El reino de los cielos

El reino de los cielos

COSETTE ALVAREZ
No tengo la más remota idea del lugar donde pueda quedar el reino de los cielos. Debería ser muy importante el dato, por la promesa de vida eterna a la derecha del Padre. Lo cierto es que, entre lo aburrida que se nos pinta esa vida por la forma en que la describen y hasta la dejan de describir, más la posibilidad de reencontrarnos con tantos y tantos de los que no quisiéramos volver a ver jamás ni nunca, no sé si valdrá la pena hacer cerebro con una eventual llegada al celestial predio.

Se nos ofrece un puesto «a la diestra de Dios Padre», pero nadie se ha molestado en averiguar si el Señor es zurdo. Y la Biblia misma, en tantos de sus versículos, dice cosas tan contradictorias, que uno ni sabe a qué atenerse. Si acaso es cierto que en el reino de los cielos sólo hay espacio para ciento cuarenta y cuatro mil almas, aquello debe estar lleno hace siglos, a menos que, efectivamente, la reencarnación exista, de forma tal que las almas hagan turnos por temporadas. Porque, si bien damos por hecho que el espíritu no ocupa espacio físico, hay un número establecido, ¿no?

Ahora, la frase bíblica que me está dando vueltas en la cabeza y no logro descifrar es la que dice que más fácilmente entra un camello por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos. Empezando porque no sabía que las agujas existían en los tiempos en que suponemos fueron escritos los textos sagrados (aunque los cuadros que representan la época contienen figuras humanas vestidas con telas, así que talvez sí había agujas, probablemente no como las de hoy en día), son muchos los ricos que viven precisamente en términos de ganarse su pasaje al cielo sin siquiera una escala técnica en el purgatorio: en vuelo directo, a los diez minutos de haber muerto, como nos enseñaron.

¿Será que no saben leer? ¿Será que no han llegado a esa página ni han encontrado quien les advierta que están perdiendo el tiempo, que eligieron ya su vida eterna en el fuego del infierno cuando optaron por la riqueza terrenal? ¿Cuál es el papel de los ministros de Dios en el planeta, que se dedican con tanta fruición a mantener el nivel espiritual de los ricos, sin escatimar algunas comodidades terrenales, tales como aire acondicionado en las iglesias, arreglos florales costosísimos, sistemas de sonido impecable, etc.?

Si yo fuera rica, sólo de pensar en esa frase del camello y la aguja, me sentiría burlada si me dieran la comunión y estafada si me aceptaran dádivas que sobrepasan en mucho la definición de limosna. No importa de dónde proceda la riqueza, cuál sea su origen. El simple hecho de disfrutarla teniendo tan cerca la extrema pobreza (y hasta teniéndola bien lejos, pero sabiendo que existe), me despertaría de cualquier sueño con la vida eterna a la derecha del Padre.

Es muy fácil la vida cuando nos convencemos de que todo lo bueno que nos llega es una bendición, y lo malo es una prueba. No nos damos cuenta de lo injusto que presentamos a Dios a los ojos de los demás. ¿Por qué el Señor sólo bendice a unos pocos, y a los más los mantiene a prueba permanente?

«Los designios de Dios son inescrutables.» Entonces, por una estricta fe mucho más ciega que nuestra justicia, debemos apegarnos a esa frase, resignarnos a nuestra suerte, y ansiar fervorosamente que la muerte nos llegue pronto para alcanzar la vida eterna. Pero, resulta, que para ello, no conforme con la prueba, se nos exige una vida terrenal en estado de gracia. Aquí vuelvo al principio. Viendo a tantos turpenes en aparente estado de gracia, no sé si quiero alcanzar la vida eterna para reencontrarme con ellos, forever and ever, sin vuelta atrás.

A pesar de otra frase bíblica que advierte: «No juzguéis y no seréis juzgados», es difícil mantenerse imperturbable cuando, las raras veces que dejamos que nuestras expresiones de condolencias salgan de la funeraria y nos lleven a la iglesia, alcanzamos a ver a reputados maleantes (desde «simples» explotadores, pasando por difamadores y chantajistas, hasta indiscutibles asesinos y ladrones, sean civiles o militares) oyendo misa con devoción, comulgando y, por supuesto, rebosando las canastas de los óbolos con papeletas de las grandes, al tiempo que el oficiante se deshace en elogios para su selecto público.

Del mismo modo en que ignoro todo acerca del reino de los cielos, tampoco sé gran cosa del fuego del infierno, pero de éste, al menos, sé que no puede ser peor que la vida que llevamos aquí en la Tierra, casualmente en inconsultas aras de mantener a la fiel y creyente clase de los ricos.

Yo dudo mucho que en el infierno haga más calor, por ejemplo, que en una misa en iglesia de barrio pobre o de campo, por más abaniquitos sin luz, ni planta, ni inversor, que haya colocados a lo largo, ancho y alto del templo. Que tampoco sé cómo se les ocurre pasar la canastita en esas iglesias, cómo no se les aprieta el pecho para aceptar los pesitos de personas que viven arañando para mal vivir, que pasan hambre para que los ricos boten la comida para no engordar, que aguantan dolores para que los ricos reciban medicina moderna privada, que se quedan ignorantes para que los ricos estudien fuera, precisamente para asegurarse de que los pobres se mantengan en su pobreza, única, verdadera e inagotable fuente generadora de riquezas.

Y la iglesia ahí, jugando bien su papel, interpretando la Biblia de acuerdo a cada caso, porque esa maravilla tiene: dice todo lo que usted quiera leer, lo que más le convenga o le acomode. No, yo no quiero ir al cielo. Tampoco me gustaría encontrarme, y tener que vivir hasta la eternidad con curas, diáconos, obispos, arzobispos, pastores, ministros, predicadores. Como tengo la suerte parida, bien podría tocarme un lugar cercano al de cualquier monseñor o cardenal, y no de cualquier parte del mundo, sino de algún lugar que pretenda hacerme sentir tan (in)cómoda como en casa. ¿Y, entonces? Como dicen en Cabrera, ¿cómo «nuagamo»? ¡Qué va! Prefiero mil veces la bachata de mi vecino, o las impertinentes intromisiones de mi vecina. Así de sencillo .