El dilema del vivir: ser o no ser

El dilema del vivir: ser o no ser

SERGIO SARITA VALDEZ
Desde el momento de la concepción hasta el instante en que la última unidad neuronal del cerebro cesa de modo irreversible su función, los seres humanos luchan incansablemente por sostener una progresiva existencia. Con justificada razón mantiene vigencia aquella vieja máxima de que «el deber de todo cuanto existe es seguir existiendo».

La estructura de la sociedad es a la vez simple y compleja, sus componentes parecen moverse en una espiral que crece de abajo hacia arriba, al estilo caracol, dejando una base amplia y concluyendo en un estrecho vértice en el que finalmente sucumbimos.

Todo tiene su final, nadie dura para siempre diría la canción, y sin embargo, a cada uno de nosotros le resulta duro y difícil aceptar el hecho ineludible del consumo en el tiempo y el espacio. Hoy no somos lo que fuimos ayer, ni mañana podremos seguir siendo como hoy. Ese enunciado dialéctico es real y contundente, nadie lo puede negar, pero en su interior el homo sapiens se empecina en creer lo contrario.

Nos cuentan las incidencias del nacimiento y solemos escuchar con placentero agrado dicho relato, pero ninguna persona en su sano juicio desea ni por asomo que le anticipen, ni siquiera de juego, el episodio terminal de su peregrinar terrenal. Eternizamos lo individual y damos por temporero y circunstancial lo colectivo cuando en la realidad sucede todo lo contrario. Las sociedades tienden a mantener ciertas normas y caracteristicas que usualmente trascienden a varias generaciones.

Se usan todas las armas lícitas y a hurtadillas se echa mano de otras que son repudiadas y rechazadas, todo ello con la consabida intención de mantener una posición o de saltar hacia arriba uno o más peldaños aún a costo de lastimar y golpear al hermano, amigo o compañero. Todo se vale siempre y cuando sirva para legitimar un triunfo coyuntural y momentáneo. Importa poco el cómo, lo valedero es el resultado. Eliminar una verruga benigna en un dedo de la mano aunque para ello hayamos tenido que cortar el brazo parece ser la tónica en algunos.

La autenticidad se pierde a cambio de un mimetismo que paga con creces. La sinceridad y la honestidad son virtudes pretéritas para unos, en tanto que la simulación acompañada de una extensa y fingida sonrisa es la moda que nos arropa. La plasticidad y superficialidad en el trato es ahora lo común, algo que otrora correspondía a la excepción.

Las zancadillas, las maliciosas carcajadas y las chaquetas multicolores son las indumentarias que hoy se valoran en el burlesco teatro cotidiano. Sonría por favor, no importa si el dolor le está carcomiendo la médula ósea, su rol de payaso y de títere así lo exige. Jamás cometa el error de llamarle al pan, pan y al vino, vino. Al primero llámese harina horneada y al segundo extracto de uva fermentado.

Ignoran los engañados que llevar una vida divorciada de la realidad, ensimismada en el mito, narcotizada por el espejismo la falacia, conduce al fin y al cabo a un desnudo poco elegante y lastimoso. La no correspondencia entre lo que decimos ser y lo que real y efectivamente somos, nos lleva más temprano que tarde al desprecio colectivo, lo cual fatalmente termina en un precipitado derrumbe de la autoestima con la consiguiente depresión, poniendo término a un fingido escenario con actor prestado.

La máscara que cubrió por mucho tiempo el rostro ya desfigurado por las cicatrices, de repente se cae o nos la quitan para dejar al descubierto la fealdad que inútilmente pretendimos ocultar. Sale entonces a relucir un personaje similar al del fantasma de la ópera, mientras que desde ultratumba saca su cabeza y ruge con estruendoso vigor el imperecedero mensaje añejado por cuatro siglos en las bodegas filosóficas de Shakespeare, el catador, diciéndonos: todo el asunto existencial se reduce a un problema de simple solución, ser o no ser.