El dulce encanto de Michelle Bachelet

El dulce encanto de Michelle Bachelet

JUAN BOLÍVAR DÍAZ
Tienen razón los que en Chile y en todo el mundo están celebrando la elección de Michelle Bachelet como presidenta para suceder a ese extraordinario estadista que ha sido Ricardo Lagos, electo en 1999 con el 51 por ciento de los votos, y quien concluye su mandato con aprobación del 75 por ciento de los chilenos, algo insólito en esta época de divorcios al vapor entre gobernantes y gobernados.

Hay que dar crédito al pueblo de Chile por el acierto de haber elegido a esta extraordinaria mujer, cuyo discurso político encanta por su elegancia y suavidad y cuya franqueza y sinceridad la distancian de la politiquería rampante de esta época de pragmatismos salvajes.

Michelle es la primera mujer electa por méritos propios en la historia latinoamericana. Antes que ella Nicaragua eligió a doña Violeta Chamorro en 1990, y Panamá a Mireya Moscoso, en 1999. Pero en ambos casos el peso político de sus difuntos esposos planeó sobre los electores de manera determinante. La primera, viuda del mártir de la libertad de prensa y las luchas contra la tiranía de los Somoza, Pedro Joaquín Chamorro. La segunda viuda del caudillo expresidente Arnulfo Arias.

Isabel Martínez de Perón en Argentina (1974-76), Lydia Gueller en Bolivia (1979-80), Ertha Pascal-Trouillot en Haití (1990-91) y Rosalía Arteaga en Ecuador  (1997), completan el cuadro de las mujeres que han alcanzado la presidencia en América Latina. La primera y la última desde la vicepresidencia. La viuda Perón por dos años y Arteaga sólo por dos días. Gueller y Pascal en breves períodos como mandatarias interinos en momentos de crisis.

Al escuchar su discurso tras reconocerse su triunfo la noche del pasado domingo, era fácil entender por qué esta mujer singular acababa de obtener el 53.5 por ciento de los votos de uno de los pueblos más educados del continente. “Diré lo que pienso y hará lo que digo”, pregonó aludiendo a su transparencia, misma con que se presentó ante los electores.

Efectivamente, se presentó con sus tres hijos de dos hombres, en un Chile que hasta el 2004 no había podido reivindicar el derecho humano al divorcio, lo que determinaba que cientos de miles de personas vivieran con parejas diferentes a las que estaban forzosamente unidas por un matrimonio católico que se les imponía a todos.

Michelle fue una doble víctima de la tiranía, al haber perdido a su padre, un general de la fuerza aérea, a manos de los torturadores que degradaron a Chile a partir de 1973, y haber pasado meses de prisión junto a su madre, para luego marchar a un exilio que las llevó por Australia y Alemania Oriental.

Pero ella se definió en la campaña electoral como “garante de la tolerancia”, proclamando que tras haber sido víctima del odio dedicaba su vida a revertirlo. Cuando le quisieron enrostrar que había casado con un hombre de la extrema izquierda, con exquisito buen humor respondió que su segundo marido era de la derecha, lo que indicaba su gran apertura al espectro ideológico.

Al celebrar su elección, la médica que se hizo especialista en seguridad y ocupó las carteras de Salud y Defensa en el gobierno de Lagos, dio una demostración de apertura y generosidad, extendiendo su reconocimiento a los que votaron por sus contrincantes en la primera y la segunda vuelta, prometiendo que ellos también contarían en sus deberes como presidenta.

Su discurso pausado, su cristalina exposición ante su pueblo mostraban una mujer excepcional, llamada a escribir una página importante de la historia contemporánea, para rescatar los principios y valores en la política, para enaltecer el legado de Salvador Allende y de su padre Alberto Bachellet, para abrir nuevos espacios reivindicativos para la mujer latinoamericana y del mundo.

El desafío de Michelle es grande. Chile todavía tiene que terminar de liquidar el legado de la tiranía de Pinochet. Por primera vez después de la dictadura la concertación democrática contará con mayoría en ambas cámaras legislativas.

Afortunadamente para ella, viaja montada en un frente político que es un ejemplo para toda América Latina. Se forjó para el plebiscito que en 1989 dijo basta al régimen militar tiránico y, pese a su diversidad ideológica, ha sobrevivido para elegir a los presidentes Patricio Alwyn, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachellet. 

Hay razones de sobra para celebrar el triunfo de Michelle, seguros de que disfrutaremos, junto al magnífico pueblo de Chile, de sus éxitos. Que terminen de abrirse para siempre las grandes alamedas al paso firme y ascendente de todos los chilenos, en la memoria de Salvador Allende, Pablo Neruda, Víctor Jara y todos los mártires de la dictadura, incluida mi inolvidable amiga Cecilia Magnet, cuya dulzura y brillantez reproduce Michelle Bachelet.