El hombre en su palabra

El hombre en su palabra

POR LEÓN DAVID
A riesgo de que el lector propenso a un radical liberalismo en materia lingüística me desautorice airado, o, todavía peor, exponiéndome al escarnio de los comunicadores del micrófono y la rotativa, cuyos vicios de expresión motivan estas anotaciones inocentes, me resuelvo a garabatear los renglones que siguen, animado con el propósito –acaso utópico– de acorrer en defensa del idioma castellano, al que constantemente pisotean, menoscaban y mancillan, ora por descuido y premura, ora por desidia, ora por ignorancia, incontables profesionales del periodismo y la publicidad.

Quizás no sobre en esta liminar advertencia el señalamiento de que si bien he remedado en más de una ocasión, por simple travesura literaria, modos de hablar añejos y afectados, no hay pluma (lo sostengo, lo aseguro) menos purista ni menos casticista que la mía… El purismo es manía que depaupera la lengua porque lleva a esquivar de manera sistemática y beligerante los neologismos, los términos extranjeros, pese a que tales adquisiciones se revelan con frecuencia beneficiosas e, incluso, palmariamente necesarias.

Y si los puristas –raza que me luce en extinción–, al adoptar una actitud de contumaz rechazo frente a lo que procede de otras latitudes lingüísticas, conspiran contra la innovación y puesta al día del español hodierno, los casticistas, por su lado, empecinados en desterrar de su parla cualquier giro que no sea de neta procedencia castellana y que no encuentre el respaldo autorizado de los «clásicos», contribuyen en medida no menos significativa a que nuestro idioma se osifique y pierda la vitalidad y el sabor que el fructífero contacto con determinadas particularidades y refinamientos de las culturas cristalizadas en las lenguas foráneas podría proporcionarle.

Así las cosas, asuma el avisado lector que no es desde las trincheras infecundas y trasnochadas del casticismo y del purismo que me propongo levantar el estandarte de un uso de nuestro romance materno pulcro, rico, matizado y correcto.

Tampoco es mi intención –créanme– que el simple informador, que el intérprete de las noticias o el comentarista de radio y televisión se expresen como consumados hombres de letras, curando por sobre todo de la elevación intelectual de su decir y de la elegancia y atildamiento del discurso.

Pero yerra a punto fijo y no poco quien entienda que el lenguaje llano, en razón de su llaneza, ha de carecer de colorido, vigor y variedad. Desatina el que confunde sencillez con vulgaridad, elocución directa con pobreza léxica, transparencia expositiva con aridez verbal.

Una cosa es no complicar innecesariamente el habla con ampulosidades estilísticas e intrincados giros sintácticos, y otra muy diferente desentenderse con olímpica suficiencia de los innumerables recursos que el espléndido idioma de Cervantes nos obsequia para graduar valores, patentizar rasgos característicos, imprimir relieve a ciertos pasajes y, a la postre, tornar más sutil y robusto el pensamiento.

En resumidas cuentas, el buen decir, sea éste oral o escrito, no precisa que le engasten gemas de estirpe literaria, pero, ciertamente, debe rehuir como si del maligno se tratase las asechanzas de la nebulosidad, la monotonía, el desorden, la ambigüedad y la falta de individuación a que, por modo infalible, conducen la incuria y dejadez idiomática.

Quien haya tenido la perseverancia o la caridad de leer los párrafos que anteceden, podría tal vez ser asediado por la sospecha de que la insistencia mía en corregir la plana a los comunicadores negligentes, amén de que resulta fácil achacarla a un deseo antipático de exhibir académica superioridad, diera la impresión de constituir empeño de ínfimo alcance, habida cuenta de las gravosas penurias de índole económica e institucional en que se debate la sociedad dominicana, las cuales reclaman urgente y ponderada atención… En un país donde por faltar hasta la electricidad, el agua potable, la vivienda decorosa y una dieta digna faltan al grueso de la población, ¿qué importancia cabe atribuir –podría preguntar el hombre del común– a la empresa de velar por la compostura del lenguaje con el que, desde todas las palestras y tribunas, los medios de comunicación nos hostilizan y ametrallan?

Pues bien, discrepando de cuantos se figuran que expresarse con pulcritud es aventura de escasa monta, me avengo a substanciar que pocos negocios hay de tanta trascendencia como el de combatir la desidia idiomática. La razón es obvia: el que no habla rectamente sólo puede pensar de manera titubeante y vaga. Y si es mostrenco y enclenque nuestro pensamiento, mal podremos dar solución a la caterva de insuficiencias y de lacras que nos aquejan.

Mejorar la competencia lingüística del pueblo, empezando por dar la voz de alerta acerca de las falencias de los profesionales del micrófono y la rotativa, que tanto ascendiente han llegado a tener entre video-oyentes y lectores, he aquí un programa «político» que, en punto a favorecer el florecimiento de una genuina cultura democrática, es decir, una cultura del diálogo y la contraposición civilizada de criterios, difícilmente encuentre parangón.