El jarro ‘ta pichao

El jarro ‘ta pichao

COSETTE ALVAREZ
Dice un amigo mío, en relación a mi crónica sobre los entretelones del juicio de fondo al senador Dagoberto Rodríguez publicada en la página 16 de El Nacional el pasado jueves 20 de julio, que “en ese entretenido y detallado artículo se refleja que las instituciones son un ´jarro pichao’. Y por eso, si no lo entendiste o no lo sabías, un edificio nuevo a todo lujo, y al más alto precio del mercado,tiene goteras. Es un simbolismo. No es una falla estructural”.

Todo anda patas arriba. No sé lo que está pasando por las moradas cabezas de los gobernantes peledeístas, y mucho menos alcanzo siquiera a imaginar lo que ocurre en las mentes de nosotros, los incoloros gobernados. Les cuento algunas, y la primera es que casi todos los empleados públicos tienen impedimento de crédito por el estado en que aparecen en la nunca bien ponderada pantalla del CICLA.

Según mi fuente, resulta que Aduanas acordó recibir, como pago a la deuda de una empresa importadora, un número de computadoras y demás efectos eléctricos que ofreció a crédito a los empleados de todas las instituciones públicas para que se les hicieran descuentos salariales. No sé cuánto pensaban descontar ni a cuántos plazos, por ejemplo, a un asimilado militar que gana tres mil pesos, por una computadora de casi treinta mil pesos.

El caso es que sin haber arrancado con los descuentos de las cuotas a pagar, se les mandó una circular condonándoles las deudas completas, supongo que como parte de los incentivos de la campaña electoral. Pero en el CICLA, aparecen todos y cada uno de los beneficiarios con tremendas moras, lo que, entre otras, atenta contra el buen nombre de los empleados públicos, bueno, de los que todavía tienen buen nombre, que apenas aprovecharon la oportunidad de que sus sueldos les sirvieran de garantía de crédito, al tiempo que el crédito les serviría como garantía del empleo, para que la historia termine en que nosotros, todos, inconsultamente como es costumbre, estemos pagando el regalo de electrodomésticos del Gobierno a los empleados públicos, o más bien, la deuda del contrabandista. Genial.

Quiero recordar a los agentes de AMET, ahora que se están desquitando compulsivamente la vista gorda que les impusieron durante la campaña, que si tienen tanta necesidad de poner multas, sólo tienen que detener a las tantas yipetas sin placa, sin revista, y conducidas por choferes, tanto civiles como uniformados, sin licencia. Con ellos será más equitativo el ejercicio de la conducta aceptada por la institución (declarado públicamente por su jefe) de agredir a los conductores y, como no macutean, no notarán la tacañería hacia los demás que se pasea dentro de esos vehículos, de los cuales no pocos, también los mantenemos nosotros sin que se nos haya preguntado si estamos de acuerdo.

Hablando de yipetas, en estos días iba entrando a un edificio donde se alojan por lo menos dos emisoras de radio. Ya cerca de la puerta de acceso, por poco me muero de susto, pensando que sería víctima de un asalto. Pero, ¡oh, sorpresa! Se trataba del envío de una yipeta nuevecita, con sus plásticos, más tres guardaespaldas para que en lo adelante sean siete, a un periodista que trabaja en un programa radial de la mañana y en no sé cuántos por televisión.

Me contaron que le cambian el vehículo y parte de la escolta cada tres meses. Independientemente de todo lo que se pueda divagar al respecto, de todas las conjeturas que se pueden hacer, mi pregunta es qué será de la vida de ese tipo cuando no haya quien le cambie las yipetas ni le proporcione tan nutrido cuerpo de seguridad. Supongo que no saldrá jamás ni nunca a la calle, porque no tendrá fuerzas para vivir con el bajón de nivel. Sería interesante saber en qué escuela de periodismo estudió. Sus méritos para tanta esplendidez oficial están a la vista y al oído.

Y aquí sí quiero hacer constar que me niego a pagar mi parte de esa prebenda. Ese hombre, por todos estos tiempos, no estará en condiciones de comunicar a la sociedad nada que no refleje lo buena que está la cosa, para él, por supuesto. Sólo de pensar en perder privilegios que ya quisiera cualquier general de brigada o cualquier diplomático de país cooperador, empieza a repetir cual gallareta lo eficientes que son nuestros egregios funcionarios.

Encuentra que la comida es barata, no percibe que se va la luz, que el agua llega a las cuatro de la mañana para que elijamos entre dormir o enervarnos llenando cubetas, seguramente se le olvidó lo que es estar desempleado o tener empleo y ni’an así le alcancen los cuartos (por cierto, qué campaña tan mala ésa de “cuando el dinero no alcanza”, en relación a los viajes presidenciales), en fin, que ese hombre vive mucho más de espaldas a la sociedad que el Gobierno mismo, que ya es mucho decir. No califica como comunicador social. Ni él, ni los demás en igual situación, incluyendo las cronistas sociales de reciente historia. ¡Qué asco!

Ya verán cuándo se confeccione la lista no solamente de cheques, yipetas y guardaespaldas, sino de casas tanto en el país como en playas extranjeras, incluso mucho más allá de “Mayami”.

Don Radhamés Gómez Pepín lleva cuchumil años en el periodismo y no tiene ni una bicicleta propia. Se transporta en un carro asignado por el periódico que dirige. Por eso, uno puede estar fácilmente en desacuerdo con él, pero hay que respetarlo. Y así, hay otros, cada vez menos. Doña Susana Morillo, que debería empezar a dar un ciclo de charlas sobre su vida y su ejercicio profesional, es otro ejemplo.

Mientras, estamos aclarando el misterio del operativo policial que se llevó de encuentro a muchos vendedores en los semáforos, esquinas y aceras. Todo parece indicar que tales puntos de venta de insumos cambiaron de dueño o de arrendatario, como si un contrato hubiera expirado para dar paso a otro, porque ahora muchos de esos lugares son ocupados por señoras de origen haitiano con infantes en los brazos. Como decía la administradora de mendigos en la Opera de Tres Centavos, “el dinero mueve el mundo”.