a actuar en círculos de primer nivel como la Sinfónica de Filadelfia bajo la dirección de Leopold Stokowski.

Pepé era un hombre de buena estatura, apuesto, elegante y con una personalidad muy atrayente. En Cuba, una escultural discípula suya, casada, había caído bajo los encantos del obsequioso profesor y cierto día, mientras se desarrollaba una apasionada escena junto al piano de la sala, apareció sorpresivamente el esposo, revólver en mano. Hizo blanco en una pierna del infatuado profesor a quien una irremediable cojera habría de recordarle por siempre la infausta aventura.

De regreso a su patria, ingresó en la Orquesta Sinfónica Nacional. Con los años había perdido aquella esbelta figura y la atractiva personalidad, aunque no la debilidad galante y pícara por las bellas mujeres… aunque pienso que se cuidaría de no enamorar a las casadas.

Circulaba por las calles de la capital –entonces Ciudad Trujillo– en un extraño vehículo construido bajo su dirección a partir de una motoneta a la que había hecho añadir un techo pintoresco, luces diversas y una serie de adminículos que solo eran opacados por lo más sobresaliente: él mismo, el Ruiseñor abaleado, que aparecía sentado en medio de un amplio banco de madera pulida, que arropaba casi totalmente con sus anchas asentaderas y que sustituía el sillín original. Parecía un Buda obeso y magnífico que se deslizara por el aire. A tal grado llegaba su personalidad y magnetismo.

En lugar de la usual placa y matrícula había confeccionado una alusiva a la grandeza y gloria del Generalísimo Trujillo. En vez de presentar un número, la placa decía, en letras primorosamente pintadas: “Trujillo es el Faro de Luz para la Patria”.

Cuando algún policía se atrevía a detenerlo y preguntarle cautelosamente por su placa y matrícula, el Ruiseñor se levantaba majestuosamente los espejuelos, los enganchaba en su pelo lacio y decía con sorprendida entonación meliflua:

–Ah… ¿Es que a usted no le gusta mi placa? ¿Usted no tiene un desbordante entusiasmo por el muy ilustre Benefactor de la Patria? ¿Hay algo que sea más importante que su majestuoso nombre?

Por supuesto, lo dejaban tranquilo. El policía se esfumaba atolondrado y el Ruiseñor seguía su rumbo con el chop-chop-chop de su motorcito haciéndole fondo a su sonrisa irónica y traviesa.

Cosas de la “Era”.